Israel, el desierto que floreció

05 de agosto de 2018 12:00 AM

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No hay nubes. El sol despunta desde las cinco y treinta de la mañana y se oculta a las nueve de la noche. En Israel es verano y mi piel tostada lo sabe. Amanecer frente al Mar de Galilea, escuchando las olas que golpean las colinas es normalmente fascinante, pero esta mañana de miércoles suena un estruendo que me despierta. Son las cinco y cuarenta. Todos duermen en este hotel de la ciudad de Tiberiades cuando un movimiento fuerte provoca una despertada simultánea en el edificio. Tiembla. Estoy en el décimo piso de un hotel a la orilla de este mar, que hasta hace un minuto me parecía fascinante. Me estremezco tan fuerte que apenas abro los ojos corro al balcón… esta no es la salida, regreso al cuarto, corro de nuevo al pasillo. Estoy sudando frío. Pienso en mi mamá. No veo a nadie correr, hay calma en el ambiente. ¿Soy la única asustada en este edificio? Pregunto en voz alta. Toco a la habitación vecina y sale una mujer canosa, piel trigueña, con un acento que me suena familiar y al abrir la puerta me dice:

-Buenos días, cuénteme, hija.

-No sintió la estremecida de ahorita, ¿eso qué fue? -le digo-.

-Sí la sentí, pero en Bucaramanga estamos acostumbrados a eso.

Sus palabras me calman, regreso a mi cuarto y una hora después aclara Marcelo, el guía, que el movimiento telúrico se dio por una falla transformante que une la placa geológica de Arabia con la de África, y que en la región de Galilea suele temblar. Se ríe por el susto que pasamos y se ríe por no habernos advertido antes. La noche anterior me acosté nostálgica porque Colombia perdió en penales contra Inglaterra en el Mundial de Fútbol, pero tal fue la sacudida que ni siquiera recordé aquella derrota. Ahora, cuando subo al bus y voy viajando por Israel, veo un paisaje que la geografía describe desértico pero contemplo un desierto florecido, y pienso que los goles de los ingleses no volverán a atormentarme. Hay higueras, palmeras datileras, flores de distintas especies, plantíos de banano y todos verdes: los israelitas tienen el mejor sistema de riego por goteo en el mundo, con una tubería que cruza los casi 500 kilómetros de norte a sur, abasteciendo todas las siembras y casas del país. (Vea aquí: En imagénes: Un paso por Israel, el desierto que floreció)

Once kilómetros después, en quince minutos, llego al bautisterio Yardenit, en el Río Jordán, y me bautizo en el mismo lugar donde hace más de 2000 años lo hizo Jesús. Hasta Naaman, uno de los generales del Ejército Sirio en tiempos bíblicos, se sumergió siete veces aquí y se curó de lepra.
El Jordán es solo un pedazo de los 350 kilómetros de río y 273 de mar que tiene Israel, incluyendo el Mediterráneo, Mar Rojo, Mar Muerto y el Lago o Mar de Galilea, que da el agua dulce a todo el país, además de sus plantas desalinizadoras que convierten en potable el agua de mar.

Cerca del Jordán está Caná de Galilea. Estoy aquí. Hace calor, no hay sombrero ni sombrilla que valgan, pruebo un buen vino que cuesta 33 checkels (moneda israelí), o 10 dólares, y con los vendedores de vino recuerdo la anécdota de Jesús convirtiendo el agua en vino. Luego visito Cafarnaúm, donde Jesús vivió siendo adulto. Pierdo la noción del tiempo, y aunque sean las nueve de la mañana o cuatro de la tarde, este verano hebreo siempre se parece a las 12 del día en Cartagena caminando a pleno sol en el Mercado de Bazurto.

La sal que cura
Marcelo insiste en que al llegar al Mar Muerto no puedes, ni sin culpa, probar el agua ni permanecer más de 10 minutos en ella porque el exceso de sal hace daño. Pero lo que no te dice es que en verano debes caminar con chancletas hasta la orilla porque estás en el punto más bajo de la tierra, en el desierto, y te puedes quemar los pies (416 metros bajo el nivel del mar). El agua tiene propiedades curativas y cuando entras empieza a arderte el cuerpo, la piel cambia, sobre todo cuando te untas el barro y lo limpias con el agua salada. Tatiana López, una conocida del viaje, me cuenta que tenía dermatitis y regresó a casa sin ella.

Jerusalén tiene un ‘no sé qué’...
Hay lugares de ensueño, el mío es Jerusalén. Lo que he vivido hasta ahora no se compara con lo que siento al llegar aquí, estoy como en la casa de mis padres, cómoda, relajada, feliz. Hay paz en cada rincón; camino sin miedo. No existe la tensión que piensan. Muchos la llaman casa de Dios y siento que es así.

Recorro las calles día y noche, y es como recorrer las huellas de Jesús, ver dónde murió y resucitó, los milagros que hizo, cómo lo crucificaron, dónde lo sepultaron. Es agradable. La fe de muchos se origina aquí.

Conozco árabes, judíos, armenios, cristianos, católicos, confluye todo. Pero el lugar que más me atrae es el Muro de las lamentaciones, que es lo que queda del templo de Salomón, destruido en el año 70 por los romanos.

Más de 10 millones de personas de todo el mundo vienen al año al muro a orar, y sin importar la religión lo hacen judíos, cristianos, católicos. Los hombres de un lado y las mujeres de otro. Me concentro una hora en escuchar los ruegos en todos los idiomas. Y la siguiente hora pongo en el muro los papelitos con las peticiones que mis amigos de Colombia me entregaron para que rogara por ellos a 11 mil kilómetros de su tierra. Lo hago.

***
He vuelto a Colombia, no sé cuántos papelitos dejé en el Muro de los Lamentos. Solo sé que hoy, un mes después, tres de ellos se volvieron realidad: un trabajo, un embarazo y la curación de una enfermedad. ¿Casualidad, Dios o el destino? La fe de cada uno responderá esa pregunta. 

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