Gaitas y tambores, el sonido de un pueblo

27 de abril de 2014 12:26 AM

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El maestro José Lara apodado "El Gaitero Mayor", falleció hace más de una década a la edad de ochenta y cinco años en San Jacinto.

Juan y José Lara, fueron los primeros gaiteros de San Jacinto, quienes de la mano de “Toño” Fernández, lograron llevar más allá los Montes de María, la música indígena y campesina que desde tiempos inmemorables acompañaba a los sanjacinteros durantes sus faenas.  Notas de gaita y totumas de café.

Su recuerdo reposa en la memoria colectiva de su pueblo donde su rostro personifica al hombre gaitero.

Hoy, la que fue su casa en el barrio Miraflores del municipio, es un taller de elaboración de instrumentos musicales, en donde el maestro Lara se dedicó por muchos años, a afianzar la cultura folclórica del pueblo.

En la casa, donde por mucho tiempo se refugiaron infinitas notas de gaita,  Lara les inculcó a sus hijos esta sonora tradición, para que el legado persistiera después de su muerte.

 Aún persiste

Es una enorme casona de cuartos laberínticos. No hay lujo alguno. Lo más preciado son los retratos del maestro Lara. Sus manos incluso en las fotografías, ya mostraban el peso de sus años. Aún con esta característica se notaba la experiencia y propiedad del maestro con la gaita.

En esta casa los pies se llenan de tierra y de minúsculas partículas de madera de banco, que flotan en el aire bailando como si a toda hora oyeran la gaita, las maracas y los tambores.

Hace más de cien años que persiste esta costumbre en la familia del Maestro Lara. Sus hijos, sobrinos y nietos  se han encargado de mantener en pie la técnica de la fabricación de los instrumentos del juego de gaita.

El recorrido

Juan Ramírez es uno de los nietos del  Maestro. Tiene la tez negra y una sonrisa impecable. A sus veinidós años se le nota una gran experiencia  a cuestas. Quizá son los ademanes que hace cuando me cuenta con orgullo, cómo es que esos pedazos de troncos huecos que veo se convierten en tambores y gaitas.

Juan intercalaba sus estudios de técnico en refrigeración,  con el oficio de darle forma a los instrumentos.

Es increíble cómo la imaginación transforma la materia. La moldea y luego le da vida. Supongo que Juan ya tiene el producto final estampado en su cabeza sin haber siquiera pasado una sola lija.

Con amabilidad en su voz y el tono de un anciano, me explica paso a paso el proceso por el que pasan los tambores.

Los troncos huecos, en su mayoría son de madera de banco, caracolí o ceiba. Esta madera es resistente y garantiza la calidad del instrumento.

Para hacer los tambores se pule la madera, se forra con cuero de vaca y se adorna a gusto del creador. El esqueleto del tambor se cuelga en unas vigas de madera a varios metros del suelo, para evitar que en su interior se proliferen hongos que dañen su estructura.

Para hacer la gaita macho y la hembra, se toma el corazón de un cardón o cactus, bastante común en el pueblo. Se pule para que su textura sea uniforme. Se le hacen varios agujeros y se le añade en un extremo cera de abejas. Luego de introducir una pluma hueca de pato en la cabeza de la gaita, el artesano la entona para verificar que las notas se escuchen a la perfección.

A un juego completo de gaita lo conforman un tambor, una tambora, un llamador, un guache una gaita macho y una gaita hembra cuya diferencia radica en el número de agujeros  que hacen que salgan notas musicales diferentes.

Juan me cuenta que los tambores y las gaitas son los instrumentos que disfruta elaborar.

Me pierdo en el entorno y en las ondas que se estampan naturalmente en la madera recién pulida. Decenas de tambores se suspenden sobre el suelo listospara darle vida a una rueda de gaita. Listos para poner a mover la cintura de hermosas mujeres con curvas o sin ellas. Con flores en la cabeza. Con velas derretidas en las manos. Eso veo en los tambores.

Al terminar el recorrido de la mano invisible de Juan, noto que hay varios niños y jóvenes involucrados en el proceso.
Juan me dice que llegan y se van cuando adquieren el conocimiento que desean. Esta es su manera de proliferar este oficio autóctono y significativo de San Jacinto, Bolívar

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