Cuatro horas por un helado en La Habana

28 de julio de 2019 12:00 AM

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Soy la número 200 en la fila y ni siquiera han abierto la heladería.

En La Habana se inventaron un nombre específico para la ‘acción y efecto’ de entrar una fila: “Pedir el último”. Es simple, llegas y dices “¿quién es el último?”, el último responde y solo entonces puedes formarte, convertirte automáticamente en el nuevo último y esperar que otro cristiano te pida el último. Es una suerte de permiso que pedí y otorgué en menos de un minuto, porque la cola crece, crece y crece a merced del sol desquiciado de este jueves y apenas son las nueve y media de la mañana.

Aquí fila puede ser sinónimo de cola, pero no de hilera. Pedir y dar el último es el único recurso para mantener el orden en una ¿estructura? que se encorva, se interrumpe o muta por culpa del sol: la gente asegura el puesto y muchos se van para alguna sombra que pueda mitigar el calor en este pedazo del parque donde ahora me cuesta enumerar a las personas, pero donde podría contar las sombrillas con los dedos de mis manos. ¿Por qué no todos tienen una, si en La Habana el sol de las ocho de la mañana brilla con cara de mediodía y se oculta a las nueve de la noche? Es que una sombrilla cuesta unos 7 pesos cubanos convertibles (también les dicen CUC) y el salario mínimo de la isla está en 17 CUC (según el periódico El Nuevo Herald), aunque más tarde un conductor me dirá que está en unos 20 CUC. Solo para que se haga una idea: 1 CUC equivale a 1 dólar, es decir, a poco más de 3 mil pesos colombianos.

La fila no se mueve ni un centímetro, ¿y? Lo importante es comerse el helado en Coppelia. Los cubanos cuentan que esta heladería estatal funciona desde 1966 y que el mismísimo Fidel Castro la bautizó inspirado en su ballet favorito, que es también uno de los más populares del mundo: Coppélia (se estrenó el 25 de mayo de 1870 en la Ópera de París). La sola palabra significa abundancia, esplendor, generosidad, pero la historia del ballet es todavía más bella: un juguetero (Coppelius) fabricaba muñecas de tamaño humano y las escondía en su casa. Un día una curiosa chica (Swanilda) entró a husmear y decidió suplantar a la muñeca favorita del juguetero (Coppélia). Él fue inmensamente feliz, pensó que su muñeca estaba viva por fin y la chica solo le confesó la travesura a Coppelius cuando se cansó de burlarse.

***

-¿A qué horas abren? -le pregunto a la chica que está delante de mí, pero que no va delante de mí en la fila. Se arrimó buscando un poco de sombra.

-A las 11 -responde.

-Ah, apenas son las 10 -replico.

Ella solo sonríe, se encoge de hombros y me pregunta de dónde soy.

-De Colombia.

-¡Ay, como mi tía Noséquiencita!, pero ella ahora vive en los Estados Unidos.

-Súper, ¿y tú alguna vez has salido de la isla?

-No... bueno, una vez fui a unas playas que quedan lejos, igual llegas en carro o en avión.

-Ah, deben ser muy bonitas.

-Sí, sí.

Para mi nueva amiga no tiene nada de extraño que haya tanta gente esperando por un helado durante horas un jueves en la mañana. “Muchas personas aquí trabajan en sus casas o de meseros o así, o a veces no trabajan”, me explica. Yo miro a la señora rubia de adelante, acaba de apagar su tercer cigarrillo y saca de su bolso un pomo (termo o botella para llevar agua o hielo) envuelto en una toallita, toma un poco de agua, le da un sorbo a su hijo y vuelve a taparlo. No hay vendedores de agua callejeros y habría que hacer otra cola para comprar una botella, así que todo el mundo anda con su pomo... menos yo.

-¿Y para qué es esa otra fila? -pregunto.

-Para comprar helados.

-¡¿También?!

-Sí, y aquella también.

Dice la cubanita que cada salón de Coppelia tiene su propia fila. La de donde estamos nosotros es para el segundo piso, el más amplio, por eso la gente entra más rápido. Hay una para los salones del primer piso y otra para la barra. Más tarde me enteraré de que Coppelia se ganó el remoquete de la ‘catedral del helado’ porque tiene 400 empleados y se sirven unos 16.100 litros de helado a 35.000 clientes cada día en La Habana.

Las once, ¡por fin abren las puertas de la ‘catedral’!

Hasta ahora veo que en cada entrada hay un vigilante que controla cuántas personas entran en cada tanda. Ya han pasado dos y nosotros seguimos bien lejos. A la cubanita no le afana, es que está esperando a su mamá y a su abuela, que están en otra cola porque tenían que hacer unas vueltas en un banco y como venían tan lejos, decidieron pasar también por un helado. ¡Pero nada que vienen!

Cada que el vigilante va a autorizar a un grupo, todos vuelven a sus posiciones y la cubanita mira lejos, como buscando a su mamá y a su abuela. “Ponte aquí, delante de mí, pero tienes que decir que vienes conmigo y decirle a la señora que le diste el último que ya no vas delante de ella”. Dudé. Pensé que se iba a armar la grande, pero no.

-¿Y por qué viene tanta gente, son muy sabrosos los helados?

-Es que esto lo abrieron hace poco, porque lo estaban remodelando, entonces la gente quiere ver cómo quedó y como es verano y son las vacaciones... Antes no habían muchos sabores, pero ahora sí hay bastantes, ojalá no se acaben.

Le pregunto por los precios y me dice que cada bola cuesta 1 peso cubano (no CUC, 1CUC equivale a 25 pesos cubanos), es decir es muy, muy, muy barato. La fila avanza, detrás de nosotros hay una anciana que no para de quejarse ni de sudar... y cuando la cubanita estaba más preocupada llegaron sus parientes. La mamá es médico pediatra y cuando no está hablando está sonriendo. La abuela, en cambio, no conversa mucho.

A la mamá de la cubanita le hubiera ido espectacular de periodista, ¡pregunta de todo! Que de dónde soy, que cuándo llegué, que cuándo me voy, que si esto, que si lo otro.

Me dice que en Cuba la vida se pasa en las colas... ¿Que si les molesta esperar tanto? ¡Nombe, qué va! “La cola está en la sangre del cubano, en la genética. Tú en otro país haces una cola y la gente ni se habla, aquí te encuentras al amigo ¡y si no haces algún amigo! ¡Chica, llega un momento que no quieres que se acabe la cola!”.

-¡¿Verdad?!

-¡Vaya, caballero!, si tú te encuentras a un muchacho bello en la fila y te pones a hablar con él, no quieres que se acabe nuca.

Y todo el que escucha suelta una carcajada.

Entre chanza y chanza, el reloj ha corrido bastante, son las 12:33 de la tarde y por fin entramos. Ahora hay que esperar al pie de unas escaleras a que se desocupe una mesa del segundo piso para subir y ¡comer! Las cubanas me preguntan que si podemos sentarnos en la misma mesa... ¡Claro! Ellas se saborean por una ensalada y les parece increíble que yo solo quiera una bolita de helado de chocolate.

-Tú, pepilla, ¿cuántos vienen? -me dice otro vigilante desde lo alto de la escalera.

-Tres más.

-Suban.

Son las 12:45 y, mientras subimos, mis amigas se ríen y me explican que ‘pepilla’ significa chic, ¡mira eso!

El salón tiene 15 mesas, seis ventanas y dos puertas (una de ellas da al despacho), dos meseros vestidos con camisas a cuadros negros (o rojos) y blancos y gorros atienden. A la 1:15 nos toman el pedido: tres ensaladas con tantos sabores como se pueda y un ‘tres gracias’ (tres bolas de helado para mí). Cada ensalada trae cinco bolas de sabores surtidos, unas galletitas redondas, polvo de galleta y sirope (una especie de caramelo que sabe a una miel exótica). A la 1:25 traen el pedido. A la 1:32 termino, justo antes de que la última bola se derrita.

En la mesa de al lado hay una anciana y un señor, no sé en qué momento nos quedamos mirándolos, pero sí que él se metió una cucharada a la boca, se saboreó como estos ojitos jamás habían visto saborearse a nadie y se paró a bailar como Michael Jackson, como si caminara en reversa... La viejita lo regaña y le ordena que se siente, pero cada tanto él vuelve a bailar. “Debe tener algo en la cabeza”, dicen las cubanas. Quizá.

La cuenta: 33.25 pesos cubanos, es decir: 1.34 dólares o unos 4.285 pesos colombianos. La mamá quiere pagar, yo le digo que no, ella insiste y yo cedo, finalmente rechazar una invitación es de mal gusto en Cartagena o en Cuba.

Mis nuevas amigas me preguntan cómo es comprar helados en Colombia, les digo que no hay tantas, que acá las filas así se ven más cuando uno reclama subsidios del Estado y cosas así. Se sorprenden, pero en el fondo no me envidian tanto: tendrían menos amigos. Nos despedimos. Yo les doy las gracias y ellas me dan tres abrazos, un manojo de bendiciones y tres palabras nuevas: qué bolá (es como el ajá, lo usan para todo), jimagua (gemela) y asere (socio, amigo, hermano, compadre o comadre). Y yo me voy feliz: hice una fila de cuatro horas por un helado y tres aseres.

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