Gardeazábal inaugura su propia tumba

17 de noviembre de 2019 12:00 AM

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Mi bisabuela Matilde buscó al ebanista para que le tallara su ataúd con una madera caoba, suave y bella que aún respiraba como el árbol que había sido la morada de los pájaros del verano y, cuando le entregaron el ataúd, lo puso en el zarzo de su casa en Sincé. La casa era de palma y de bahareque amarrado con bejucos de canime y el piso de tierra aplanada, que ella barría al amanecer luego de echarle unos buches de agua que parecían chorritos delgados como rocíos dispersos en la tierra. Y cuando la tierra absorbía el agua, ella barría con una escoba de varitas y dejaba el piso más brillante y reluciente que cualquier mármol. Mientras barría, cantaba salmos montunos y daba gracias al dios de los pájaros para que la casa se mantuviera firme en el invierno.

El ataúd de Matilde siguió allí hasta que se murió el primer vecino que no tenía para comprar un ataúd, y ella se lo prestó a los deudos con la condición de que después de las nueve noches del verano le devolvieran el mismo ataúd tallado por el mismo ebanista. Y el ataúd en la sala era como una canoa en el aire, era parte del paisaje de la sala, como el altar con la Virgen del Carmen o la imagen del nazareno con su corazón incendiado. Pero después de que le trajeron el ataúd tallado por el mismo ebanista con las iniciales de su nombre, volvió a prestarlo a la familia del segundo vecino que se murió de repente, y la condición fue la misma hasta siete muertos en menos de siete años. Lo más difícil no era que le devolvieran el ataúd sino encontrar al ebanista, que ya se había muerto en el sexto muerto, y hubo que buscar por todo Sincé a otro ebanista que replicara el molde del primer ataúd.

La vieja costumbre de tener el ataúd en el zarzo es probable que la hayamos heredado de los africanos en el Caribe y entre nosotros la presencia del ataúd, además de ser una manera pragmática de aceptar lo irremediable, era otra manera de espantar la muerte.

El zarzo siempre estuvo ocupado en la vieja casona de los bisabuelos. Sus parapetos de cañabrava y guadua fueron el depósito de las mazorcas, los matules de tabaco, y la siembra en la antigua tierra de mis ancestros maternos, que, además de cultivadores, siempre tuvieron una huerta, un gallinero, unas vacas y unos terneros. La tierra siguió siendo la fascinación de una docena de tíos maternos, y una legión de primos y parientes que no termino de conocer.

Esta historia la volví a recordar en estos días en que regresé a Sincé y entré a la vieja casona de Leonor Guerra, mi parienta, que aún conserva la altivez de su casa de palma y su piso de tierra y guarda la memoria de mi bisabuela Matilde. Las habitaciones no requieren de abanico ni de aspas, de techo ni de mano, porque un viento fresco de totumos y mamones ventila los rincones de la casa, y se refresca con el agua llorada del viejo aljibe familiar.

Pero esta historia es para contar otra que tiene que ver con los seres humanos que se preparan o se adelantan en el viaje inexorable de la muerte. Me refiero primero a una vecina de mi amigo Juan Gossain, el gran periodista y escritor de San Bernardo del Viento, que, al igual que mi bisabuela, tenía su ataúd en el zarzo, pero además tenía la manía de meterse en el ataúd para saber si correspondía a su talla. A medida que pasaban los años, ella sentía que se encogía y el ataúd le quedaría grande. Un día sus hijos la vieron durmiendo dentro del ataúd. Y le preguntaron por qué hacía eso. Y ella respondió a rajatabla, lo cuenta Gossain: “Para irme acostumbrando”.

Ese par de historias, para ir a esta tercera: acaba de ocurrir en este noviembre de 2019. Me refiero a mi amigo, el gran escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, que desde hace años eligió el lugar donde será enterrado, y nos lo contó a su paso por Cartagena, invitado por la Feria Latinoamericana del Libro. A mi regreso de Sincé me entero de que Gardeazábal -nadie lo nombra sino por el segundo apellido- va a inaugurar su propia tumba el 26 de noviembre de 2019 en el Cementerio Museo San Pedro, en Medellín, junto a los restos del escritor Tomás Carrasquilla.

Es de verdad una noticia para la colección de episodios singulares de Ripley’s: Gardeazábal ha invitado a sus amigos a la apertura de su tumba, que tendrá una escultura y un epitafio.

El mismo Gardeazábal reconoce que es la primera vez en la historia de Colombia que a alguien se le ocurre inaugurar su propia tumba.

“Tal vez los faraones egipcios inauguraron sus pirámides, y tenían motivos. Eran obras públicas para perpetuar sus mandatos. Pero que en Colombia inauguren tumbas, esta es la primera vez. País de la muerte, la locura de los paisanos da para todo. De cualquier manera, el Cementerio Museo San Pedro y los organizadores del acto están felices porque ese parque, con el traslado de los restos del maestro don Tomás Carrasquilla y la construcción del nicho del autor del clásico de la literatura americana ‘Cóndores no entierran todos los días’, junto al panteón del no menos célebre radical Jorge Isaacs, sigue consolidándose como el más bello y visitado camposanto de Colombia”.

Su novela ‘Cóndores no entierran todos los días’ fue escrita poco antes de cumplir su autor 25 años, y es junto a ‘Que viva la música’, de Andrés Caicedo, dos casos excepcionales de novelas que resistan el paso de medio siglo y sigan tan campantes. Así que Gardeazábal, una criatura irreverente e iconoclasta y un hombre de verdades de pelo en pecho, tendrá motivos para seguir polemizando junto a los dos ilustres nuestros que le harán compañía.

Pero su decisión novelesca no está distante del temple de sus propias novelas y su vida de analista político. Al volver a leer su novela, que transcurre en su pueblo natal de Tuluá, en donde vive rodeado de gansos, orquídeas y perros, volví a sentir la bestialidad de la violencia con nuevos actores que no acaba de terminar en Colombia: los nuevos León María Lozano, los nuevos Pájaros, que han cambiado de nombre, color, espacio y tiempo, y han vuelto a envenenar y masacrar niños, jóvenes, líderes sociales, indígenas, y desterrar y desaparecer todo lo que se oponga al reino oprobioso del poder y la tiranía. La novela de Gardeazábal, con su desnuda crudeza y su trama narrativa, nos seduce de principio a fin y vuelve a encantarnos cuando de viva voz escuchamos su manera de desnudar las verades perversas de un país tan parecido a su aldea natal, donde acribillaban al que pensaba de manera liberal o perseguían al que no se sometía a los designios del jefe militar de la época. Una historia que parece ocurrir en el presente otra vez.

Epílogo

Gardeazábal tiene una sonrisa mordaz y una mirada de halcón que atraviesa los pensamientos de sus interlocutores y contrincantes, y no es raro que invite a su apertura de la tumba además de sus amigos, a sus propios enemigos .

La apertura de su tumba está prevista para el martes 26 de noviembre, a las 6 de la tarde, bajo el resplandor de la luna. Le pregunto a Gardeazábal si este acto anticipado es porque ha presentido el halo de lo inexorable, pero él se ríe y dice que tiene 74 años bien vividos para la escritura y la controversia política. Por curiosidad le pregunto cuál será el epitafio para su tumba, y no duda en decírmelo. Es el nombre de su propia obra: ‘Cóndores no entierran todos los días’.

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