Fundevida: la esperanza para niños con cáncer

27 de enero de 2019 11:26 AM

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Ana* tiene el ojo derecho cerrado para siempre. El izquierdo también está cerrado, pero se abrirá apenas se desinflame. Me sorprende la rapidez y las ansias con las que ella, tan niña, tan pequeña, agarra esa cucharita plástica y va tomándose el yogurt de fresa que su mamá ha vertido en una tapa plástica, de esas de Bon Yurt.

Cada tantos minutos, cuando el poquito de yogurt se acaba, ella insiste: Mami, quiero más. Mami, ¡mami!, ¿hay más? La mamá coge el chocorito, echa más, y Ana vuelve a sorberlo, como si no existiera mañana, como si a sus cuatro cortos años entendiera que los mortales somos apenas eso: mortales, que nos podemos morir en una hora o en un minuto, si al ¿destino? se le antoja. Y todo eso, insisto yo, lo ve con los ojos cerrados: uno para siempre y uno por un ratico, o un rato largo, depende. Depende de cómo reaccione su cuerpo al tratamiento contra el tumor que amenaza con dejarla ciega o con matarla, ni Dios lo quiera.

Carmen, la mamá, habla bajito. Tiene el cabello largo y negro, bien negro, negrito; se le ve el cansancio de los 52 años y de cuidar a una hija con cáncer.

Es que le hicieron ayer una quimioterapia, y tiene el ojito inflamadito -me dice a mí, luego vuelve a mirar a su niña-. Muy bien, mi amor, muy bien.

Carmen y Ana están acostadas en una de las siete camas del Pabellón de Niñas de Fundevida, y yo pedí permiso para sentarme en otra. Mientras las dos miramos a la nena en su ritual del yogurt, Carmen me dice que llegó hace ocho días a la Fundación. “Ella -la niña- estaba hospitalizada en la Clínica de Blas de Lezo, y la clínica nos contactó acá. Yo llegué allá el 14 (de enero) y el 15 tenía una interarterial, y este lunes tenía la quimioterapia y entonces no tenía dónde quedarme, y me ayudaron. Me mandaron para acá mientras se llega el día de la otra cita”.

-¿Y qué tiene la niña?

-Un tumorcito que tiene en el ojito izquierdo. En octubre le descubrieron en el derecho, allá, en Barranquilla, y cuando ya le hicieron el examen ya no había nada que hacer, y se lo tuvieron que extraer. Le hicieron una oculación.

-Es decir, ¿le extrajeron el tumor?

-El ojito.

Poco después, la médico que trataba a Ana quiso mostrarle a Carmen cómo veía la niña y descubrió que el tumor se había pasado para el ojo izquierdo. Inmediatamente la operaron y trasladaron a Cartagena.

La verdad, verdad, es que Carmen no conoce casi a Cartagena y gracias al cielo la mandaron para Fundevida, porque no hubiera tenido cómo pagar un hotel y tampoco para transportarse a cada rato desde Barranquilla. La señora me explica esperanzada que la pequeña está reaccionando tan bien, que ya no es necesario que le pongan el tratamiento cada 21 días, como los médicos habían dispuesto al principio, sino mes a mes. Y que, después de tres días de la quimio, ¡ha vuelto a tener hambre!

-Mami, mami, dame más -dice la dulce y blanca Ana-.

-Ya, mi amor, ya se acabó -y Ana arruga la cara, quiere llorar-. Ahorita que papi mande la plata, yo te compro uno. Toma agüita, ven.

Y Ana bebe varios tragos de agua ansiosa, como si no hubiera mañana. Como si supiera que tiene cuatro años, pero también es mortal.

***

El señor que me abrió la puerta hace un rato se llama Andrés. Y me dijo “bienvenida”, y me sonrió, aunque jamás me había visto. Ahora que lo tengo al frente, me entero de que no es el vigilante, sino que llegó hace seis meses a la Fundación y que su hijo tiene un tumor en el abdomen. Allá, en el pueblito de San Marcos, de donde es su familia, no atendían a su hijo. El niño, de 13 años, padecía fríos terribles aunque fueran las doce de un día cualquiera y el sol estuviera furioso, y ustedes saben cómo es de bravo el sol de nuestro Caribe. Ahora, el pequeño no tiene ni una sola pestaña, ni cejas, ni cabello, pero sonríe. Sabe que su papá hará todo lo que esté en sus manos y más para salvarlo.

Y sabe, también, que la Fundación estará ahí. Sí estará, aunque todavía no tengan los 356 millones 670 mil 174 pesos que se necesitan para evitar que la cierren.

Nacira Villadiego, la directora de Fundevida, dice que ese es el dinero que se necesita para cumplir con las condiciones que le exige la ley a los hogares de paso que atienen a pacientes con cáncer, menores de 18 años. Ya comenzaron con la zona de labores, pero falta adecuar las habitaciones. “La infraestructura está bien, tenemos dos pabellones donde recibimos en cada uno a siete niños con su acompañante, y una habitación de cuidados especiales, pero no cumplimos con la normativa, la cual dice que la capacidad máxima por habitación debe ser de cuatro personas, lo que corresponde a dos niños con su cuidador”, explica.

Y así como doña Carmen y Andrés, hay muchos más: apenas en 2018, Fundevida atendió a 462 familias de niños y adolescentes diagnosticados con cáncer y/o enfermedades hematológicas. No solo de Cartagena, sino de toda la Costa Caribe.

Martha, por ejemplo, viene de Magangué. Ella es otra mamá beneficiaria de Fundevida. Va a cumplir cuatro años acá. Viene con su niña, de 9 años, porque la pequeña tenía un tumor de Wilms, en el riñón izquierdo, “se lo sacaron y al año completico le hizo metástasis en los pulmones. Y ahora, en agosto, le hizo metástasis otra vez, le hicieron quimios y ya”. Y aquí están, batallando.

José Luis, otro papá, me cuenta que llegó aquí con su hijo, “que padece de una anemia de células falsiformes desde que tenía tres meses. Los médicos dicen que es de por vida, y al niño lo atendían en Sucre, pero lo ignoraban y no lo diagnosticaban. La hemoglobina se le bajaba mucho, y lo podía matar -pronuncia la palabra “matar” casi que reprendiéndola-. El bazo le secuestraba los glóbulos rojos, por eso se lo extrajeron, eso se llama esplenectomía”, me dice el señor José, que no es médico aunque hable con propiedad de esplenectomías o transfusiones, es vendedor de pescado allá, en San Benito de Abad (Sucre).

***

“Estábamos desamparados, y aquí nos adoptaron”, me dice José Luis. “Yo digo que donde no existiera Fundevida, ¿qué sería de nosotros?”, me dice Martha.

Alguien me contó cuál es el juego preferido de todos los niños aquí: ser médicos. Todos se reúnen y juegan a curarse los unos a los otros, uno es médico, el otro psicólogo, la otra paciente, y así, en el juego todos crecen y se salvan. Algún día será una realidad.

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