Esther Marrugo, la musa de Sofronín Martínez

19 de julio de 2020 12:00 AM

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Discreta, sensible, noble, amorosa, partió a la eternidad Esther Marrugo, la esposa del maestro Sofronín Martínez, con quien se casó en 1951, luego de cuatro años de noviazgo. Fue una personalidad entrañable e insustituible en la vida del artista. Ella, la madre de cuatro hijos y epicentro emocional de la familia Martínez Marrugo, fue una presencia en la historia del inolvidable Sofronín Martínez. No hay termómetro que mida en palabras o sonidos el arraigo que un ser humano pueda tener en la vida de un músico y de una estirpe musical como la de Sofronín Martínez Heredia y la de su linaje Martínez Marrugo, pero Esther Marrugo es el encanto del artista que encontró en ella la compañía para toda su vida, la musa de sus días y noches, inspiradora y al mismo tiempo arquitecta secreta y efectiva del entramado familiar. Es la que junta los hilos de ese tapiz y los colorea con su sonrisa, con su vocación maternal, con su amorosa paciencia para conjurar penas y dolores y transmutarse en fe y esperanza.

De la unión de Sofronín Martínez con Esther Marrugo nacerían Luis Fernando (1951), Cecilia (1958), Adolfredo (1962) y Jorge Enrique (1972). (Lea aquí: Sofronín Martínez, 20 años de su partida)

“Para Cecilia y para mí, que somos los mayores, mi mamá fue madre y padre porque mi papá viajaba todo el tiempo”, dijo Luis Fernando en una entrevista en 2010, concedida a Juan Martín Fierro, autor de la semblanza Sofronín Martínez, el ángel de Pasacaballos.

“Él pudo ser músico y tener una familia gracias a ella, que desde muy joven asimiló ese ritmo y cuidaba de nosotros y de la casa prácticamente sola. Quizá por eso yo no fui músico, porque nunca vi las guitarras de mi papá en la casa, él las tenía en Barranquilla y no en Turbaco, que fue donde vivió en 1957 hasta su muerte. Aunque me es difícil hablar con objetividad de mi papá, sí creo que su estilo lo convirtió en uno de los grandes intérpretes del bolero filín”.

Allí, en esas palabras puras y espontáneas de Luis Fernando, hay una visión maravillosa de Esther Marrugo, su madre. Ella era el eje de la familia, cuya abnegación y sacrificio amoroso en una época en que los músicos y, en particular Sofronín, tenía que ausentarse naturalmente por sus contratos y presentaciones en distintas ciudades del país, ella cumplía la doble misión de proteger al artista para que desarrollara su vocación y su arte, con la absoluta confianza en su corazón y en su palabra sagrada, y a su vez, era la protectora de sus hijos, la que llevaba las riendas del hogar y el sentido organizado y cohesionado de la unidad familiar. El papel de Esther Marrugo es altamente valioso. Siempre se reconocen los méritos de un artista, y poco el de sus compañeras sentimentales. A la familia Martínez Marrugo, nuestras voces de respeto, valoración y aprecio, en este duelo que vive con la partida de doña Esther Marrugo.

El viaje sin regreso

La vi salir de su casa hace poco rumbo al hospital de donde abriría para siempre sus ojos a la orilla celeste. Vi a su hijo amoroso Luis Fernando entregándole una sábana para cubrirla y protegerla de lo inexorable, una sábana amorosa para cubrirla de infinito afecto y lo único que supe es que regresó para seguir creciendo ahora como espíritu en la memoria y en el corazón de los suyos.

Despiadada e implacable ha sido la caravana de seres amados que han partido en estos tiempos interminables del confinamiento, que cada día amanecemos como un niño en el bosque que resucita de sus propias cenizas, en la gratitud del regazo divino que nos regala con la luz del sol un día más de vida con la quimera obstinada de llevar a cabo aquel verso de Octavio Paz, habitando en cada día el “olvidado milagro de estar vivo”. (Lea aquí: Sofronín Martínez, el bolero que nunca muere)

Pero al evocarla ahora, siento que Esther Marrugo fue y será siempre la flor que perfuma espiritualmente el jardín de la casa de los Martínez Marrugo y su estirpe.

“Esther era una mujer maravillosa, de grandes convicciones, servicial a grados extremos (se daba al máximo), gran consejera y criatura comprensiva”, dice Diana Burgos, amiga cercana tanto de Sofro como de Esther, y de toda la familia.

“Tuvo la peculiaridad de ser muy amorosa y al mismo tiempo muy firme. Enseñó a sus hijos a amar y a respetar a Sofro, que fue su gran amor, tanto lo amó que desde que él falleció, ella empezó a morir. Ella fue el soporte fundamental para que Sofro pudiera desarrollar su arte, lo cuidaba y protegía como a un hijo.

Cultivó muchas virtudes en su familia y en todos los que tenía a su alrededor, quien la conocía la amaba de inmediato”.

Epílogo

Juan Martín le hizo una pregunta del ámbito personal y secreto que pocas veces se le hace a la esposa y musa de un artista:

-¿Fue feliz con Sofronín Martínez?

Ella no tardó en decirle: “Sí, fui feliz”. Y su sí era rotundo y legítimo. Pocas veces lo vio cantar en público, cuenta Juan Martín, pero innumerables veces oyó el susurro de sus canciones y esa manera singular que tenía Sofro de rasgar la guitarra, como quien saca el sentimiento dormido en cada cuerda, y aquellos conciertos privados e íntimos en casa, bajo las tardes de oro de Turbaco, fueron su mejor regalo. Más de medio centenar de canciones de amor interpretadas por Sofronín Martínez para Esther Marrugo. La música es el sonido del corazón. Y Sofro y Esther son una historia de amor que trascendió más allá de la música. Los hijos tienen presente que en 2021 se celebrarán los 70 años del matrimonio de sus padres. Un motivo para recordar con vino y torta a este par de enamorados, festejándolos, con canciones de amor, más allá de la muerte.

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