Katia Klelers, la modista de la Virgen de la Candelaria

27 de enero de 2019 12:00 AM

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Katia Klelers de Ahumada tenía ocho meses de embarazo cuando experimentó uno de los momentos más angustiosos de su vida. En la década de los 80, en la subida de La Popa, un taxi atropelló a su tercera hija. Impresionada, Katia cayó desmayada sobre un bordillo sin saber que su pequeña de apenas cuatro años resultó ilesa de aquel accidente. El desasosiego parecía haber llegado a su fin. Su niña estaba bien, a su lado, pero a ella el golpe le provocó un descenso de matriz que obligaba a los médicos a practicarle una cesárea de inmediato.

Katia estuvo muy mal. Su presión era inestable, pero lo que más temía era que su bebé no sobreviviera. “En todo ese tiempo sentí que tenía a alguien agarrado y como soy muy devota de la virgen de La Candelaria, le pedí que me acompañara en este trance tan delicado. Y sentí que quien estaba ahí conmigo era ella. Yo le pedía: ‘Mi negra hermosa, no me vayas a desamparar, que todo salga bien, pero más que todo protege a mi hijo, que no le vaya a pasar nada”, relata la mujer, que ahora tiene 61 años.

Su hijo nació sano. “Pesó 11 libras (5 kilos) y midió 56 centímetros”, recuerda. Y ella se recuperó. Eso -asegura con fervor-, por la protección de la Virgen de la Candelaria, por ello, prometió confeccionar el vestido de la imagen venerada en el convento de La Popa cada vez que le fuera posible, con sus propias manos y con el arte que aprendió desde muy joven: la modistería y el diseño de bordados.

Su devoción viene desde muy niña. Cuenta que siempre vivió en la subida de La Popa, que sus padres fueron fieles seguidores de ‘La Candela’, como le llama, y que sus festividades están ligadas, incluso, a los cumpleaños de varios familiares. “Mi hermana abre las fiestas, cumple el 24 de enero, cuando se inicia la novena, y mi papá cumplía el 2 de febrero, día de la procesión”.

Pero fue en 1987, después de la venida del papa Juan Pablo II a Cartagena, cuando Katia se integró al grupo de creyentes que colaboraba en la celebración religiosa, organizada desde el santuario, para cumplir fielmente con la ofrenda. “El primer vestido que le hice a la virgen fue de los modelos que se le hacían antes, que tenían una pechera, un manto y las mangas, que se cosían a mano cuando ya se estaba vistiendo, y el ‘vestidito’ del niño. Después lo transformé, haciendo el vestido completo, el manto y vestido del niño”, explica Katia.

En estos 32 años, aunque no recuerda con exactitud cuántos trajes le ha hecho a su patrona, sí tiene presentes muchos testimonios de creyentes que donan las telas y los materiales para que ella elabore los vestidos. “Hay testimonios muy bonitos. En el 2001 o 2002, una señora vino de Ecuador y contó que soñó con la virgen vestida de verde esmeralda y trajo las telas. Ese vestido fue divino, hecho en un shantung y un chantilly francés, con unos chorreados de chantilly y piedras”.

“Hubo un año que unos jóvenes que estaban enfermos trajeron un manto desde las Islas Canarias. Ese vestido tuvo una anécdota muy particular porque siempre vestían a la Virgen con colores pasteles, suaves, angelicales, y ese manto era rojo escarlata, casi como vino tinto, bordado en dorado y una compañera de la cofradía, María Auxiliadora de Guerrero, se ofreció para hacer el vestido y compró la tela. Entonces yo lo bordé con la misma figura que llevaba el manto”, relata.

Y entre otros testimonios, narra el más reciente: una mujer humilde, Elena Triana, con varios problemas de salud, aseguró que en un sueño la Virgen de la Candelaria apareció con un vestido en crochet, el cual ella misma tejió, con 40 rosas rojas en el volante, que indican los 40 días de purificación ante la presentación del Niño Jesús, y un manto a manera de atarraya, que simboliza la protección de la Virgen, que cubre con ese manto a todos los cartageneros.

“Son muchos testimonios y anécdotas. Hubo un año que la luz se fue varias veces y se me dañó la máquina. Ya era 1 de febrero y había que ponerle el vestido a la Virgen al día siguiente. Me faltaba una parte por bordar. Eran las 9 de la noche y yo estaba nerviosa porque la máquina no me funcionaba, se iba la luz, busqué como tres técnicos, me la arreglaban y volvía y se dañaba. Hubo un momento en que se descuadró toda la máquina y los técnicos no dieron con el daño. Yo empecé a orar y a decirle a la virgencita que no me podía dejar quedar mal, que Lucy García le había ofrecido ese vestido con tanto amor de parte de su hijo enfermo y no se iba a poder cumplir ese deseo. Así empecé a soltar la máquina, la armé nuevamente, la encendí y funcionó. Terminé el vestido a las 3:30 de la mañana, justo a tiempo para llevarlo”, cuenta Katia.

Dice que ha sentido la compañía de su Santa madre en todo momento y que nunca ha dejado de encomendarse a ella. “Hace como siete años, me fracturé las dos piernas el mismo día y le recordaba: ‘Negra hermosa, estoy contigo’. En el 2001 también estuve muy mal. Tuve una infección renal, líquido en los pulmones y estuve en cuidados intensivos. Hubo una noche que los médicos decían que no me salvaba, porque se me bajó el azúcar, todo se me fue abajo, la bilirrubina, todo, y yo sé que ella me estuvo acompañando ahí. Me salvé”.

“Ella dura un año con el vestido puesto. Hay familias que tienen separados los años para donar y la lista llega como hasta 2030. Este año, es un poco particular, y por el testimonio de la señora (Elena Triana), se le va a poner el vestido que ella hizo por estos días, y otro, el día de la procesión”, destacó.

Aunque asegura que no es la modista de cabecera de la Virgen de la Candelaria, Katia es la persona que más vestidos le ha confeccionado, porque fue su promesa hace 31 años. “Este año me tocó descansar, pero siempre estoy pendiente de arreglarla y ayudar a vestirla”.

El año pasado, una vez más, fue ella la encargada del atuendo, donado por los trabajadores de La Popa que se vieron afectados por la calamidad pública decretada en 2017, por el aumento de las grietas.

***

Katia revisa uno a uno los vestidos que ha confeccionado, desde el museo del Santuario Santa Cruz de La Popa, donde están expuestos y donde solo hace falta uno que fue donado al Museo Histórico de Cartagena (MUHCA), y simplemente describe su labor y devoción como un privilegio.

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