Facetas


Fortaleza, el poder de la maternidad

Si el miedo y la fortaleza deben mezclarse en un solo ser humano, sería en las madres. Criar, enseñar y resistir son cualidades humanas perfectamente engranadas en todas esas mujeres que se enfrentan a la vida mientras cuidan otra, la más sagrada, la de los hijos.

JULIANA DE ÁVILA ROMERO

09 de mayo de 2021 12:00 AM

Crecí rodeada de mujeres. Inteligentes, aguerridas, talentosas, madres. Las más jóvenes en mi familia en ostentar el último título fueron mis hermanas, Catia y Tania, que tan solo con 14 y 15 años se convirtieron en mamás el 9 de octubre de 1991, cuando Julia Romero, mi madre, murió de un cáncer de seno, y ellas se hicieron cargo de mí.

Y no, no es exageración o una forma dramática de ver la situación, seguro quedó alguna tía o abuela que podía hacerse cargo, y de hecho así fue, pero ellas decidieron en su plena adolescencia que yo era su responsabilidad, y así comenzó su camino a la adultez. Un par de niñas que jugaban a ser mamás, pero ya no más con una muñeca que podían tener o dejar cuando se aburrieran, sino con una niña de un año, de carne y hueso. Una muy llorona, intensa, “encimosa”, y otra vez llorona. (Le puede interesar: De una nefasta herencia y cómo enfrentarla)

Conmigo a cuestas, solas, y con un par de personajes en contra o desaparecidos, mis hermanas terminaron el bachillerato e iniciaron sus carreras universitarias, Medicina y Derecho, cargando con su niña para todos lados.

Recuerdo esas mañanas haciendo planas en un cuaderno doble línea mientras mi hermana Catia se reunía con sus compañeros en la casa de Dayra para estudiar no sé qué clase de la facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena, y las tardes de helado con Tania, María Victoria, su mejor amiga, y con otras compañeras de la universidad, o las veces que dormí con el fondo de la música a todo timbal de un toque de Tania con Arena Caliente, una banda musical que tocaba música tropical y en la que ella era una de las cantantes... Aquí, entre nos, siempre debió ser la voz principal.

Y así crecí, entre códigos, batas de laboratorio y timbales. Mis hermanas lo fueron todo, en medio de sus labores, de su vida, de su aprendizaje, me enseñaron a no botar basura a las calles, a amar la lectura, a hablar apropiadamente, a hablar en voz alta, a cantar, y sin saberlo, me enseñaron a amar a los demás, me inyectaron también la ilusión de ser mamá.

Mis hermanas se convirtieron en madres de sus propios hijos, el trabajo, la salud, las llevaron fuera de la ciudad, y yo me quedé, no lo entendía. Me habían dejado en buenas manos, hoy sé que en las mejores, pero en ese momento sufrí, quería a mis mamás. Me costó 15 años entenderlo del todo, me costó 23 horas de trabajo de parto y un bebé en brazos para entenderlo todo.

Veo a mi hijo, Nicolás, y no imagino cómo habría podido hacerme cargo de él a los 14 años, o mientras estudiaba. Seguro lo hubiera logrado, pero no lo imagino. Si a mis 30 me cuesta tanto, lo siento tan retador y complejo, no me imagino 15 años atrás.

Mis hermanas ahora eran mamás de sus propios hijos, e incluso ahí me dieron lecciones.

A mi hermana Tania le tocó sola con dos hijos, sola, y siempre a la altura. Su fortaleza me inspira.

Y a Catia no le tocó sola, pero sí en un escenario que para cualquier mamá es desgarrador: estar ante ese hijo que amas con la vida y saber que su pronóstico no es alentador, que probablemente nunca se levante de la cama pero tú vives soñando con que en algún momento lo logre. Y sonríes, y vives, sueñas, creas, trabajas para él, con esperanza, a veces derrotada... No era extraño llegar a visitarla y encontrarnos con su cara desencajada, sus ojos rojos y llenos de lágrimas. Se la vivía en terapias, médicos, operaciones, hospitalizaciones, y yo no estuve ahí lo suficiente, y veo a Nico y me preocupo por una mancha que tiene en la carita, y me pregunto: si yo me siento impotente por una mancha, ¿cómo se habrá sentido mi hermana? Y aunque siempre supe que era fuerte y aguerrida, después de ser mamá realmente comprendí las dimensiones de su valor.

Entonces le di vueltas, quería contar su historia, merece que su historia sea contada, merece que todos en el mundo sepan de ella, pero no sabía cómo decirle lo que quería hacer.

A veces la llamaba y mejor le decía alguna otra cosa que tenía pendiente o le preguntaba cosas al azar, pero esta semana tuve la valentía. “Escribe sobre Jaime”, le dije, intentando parecer fresca aunque estaba ansiosa. Mi sobrino murió hace dos años y sé que escribir, aunque liberador, no sería fácil para ella... pero lo hizo, como siempre, mostrándome cómo ser valiente. “Claro, escribo y te lo mando”, me dijo serena, valiente, como siempre.

Gracias, Tania y Catia, soy todo lo que ustedes hicieron de mí.

Las ama, su hija...

***

Son las tres de la mañana, estoy despierta. Me despertó la sensación en mis dedos de estar acariciando tu piel.

En la oscuridad, mientras ellos duermen, cierro los ojos disfrutando el momento. Tu suave piel en la yema de mis dedos, de arriba a abajo te recorro, recorro la cicatriz de tu espalda, infinita.

El momento se llena de tu silencio que me dice al oído tantas cosas y le recuerda a mi corazón que me amas.

En la mitad de mi rutina diaria, te aseguras de que te recuerde, como si fuera posible olvidarte, como si fuera posible olvidar que ya no estás, como si fuera posible olvidar el día, la hora, el momento exacto en que perdí parte de mi corazón.

Cada noche me acuesto con la esperanza de encontrarte en mis sueños, con el deseo de que despedirte hubiera sido eso, solo un sueño.

Soy la madre que vi ser a mi madre, a mi abuela, soy la que pretendió darte todo lo que necesitabas. La que descubrió que fuiste tú quien me hizo nacer, completaste parte de mí.

Nadie me preparó para decir adiós, pero mi amor por ti fue suficiente para decirle a tu alma: ve tranquila.

Cómo no llorarte, cómo no desear con todo mi ser que vuelvas.

Soy tu madre, lo digo con orgullo, y cada día que pasa sin ti me consuela pensar que aún eres parte de mí, como yo soy parte de ti.

A veces me pregunto si me extrañas, si te hago tanta falta como tú a mí y anhelo sin pensarlo que vuelva la noche, estar despierta en la penumbra, mientras ellos duermen, con la sensación de tu piel en la yema de mis dedos, tocando tu alma con mi silencio, diciéndote tantas cosas al oído y recordándole a tu corazón que te amo.

El tiempo no ha curado mi tristeza, he aprendido a seguir, seguir amando a plenitud a la parte de mi corazón que continúa latiendo, reír recordando tu alegría sincera, tu amor puro y profundo, haciendo honor a tu hermoso ser que nos hizo especiales, privilegiados...

De vez en cuando, muchas veces, me verás llorando y sabrás que mi corazón te añora...

Tu mamá... (Lea además: Una mamá en cuarentena)

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