Facetas


Froilán Escobar: “La poesía abre todas las puertas”

El escritor cubano Froilán Escobar es una excepcional criatura dotada de una imaginación prodigiosa e inagotable que vive a plenitud.

GUSTAVO TATIS GUERRA

28 de febrero de 2021 12:00 AM

Froilán Escobar (San Antonio de los Baños, Cuba, 1944) es un escritor cubano residente en San José de Costa Rica, narrador para niños y jóvenes, biógrafo de José Martí, novelista con reconocida trayectoria internacional, formador de juventudes y, sobre todo, excepcional criatura dotada de una imaginación prodigiosa e inagotable que vive a plenitud. Perdí por años sus pisadas, pero hace poco reanudamos esta conversación deslumbrante que no cesa.

¿Cree que hay un instante de esa infancia que aún no ha narrado?

-Cada escritor construye y es construido por sus propios enigmas. No hay escape. Es una articulación enlazante con la gravitación de un impulso mayor. Me viene, desde mi más lejana infancia, una mañana en que mi padre nos despertó muy temprano a mis hermanos y a mí para decirnos: “¡Anoche eché a andar un planeta!”. Todavía me retumban dentro esas palabras. Él, por causa de que había sido huérfano de todo, para tener una realidad, tuvo que inventársela. Solo así alcanzó un algo. Una resonancia. Un lugar donde poner los pies. Un trampolín, quizás. Eso lo convirtió en un loco maravilloso, alguien que juntaba los peros con los sin embargos, como sucedió en la ocasión en que, para que nosotros, sus hijos, pudiéramos ver el mundo desde arriba, se puso a hacer lo inolvidable: construir un avión de madera, con motor y hélices de verdad, en el patio de la casa. Desgraciadamente, tuvo que romperlo. Tuvo que convertirlo en metáfora. Mi mamá no quiso que llegara a volar. Los vecinos decían que sufriríamos un percance, un accidente. Sucede así. No siempre se entiende o se permite la maravilla. Hay que truncarla o postergarla. Yo lo viví. De esos sobresaltos vengo, pero no busco quedarme detenido ahí. Sería una equivocación. Sería una repetición. Sería una manera de borrar la epifanía. Yo, para salvar su impulso, para convertir el gozo en articulación, enlazo la palabra con el deslumbramiento. No sé si lo logro. No sé si alcanzo a devolver lo que mi padre nos entregó.

Soy un heredero, no solo de lo que tengo, sino también de lo que me falta, de lo que no alcancé a descifrar. De ahí mi ansiedad por escribir, por intentar volver a hacer lo que hacía mi padre.

¿Cuáles fueron esos primeros libros que lo deslumbraron y aún siguen deslumbrándolo?

-No son muchos. La lista de autores es pequeña. Pero si debo nombrar los que permanecen, empiezo por el Cantar de los cantares, que conocí publicado en la voz de mi padre, cuando nos lo leía de una Biblia gastada por los deberes de sus manos de carpintero. De ahí me viene, pienso, el gusto por las palabras que ponen oscuridad y claridades, o causan figuras o sonoras repeticiones al “doblar así una misma palabra”, como bien dice Fray Luis de León a propósito de ese texto, desde el título mismo, pues lo hace para sublimar o enfatizar “cuando quiere encarecer alguna cosa en bien o en mal”, lo cual es harto evidente cuando la Esposa dice al Esposo: “Béseme con besos de su boca”. Le sigue, como un talismán, Las mil y una noches, cuyas historias para menores de cien años conocí cuando apenas tenía ocho. Una verdadera fiesta de la imaginación. Y ahí, en la misma dimensión deslumbrante, una obra de divulgación científica de aquel entonces, que mi padre adoraba y yo también: La Enciclopedia El hombre universal, especialmente el tomo dedicado a la Astronomía, que todavía conservo.

¿Cómo recuerda hoy al ser humano que era Lezama Lima?

-José Lezama Lima es mi Maestro. A él debo buena parte de mi formación como escritor, pues tuve el privilegio de ser alumno de su Curso Délfico. Lo conocí tempranamente, en 1961. Había comprado dos libros de poemas suyos en una librería de viejo: Enemigo rumor y Aventuras sigilosas. Los leí con avidez. No los entendía, pero me sorprendían. En sus versos establecía enlaces, imágenes, mediante analogías, para mí impensadas, inesperadas. Quise conocerlo. Y alguien me dijo que vivía muy cerca, en Trocadero 162, en Centro Habana. Con el impulso tremendo de su poesía, fui y toqué en la puerta de su casa. Me salió un gordo bamboleante que hablaba con jadeo de asmático, pero sin titubeo: “¿En qué puedo servirlo, joven?”, me preguntó al verme por primera vez parado frente a él. “Lezama, yo soy un poeta. Vine porque acabo de encontrar estos dos libros suyos y quería conocerlo”, le contesté sorprendido. Entonces se enarboló total para decirme: “Que pase la poesía”. Fui mi Maestro hasta su muerte, en 1976. He escrito mucho sobre él. Vuelvo a ese momento en artículos, entrevistas y en dos de mis novelas, siempre en busca de lo que me falta y de los impulsos que me dio, que quisiera devolver.

¿Cómo ha logrado recrear esa línea delgada y a veces difusa entre ficción, realidades vividas, historia colectiva e intuición personal?

-No establezco esos deslindes. La poesía, pienso, es la clave, la llave que abre todas las puertas del espacio y el tiempo, especialmente cuando se trata de eso que llamamos realidad que, como es sabido, por su dimensión múltiple, poliédrica, es algo inabarcable. Solo la palabra nos permite que alcancemos a entrar, a mostrarla, a transferir sus puertas. Una llave para cuyo uso no hay manuales, ni cánones, ni estereotipos.

Háblenos de sus nuevos libros y sus nuevas creaciones.

-Tengo cinco novelas publicadas y dos novelas inéditas: Travesía, en la que intentó encontrarme con mis misterios personales, los que asoman en el ADN o los que vienen a bordo del apellido. Una novela que narra, simultáneamente, en dos historias, los desdoblamientos de los emigrantes, los cuales, al final, luego de una larga y dolorosa diáspora, en que luego de haber sido Yo y Tú, dos personajes separados por ese innombrable entre deux de los abismos humanos, alcanzan, gracias al amor, a ser una misma persona. Y otra novela más, La noche bella no deja dormir, en la cual, al ahondar héreticamente en la vida de José Martí, me meto en un terreno de la intocable santidad de los héroes, pues al convertirlos en seres solo de excepción, los despojamos de su envoltura terrestre. Aunque la escribí sustentada en documentos probatorios, no se trata de una novela histórica. Parto de ahí, de su Diario, de sus cartas, de sus poemas, de la visión que nos dejó, de una entrevista hecha a Marcos del Rosario en 1935, uno de los expedicionarios que lo acompañó en sus últimos días, luego de desembarco en Cuba. Parto de ahí, repito, pero no para quedarme ahí. Busco, tocar tierra y cielo a la vez, para humanizarlo, para tocarlo en el hombro, de alguna manera, de una cubana manera, que lo dimensione, que lo acerque cuando me acerco a los secretos donde guardaba sus misterios.

¿Cómo es la experiencia del exiliado que recuerda la semilla de sus orígenes y cómo recrea esa historia en tus novelas?

-En Travesía me hundo en esta experiencia, mediante dos historias paralelas. Por un lado, la de un joven que no le queda más remedio que emigrar para no ser esclavo. Por otro, la de un judío que llega como esclavo del general romano Décimo Junio Bruto a las costas de Gallaecia, la actual Galicia, España, en el año 138 a.d.C. Son las historias de dos ríos profundos, por cuyo cauce, en lugar de agua, corre el absurdo. Esa es la sustancia de las dos historias. Los personajes principales, en su marcha por la diáspora, son erosionados hasta la enajenación. Para borrarles su identidad. A uno, un judío sefardita, en la permanente confrontación con los romanos, que intentan helenizarlo, es inoculado por la duda para que adjure, para que se pase a la cultura griega; el otro, un isleño de caribeñas y furibundas convicciones, le extraen, le extirpan, uno a uno, en una clínica dental para emigrantes, no las piezas dentales careadas por lo abominable, sino los recuerdos que le confieren su historial intransferible de persona.

Epílogo

Froilán Escobar ha convertido los días del confinamiento por la pandemia, junto a su mujer, Helín, en una suerte de milagros que empiezan desde el amanecer con un café compartido. Se acuerda de su padre y algo aletea en su habitación cuando lo evoca, debajo del avión que estuvo a punto de irse por las nubes.

Las alas del padre han estado siempre allí y lo han acompañado en “todo lo vivido, leído, palpado, sentido e imaginado, le debo tener el mundo. Ese es mi punto de partida. Eso lo hizo posible. Como decía Saint-Exupéry, todo eso hizo posible que viniera de mi infancia como de un país”.

También evoca a su maestro Lezana y siente que no hay otra opción que la de convertirse desde una silla o una mecedora en un viajero inmóvil y emprender vuelos sostenidos “entre la sala y la cocina. Por el día no tener pasado y por la noche inmemorial”.