José Forero, un constructor de sueños

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Hay millones de formas de cambiar al mundo. Todos, desde nuestro campo, sin importar cuál, podemos ayudar, aunque sea un poco. José Forero Vélez vive en el barrio Chipre, de Cartagena, tiene 74 años y hace muchísimas primaveras encontró en aquellos otros barrios, olvidados, “donde había casitas de tablas, de plástico y hasta de cartón”, su forma de transformar, un poco, las vidas de muchas personas. Les ayudó a forjar sueños, a construir realidades, a sortear entornos, a edificar cimientos para una vida más llevadera ante las adversidades de la pobreza.

Hay que empezar por decir que la familia de José Forero Vélez es cartagenera. Que, gran parte, se ha dedicado a la construcción. Y quizá por eso él decidió estudiar en el Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA, para convertirse en maestro de obras. En 1980 se graduó. Mucho después, aplicó a una convocatoria, en el Instituto de Crédito Territorial. Se convirtió en supervisor de obras, para aquella entidad, que construyó viviendas en buena parte de Cartagena, como en Las Gaviotas, La Floresta, El Socorro, San Francisco y Plan 400, entre muchos otros.

Fueron 18 años de trabajo, junto a ese instituto. Pero mientras lo hacía, mientras laboraba en la construcción de casas que hoy muchos cartageneros ocupan, José miró hacia aquellos otros barrios, que apenas comenzaban a formarse entre ausencias y vacíos del Estado, en la zona suroriental de Cartagena. Como él mismo lo diría, desde La Esperanza, hasta El Pozón, pasando por todos los sectores del inmenso Olaya Herrera. Él, viendo toda esa pobreza, entre calles polvorientas, sin concreto, a su manera, puso en marcha su propia forma de ayudar.

Esa mirada hacia aquella zona de Cartagena le despertó un espíritu que hoy conserva intacto, incluso más fuerte. “Al ver a esas familias, yo pensé que podía ayudarlas de alguna forma. Pensé en enseñarles construcción, para que así construyeran sus propias viviendas y al mismo tiempo les pudiera servir como una profesión, trabajando como albañiles y tendrían un nivel de vida superior. Me di cuenta de que si aprendían a construir, vivirían mejor (...) en esa época esas casas eran puros pedacitos de madera, no tenían ni siquiera piso”, narra. Así lo hizo. Empezó a enseñarles su arte a los hombres de aquellos sectores, corrían los años 80 cuando tuvo sus primeros “cursos”, donde él instruía construcción. No cobraba nada. El pago era la satisfacción de servir a otros. Un dar no para recibir, más bien para compartir toda su experticia.

Como una cruzada propia por quienes lo necesitaran, empezó a enseñar albañilería y mampostería. Promocionaba sus clases en las calles destapadas de cualquiera de los sectores que visitaba, acompañado por líderes comunales. Acordaba horarios y, sacando un poco de su tiempo, cada semana daba sus clases nocturnas, con complementos los fines de semana.

Sus alumnos practicaban todo lo que aprendían, siempre guiados por la experiencia de José Forero Vélez, remodelando viviendas de esos mismos barrios populares, de quienes tuvieran dinero para comprar los materiales de construcción. Esa era la parte práctica. “Hasta que un día, uno de esos alumnos me dijo que yo por qué no los certificaba a ellos, para que ese curso les sirviera para trabajar de forma más formal”, recuerda. Entonces, comenzó a pensar en crear una cooperativa, una fundación.

“Recuerdo mucho a Nelson Mandela, porque cuando llegué allá, la situación de muchas familias era bastante deplorable. De verdad, las casas sí eran de plástico. En ese barrio, las personas aprovecharon mucho los cursos que yo dictaba, que duraban cinco meses, me conseguí unos libros didácticos de construcción para hacerlo. Fueron ocho años de trabajo allá. No solo hombres, también había mujeres que lo hacían muy bien, con mucho detalle, incluso mejor que los hombres. En el sector, a los que tuvieran materiales, les construíamos gratis, mis alumnos hacían las prácticas así”, comenta y nos muestra una fotografía de un periódico viejo, donde aparece con la entonces primera dama de Colombia, Nohora Puyana de Pastrana, poniendo la primera piedra para levantar un colegio en ese sector de Cartagena porque, aunque no habitaba en ese barrio, su labor sí gozaba de buena fama y aceptación entre sus habitantes. Tan reconocido era su trabajo que alcanzó a ganarse el título popular del ‘Profe’ o el ‘Maestro’ de la “Universidad de la Albañilería” de Nelson Mandela. Cuando llegó a las pendientes invadidas del barrio, se encontró con muchos desplazados, gente del campo que había sido desprendida de sus cultivos y se enfrentaba a la cruda realidad citadina, y sin herramientas para trabajar engrosaban el margen de miseria. A ellos les enseñó una forma de ganarse la vida en la ciudad y de arreglar sus viviendas. “Hoy puedo decirles con mucho orgullo que en el barrio Nelson Mandela (y en muchos otros barrios de Cartagena) se construyeron casas, medias casas, cuartos, pozas sépticas, mejoras y ampliaciones, gratis”, comenta. Solo hasta 2002 consiguió, con la ayuda de toda su familia, obtener la personería jurídica que acredita a su Fundación Centro de Formación “¡Así construyo mi vivienda!”, una organización sin ánimo de lucro. “Puedo decirles que no todo fue fácil, hubo mucho sacrificio, obstáculos que fueron vencidos, que después de más de diez años de trabajo, me siento con todo el derecho de gritarles a ustedes que siempre hay la necesidad de ayudar a alguien”, dijo en esa ocasión. La escuela itinerante de albañilería de José Forero Vélez ha recorrido varios barrios de Cartagena. Llegó a Escallón Villa, 7 de Agosto, Olaya Herrera, Ceballos, Turbaco, El Pozón, Flor del Campo, Colombiatón y muchos otros sectores.

“El otro día, una señora me saludó. Me dio las gracias, de forma muy efusiva. Me preguntó que si yo no me acordaba de ella, estaba muy agradecida, me dijo: ‘Maestro, usted me ayudó a levantar mi casa, muchas gracias’, yo no me acuerdo bien de ella, imagínese eso hace tantos años, era una señora de Nelson Mandela”. También es grato encontrarse a sus alumnos, trabajando el arte que él les enseñó. Hace año y medio graduó a su último curso de albañiles, pero algunos quebrantos de salud lo han llevado a suspender temporalmente las clases que dicta. Esta es la historia de un hombre que, sin ser un constructor con grandes recursos, ha ayudado a que quienes más lo necesitan, tengan casas y vidas dignas, aunque esa cuenta de a cuántas familias y personas instruyó ya la haya perdido en su memoria.

Epílogo

Hace diez años José Forero sorprendió a su familia al desempolvar un sinnúmero de canciones, poemas y escritos. Él también es compositor. Se inspira en su amada esposa, Cecilia Meléndez, en sus tres hijos, en sus ocho nietos, en la vida misma. Ha grabado tres producciones de vallenato, entre ellas ‘Dedicatoria’ y ‘Lo Bueno se repite’, pero también hace boleros, cumbias y baladas. La música también mueve el corazón de un hombre que incidió en que muchas familias construyeran futuros distintos a los que prometía la pobreza.

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