Historia de una sonrisa que se rebela

22 de diciembre de 2019 12:00 AM
Historia de una sonrisa que se rebela
Obra ‘Entre dientes’, de Dayro Carrasquilla, donada al Museo de Arte Moderno de Cartagena.//Foto: Cortesía.

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El muchacho que se reía en medio del calor de vidrio de Nelson Mandela tenía siete dientes de oro con la palabra Rebelao. Dayro Carrasquilla, que es un cazador de alfabetos invisibles, descifró aquella sonrisa en todos sus tiempos y tragedias, y le pidió que le permitiera hacerle una serie de veintidós fotos que él denominó Entre dientes.

El muchacho no necesitó pelar los dientes para que la historia se revelara a flor de labios.

La gente del Caribe se ríe mucho porque no está contenta con lo que está pasando, y la sonrisa y la risa son conjuros contra el desencanto, lo irremediable, el sufrimiento y la muerte. Reír en el Caribe es un acto de sublevación, resistencia y resiliencia. Se ríe para espantar y consolar los duelos y los quebrantos. Se ríe para alejar la pobreza y para ahuyentar la tristeza. Fue Héctor Rojas Herazo quien nos dijo una vez en el periódico que la gente del Caribe es profundamente triste, y que por eso mismo, canta y baila, y se acompaña de un tambor, una guitarra o un acordeón para conjurar esa tristeza. Vistos desde afuera, los caribes son las criaturas más dionisíacas y festivas del mundo, porque además de haber nacido al pie del mar o el río, la bahía, los valles y las ciénagas, tienen una vocación de risa hasta en los peores momentos. Una vez un escritor andino preguntó en Brasil por qué los brasileros andaban riéndose todo el tiempo y él sonriente dijo una verdad que no es fácil de comprender: “Aquí nos reímos porque nada funciona, carecemos de todo, todo falla, todo se está inventando como en el séptimo día de la creación, y nadie se queja de nada, da lo que nadie imagina precisamente porque no tiene nada”.

En los velorios del Caribe he aprendido ese arte y esa filosofía de vida. Reírse frente a la realidad irremediable de la muerte. A mis once años, supe lo que era estar frente al cadáver de mi abuelo materno, Ricardo Ulises Guerra, en Sahagún, y sus nueve noches de velorios con historias fantásticas de patios y mujeres que se alquilaban para llorar en los velorios.

Lo sorprendente de esos nueve días de velorios, y ese vaso de agua frente al altar de la memoria del abuelo, era descubrir que cada día el abuelo en el tránsito a la eternidad iba bebiendo a sorbos lentos aquel agua del vaso, una antigua creencia de que el muerto se bebe ese vaso para que no tenga sed en el viaje al más allá.

Y en Palenque aprendí que la mejor manera de despedir a un muerto es con tambores y con danzas. No es que los palenqueros sean felices en los momentos de duelo, como supone la cultura occidental. Y es falso que lloren cuando nace alguien. La mejor manera que tienen los palenqueros de llorar un muerto es tocándole tambores, cantándoles y bailándoles. Y durante nueve días acompañan a la familia del finado con mucha comida que va saliendo de la nada. Nunca, a pesar de la pobreza, escaseará la comida de las nueve noches.

Los dientes pelados

Hubo un tiempo en el Caribe en que era común ponerse dientes de oro. Honorio, mi papá, se puso su diente de oro que le brillaba en las fiestas. A mi madre le daba celos aquel diente de seductor y encantador de serpientes. El diente se iluminaba cuando se reía. Después vi que los dientes de oro llevaban nombres propios y mensajes cifrados. Diomedes Díaz incrustó diamantes en las doce letras de su nombre en sus dientes. Pero el muchacho que ahora pelaba sus dientes al sol de Nelson Mandela llevaba más que una palabra, un alfabeto cifrado: Rebelao.

En la risa de ese muchacho había algo más que una risa. Había un lamento profundo y descarnado, la brutalidad de los desplazamientos forzados, los desplazamientos del hambre y la pobreza, los desplazamientos de los conflictos armados, los desplazamientos y las persecuciones a los líderes ambientales, sociales y políticos. Detrás de la sonrisa con siete letras de oro estaba la pobreza, la discriminación, el desprecio y la muerte.

Dayro Carrasquilla fotografió algo más que una sonrisa en veintidós imágenes. Aquel teclado blanco de la sonrisa en una piel negrísima, retostada bajo el sol del muchacho mandelero, estaba el retrato del barrio cartagenero. Estaba en siete letras una historia de rebelión, de insurgencia, de protesta, de reclamo, pero también de ofrenda.

Dayro trajo esa sonrisa impresa en metal y en un estuche transparente para donarla al Museo de Arte Moderno de Cartagena, y se la entregó en ceremonia cálida y emocional acompañado de algunos de sus vecinos del barrio a su directora, Yolanda Pupo de Mogollón, para enriquecer la colección permanente de más de cuatrocientas obras que integran ese museo con más de sesenta años de historia.

Es algo más que una fotografía de colección, ha expresado el curador y crítico Eduardo Hernández. En un mundo frivolizado por tantas fotografías efímeras que no son arte, la fotografía de Dayro tiene un doble valor documental y artístico. Pero también cuestiona al arte mismo y la vieja y trillada disputa de qué es arte, qué es belleza, qué es un concepto estético. Lo que hay detrás de esa sonrisa es una narrativa urbana de Cartagena. El hombre que se rebela riéndose. Dayro es, sin proponérselo, un guardián de memorias de su barrio Nelson Mandela, que sobrevive por el milagro de la resistencia de sus vecinos que batallaron todo este tiempo para integrar con dignidad el mapa humano de la ciudad, en sus extramuros.

Allí, muy cerca del basurero local, hay artífices de la belleza invisible e improbable que han logrado como Dayro, transformar la basura en arte. Y dejar que el arte mismo sea interpelado por sus propios vecinos. El arte de Dayro no es una tarea solitaria sino colectiva. Y él consulta a los mayores qué nombre debe llevar el lugar donde se almacena la memoria vegetal de las plantas medicinas. Y ellos mismos se lo dijeron: sabedores de lo verde. La sabiduría ancestral tiene sus propios códigos. Saberes y sabores de la tierra que ha sido forjada con lágrimas y con vigilias de desplazados.

“Soy un desplazado económico”, dice Dayro, mientras muchos de sus vecinos fueron desplazados por otros factores diversos. Y muchos de ellos, que él ahora recuerda, fueron desaparecidos por rebelarse ante una ciudad o una nación que los despreció por ser pobres, por haber nacido en las orillas, por elegir una tierra que terminó llamándose Nelson Mandela.

La rebeldía ilumina

Ahora, al sacar la imagen de su estuche transparente, la foto de su serie Entre dientes, la sonrisa del muchacho resplandece en el auditorio de la sala Hernando Lemaitre. El público intenta descifrar qué hay detrás de esa sonrisa. Los amigos de Dayro que vinieron a acompañarlo se refieren a la resistencia y a la resiliencia.

Nelson Mandela existe gracias a la resistencia, pero también a la resiliencia que es el arte de transformar el dolor en algo distinto.

“No sabemos cómo lo hechos hecho, cómo nos hemos consolado en el barrio, sin apoyos emocionales de nadie y menos institucionales, para sobrellevar ausencias y duelos, muertes de líderes y persecuciones a quienes se rebelan”, dice uno de los vecinos de Dayro.

Se habla de las nuevas narrativas visuales y de cómo una fotografía puede contar a su vez historias individuales y colectivas.

Otras historias

En este momento estoy recordando a Leo Matiz y su clásica fotografía ‘La red’ o ‘Pavo real de mar’, de 1939, y la foto de la mulata cartagenera captada en los años sesenta por Hernán Díaz. La sonrisa de la muchacha se abre al mismo tiempo en que se abre su sombrilla. Esa sonrisa es un sol en blanco y negro, en contraste con su piel, sus dientes blanquísimos, y la sombrilla rayada en blanco y negro. Y Entre dientes de Dayro Carrasquilla estará al lado de las fotografías como legados documentales y artísticos.

Le digo a Dayro que me diga qué dijo el muchacho cuando vio la serie de fotos. Qué silencios habrá acompañado aquella sonrisa de oro. Y aquella pesadumbre histórica de su pobreza.

La foto habla por sí misma. Grita su rebeldía de tiempos vulnerados. Grita su desamparo histórico. Revela y se rebela.

La sonrisa queda entre los muros sagrados del Museo de Arte Moderno de Cartagena. Una sonrisa que interpela el grito de los antiguos africanos esclavizados muy cerca de la plaza donde se erige el museo. Tal vez las lágrimas no terminen de lavar esa sonrisa ancha, pura, descarnada que brilla en la oscuridad del oro.

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