Juan Esteban Constaín ‘resucita’ a Álvaro Gómez

02 de febrero de 2020 12:00 AM

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Tuve mis recelos al leer esta monumental biografía de Álvaro Gómez Hurtado, ‘Álvaro, su vida y su siglo’, escrita por el novelista Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979): un retrato de 430 páginas publicado por Random House para conmemorar el centenario de su natalicio en 2019. Pero, al leerlo sin ningunas prevenciones políticas, descubrí que no solo está bien narrada, sino que recupera episodios humanos de un ser que desde muy temprano llevó consigo la sombra controversial de su padre, Laureano Gómez, ortodoxo conservador que fue decisivo en un periodo de la historia colombiana en la que conservadores y liberales se mataban entre ellos para defender sus ideas y continuaban como peces ciegos en el mar, la estirpe fratricida de las guerras civiles que azolaron al país durante el siglo XIX y continuaron más allá de la firma de paz de Neerlandia en 1902, cese de la Guerra de los Mil Días, en otras formas enquistadas de una guerra que no cesa, a la que de manera eufemística llamamos la etapa de La Violencia, uno de los incontables nombres de otra guerra civil entre conservadores y liberales que se acentuó con otras fatalidades después del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948.

El país recrudecido del bipartidismo tenía sus guerrillas conservadoras y guerrillas liberales, antes del advenimiento de las guerrillas marxistas-leninistas. También es un eufemismo decir que la guerra tiene más de medio siglo, partiendo de la guerrilla creada en Marquetalia en 1964. Ese criterio borró de un plumazo las guerrillas bipartidistas que dejaron un reguero de sangre en toda la nación. El número de 3 mil muertos se multiplicó y rebasó en la realidad como en el número imaginado por el autor de ‘Cien años de soledad’ para una de las primeras masacres de principios de siglo XX: la Masacre de las Bananeras en 1928. Pero han seguido otras masacres sin nombre del conflicto armado que aún no terminan, con el exterminio de líderes de izquierda que fueron otros 3 mil muertos, y los muertos diarios del holocausto selectivo de líderes sociales en este siglo XXI. La historia de Colombia es una suma de fosas comunes de muertos sin identificar y desenterrar.

Si se escribe una biografía del estadista y político asesinado Álvaro Gómez Hurtado, también podría escribirse una biografía del estadista y político sacrificado Jorge Eliécer Gaitán, como de algunos de los líderes sacrificados del liberalismo como Rafael Uribe Uribe, Luis Carlos Galán o el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, o líderes sacrificados de la izquierda colombiana como Carlos Pizarro, Jaime Pardo Leal o Jaime Bateman. ¿Por qué no? Creo que lo que hace Constaín es salvar lo perdurable y rescatable de las ideas y del aporte de un líder como Álvaro Gómez. La construcción de una nación es también la suma de sus pérdidas, acertijos y utopías.

Constaín es un privilegiado en todo sentido al escribir este intenso, conmovedor y revelador retrato de Álvaro Gómez, luego de heredar parte de la biblioteca personal del político sacrificado y escudriñar como un detective novelesco en su diario personal y en su travesía cotidiana y política. Así nos reconstruye de manera cinematográfica el día de su asesinato: 2 de noviembre de 1995, Día de los Muertos.

Álvaro llegó muy temprano a la Universidad Sergio Arboleda, con la puntualidad que había sido habitual desde que era un niño -siempre llegaba veinte minutos antes- a dictar su cátedra Cultura Colombiana. Lo hacía con una exquisita erudición, dibujando en el tablero con la misma pasión con que dibujaba caballos. Ese día habló sobre el esplendor del barroco, entraba y salía como pez en el agua por el río Nilo, entraba al antiguo Egipto, los versos épicos de Juan de Castellanos y regresaba al río Magdalena y al barroco colombiano. Evocó aquella mañana a Shakespeare, Cervantes y a Hernando Domínguez Camargo. La noche anterior había leído con su esposa, Margarita, fragmentos de la novela ‘El mundo de Sofía’ y ‘Cruzando el umbral de la esperanza’, del Papa Juan Pablo II. Se demoró en el baño porque estaba leyendo ‘El libro de los animales’, de Aristóteles, y algunos poemas de Antonio Machado. Una frase de Dostoievski lo perturbaba: “Si Dios no existe entonces todo es permitido”. Una sentencia ideada por él mismo lo acompañó hasta el final de su vida, la obstinación de llegar a “un acuerdo sobre lo fundamental”, más allá de partidos e ideologías. Dejó un libro de ensayos, ‘La revolución en América’, y un relato que escribió en el cautiverio cuando fue secuestrado por los guerrilleros del M-19: ‘Soy libre’. Lo sorprendente de este relato de Constaín es cómo detrás de la historia de Álvaro está la historia de todo el país, con sus odios ancestrales heredados del siglo XIX y sus sueños de igualdad y justicia inconclusas en el tiempo. Constaín dice que Álvaro “se volvió una piedra en el zapato del sistema” cuando declaró que “había que tumbar al Régimen” y, luego de decirlo toda la vida, lo mataron. “Lo mató el Régimen, lo que él llamaba así”, idea lanzada al regresar de la embajada en Francia en abril de 1993. En su escrito premonitorio describe como si viera su propio magnicidio tan claro y de manera anticipada: “La muerte no es temible, sino por las circunstancias en que pueda producirse. Lo que duele no es la muerte, sino lo que va quedando de vida. Ser abatido por ráfagas de ametralladora, como parecía ser mi suerte, no debía considerarse como un infortunio singular. Quizás no era ‘un bel morir’, como lo reclamaba Segismundo Malatesta; pero en las actuales circunstancias del país y del mundo, una muerte así podía no ser un sacrificio inútil, sino la creación de un símbolo que convocara un movimiento de restauración”. Un Álvaro distinto o más afinado salió del cautiverio para participar en la Constitución de 1991, sentado con sus propios captores, para pensar en lo fundamental. Constaín lo resucitó de manera magistral con sus paradojas, más allá de la sombra de su padre. Y lo dejó dibujando caballos y bosquejando con serenidad profunda un camino de reconciliación.

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