Semana Santa: el misterio que flota en los días santos

21 de abril de 2019 12:00 AM

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Todo parecía entrar en un silencio fúnebre y la luz hacía más delgada y transparente la brisa caliente entre los árboles. Caminábamos como quien va en puntillas sobre una colina de cáscaras de huevo. Algo podría quebrarse de repente y en el aire deambulaban las voces de los muertos más recientes, que aún no se bebían el último sorbo del noveno día de velorio.

Bajo el inmenso telón blanco con el altar, el crucifijo y el vaso de agua que se disponía para saciar la sed en el tránsito de la muerte a la eternidad, estaban las estampas de la Virgen y el Niño Dios en sus brazos, y el rostro martirizado de ese muchacho judío de treinta y tres años, con su corona de espinas. Cada día el agua se evaporaba bajo el entramado de la palma amarga. Y abuela Escolástica decía: “Ya Ricardo Ulises está terminando de beber su vaso”. Abuela creía que en los días santos andaban sueltas las brujas, los ángeles traviesos y los muertos ingratos.

Nena Uparela, mi vecina, que tenía la escuela más grande en aquellos días de mi infancia, decía que tenía amarrado al diablo en uno de los cuartos oscuros de su caserón de madera.

Era en Semana Santa cuando el diablo desanudaba sus amarres y se perdía entre los caminos, veredas y lomas cerca a Sahagún. Zunilda Caldera, que tenía la más antigua escuela de banquitos en el pueblo, enseñó a leer y escribir a más de seis generaciones de habitantes, entre ellos a mis hermanos; algunos de ellos estudiaron también en la escuela de Nena, pero me dio terror saber que ella tenía encerrado al diablo en uno de los cuartos y le dije a mis padres que allí no quería estudiar, sino en el patio de Zunilda. El cuarto donde ella presumía estaba amarrado el diablo era pequeño, con una puerta de color verde y unas paredes amarillas, con un enorme candado de cuarto de San Alejo clausurado. Es muy probable que allí ella guardara los cachivaches de su afición a los anticuarios, y su colección de santos tallados en madera, porque lo que yo presentí al acercarme a la puerta fue un inmenso silencio donde resonaba en la oscuridad, el eco profundo de los cuartos habitados y el aleteo de algún murciélago.

Fue en los días finales en que mi padre decidió mudarse para Montería, en un traslado laboral. Pero yo seguí aferrado a ese patio sembrado de guayabas, cerezas y ciruelas. Todo en el pueblo era sigiloso y tranquilo, y un muerto reciente era un acontecimiento del que se seguía hablando nueve días seguidos, y nueve días después se seguían contando las virtudes y defectos del muerto. Los avisos mortuorios de papel periódico tenían un recuadro en crucecitas negras, y solo las lluvias desprendían la goma de los papeles, y sobre ese mismo muro venían los otros avisos funerarios.

A veces esa aparente tranquilidad del pueblo era alterada por la presencia inusitada de los gitanos, una tribu errante que recorría los pueblos sinuanos y del Caribe. Las mujeres gitanas llevaban polleras largas de colores estridentes, cabelleras de caballo hasta las caderas, abanicos olorosos a sándalo, collares y abalorios, y leían la suerte en las esquinas y en los escaños del parque. Yola, mi madre, cayó en la tentación de que una de esas mujeres gitanas le leyera sus manos, y la adivinadora le contó, para su perplejidad, que tendría siete hijos.

En Semana Santa siempre me sentí de luto, no solo por la criatura crucificada, sino por todos los sacrificados del mundo. Y el luto empezaba muy temprano el Jueves Santo y seguía hasta la noche del viernes, hasta la resurrección del sábado y el consuelo del domingo. La música sonaba incluso distinta en los días santos. Mi vecina, Isabelita Miranda, tocaba un violín que era un puro lamento de los días santos. Las cuerdas del violín estaban afinadas con la misma soledad de Isabelita. Y la música que brotaba de su violín me hacía sentir desamparado en el patio, con sus limones. Me divertía oyendo la interminable conversación de mi vecino Julio, telegrafista y radio aficionado, el esposo de Hilda Díaz, quien tenía una perorata con forasteros y desconocidos, y su mujer le recomendaba que no hablara tanto en Semana Santa, porque en las líneas podía entrometerse alguna bruja o algún fantasma. A veces nos olvidábamos de la escasez del agua y del agua de las tinajas, porque el agua llorada de la tierra lloraba más en los días santos. Y era un agua pura que se derramaba en los bombeos del amanecer.

En Semana Santa vivíamos en medio del terror de los aparecidos. Y no había llegado la Semana Santa, bajo el calor que silenciaba las cigarras, cuando alguien venía contando en la casa la historia de un aparecido misterioso en el camino. A Pedro Serrano lo persiguió una puerca intrusa en una vereda y él se quitó el cinturón y le dio una fuetera. Entró de prisa a la casa, antes que la puerca se le metiera en la sala, y la espantó con un Ave María y dos Padre Nuestro. Al día siguiente, Tulia Vergara comentaba que una mujer había amanecido en el pueblo con la sombra de unos correazos en el cuerpo, pidiendo agua en la vecindad. A Remberto Martínez, que iba con su guitarra poniendo serenatas de pueblo en pueblo, se le apareció el Ánima del Camino, un tipo que había muerto al caerse de su burro en un despeñadero. Honorio, mi padre, creía que el espíritu de Juan Lara se alborotaba en estos días santos. Había elegido nuestra casa para un reguero de piedras chinas que caían sin cesar después de la siesta. Papá nos pedía que nos quedáramos tranquilos hasta que se calmara Juan Lara. “A nadie se le ocurra ir al patio. Están cayendo piedras. Es el espíritu de Juan Lara. Él se calma. Nadie se asome porque esas piedras no las tira nadie. Es Juan Lara”. Así transcurrieron los días de nuestra infancia en el Sinú.

De repente, alguien veía la imagen del muchacho judío en el fondo de la tasa del café. O en los muros cerca a la tinaja, veían la imagen de la Virgen. A todos en el pueblo se les aparecía lo que querían ver: la Virgen o el niño Dios, pero también se tropezaban con el diablo. A los niños, para aterrorizarnos y mantenernos quietos, nos decían: “Pórtate bien, porque te puede llevar el Ñau Pelú”. El diablo tenía ese nombre cuando era niño. El Ñau Pelú anda suelto de madrina en Semana Santa. A un vecino de mi madre, en Sincé, que había insultado a sus padres, le cayó un rayo en una de sus blasfemias, y quedó enterrado para siempre en el piso de tierra de la casa, hasta el pecho. De allí no lo sacaron sino cuando se murió, pidiéndole perdón a los padres, que le daban de comer arrodillados de infelicidad al pie del castigado.

Junto a las historias de brujas, diablos y aparecidos, estaba el terror a las tentaciones. Algunos sacrificaban un animal de monte, pero no se atrevían a comerlo por temor a Dios. Las mujeres mal llamadas de la vida alegre, se abstenían de tocar la carne de sus pretendientes y clientes de toda la vida, por temer a quedar pegados en el acto amoroso. Una historia de juventud me dejó sobrecogido cuando supe que una pareja había desafiado las normas sagradas y no había podido desprenderse, hasta el punto que ambos tuvieron que ser hospitalizados.

La inocencia de aquellos años contrasta con la perversión y el desafuero sin límites de la vida contemporánea. El infierno, el paraíso o el purgatorio están ahora al alcance de todos, como una realidad inminente. La humanidad de hoy tiende a descreer de todo, de Dios, de los ángeles y del diablo, y a violar lo sagrado, empezando por la vida misma, y a convertir los días santos en el reino de la lujuria, la gula y la embriaguez, alejados de toda espiritualidad y sentido de lo sagrado.

Epílogo

Al mediodía del Viernes Santo, se derrama el silencio de las lágrimas, como quien asiste otra vez a los funerales del muchacho crucificado en un madero de amaranto. La puerta verde sobre un muro amarillo resuena sus candados. La Nena Uparela busca las llaves de la tenebrosa habitación, y del fondo oscuro salen en bandadas enormes murciélagos, buscan la otra luz en el terrible sosiego de la oscuridad.

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