La corta vida de Sergio Andrés

10 de diciembre de 2017 12:15 AM

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“Hay que aprender que todo en la vida es un ciclo, decir adiós es básico para crecer. Las personas son etapas y las etapas son lecciones, aunque duela toca aceptarlo”.

Hace 13 años el destino golpeó con dureza a la familia de Sergio Andrés Naranjo Bohórquez. Su papá desapareció. Un día cualquiera, unos delincuentes se lo llevaron y nunca más volvieron a verlo. El pequeño Sergio creció al cuidado de su hermano mayor, Edwin; de su mamá, Herlinda; y de su abuela materna, Lorenza.

Criado en el Barrio España, se graduó a los 16 años en el Colegio Seminario, estudió en el Sena y buscaba sus prácticas como aprendiz. A la vez, había iniciado primer semestre en seguridad e higiene ocupacional en el Tecnológico Comfenalco, con miras a homologar materias e ingresar a ingeniería industrial. “Es difícil crecer sin un padre, pero es más fácil cuando se tiene a una MADRE que hace el papel de los dos”, escribió Sergio en una foto con su mamá, en Facebook, el 17 de marzo de 2015.

Herlinda nos enseña esa fotografía y sonríe. Sonríe porque es un bonito recuerdo, entre los miles de pesares que hoy, nuevamente, caen como un doloroso manto indeleble sobre su familia. “Ese fue un día que Sergio me dijo que estaba aburrido, nos fuimos a pasear y entramos a cine”, cuenta. Acaricia la imagen en el celular. Quizá, cuando sucede algún hecho dolorosamente traumático, como el que enluta otra vez a los Naranjo, cada doliente intenta retroceder en el tiempo, comienza a preguntarse si tal o cual cosa hubieran podido cambiar el destino sangriento y fatal. En este caso, cambiar que hoy Sergio esté muerto.

La muerte de Sergio
La moto de Sergio Andrés, una Eco Delux, está en el patio de su casa, arropada con un plástico. Le desprendieron varias piezas antes de ser recuperada por la Policía en una construcción de Zaragocilla. No alcanzaron a desvalijarla. Herlinda prefiere no verla, por eso el plástico. Será vendida.

Fue a finales de 2015 que Sergio cumplió su deseo de una moto. Esa en particular. Era de segunda y él mismo se encargó del trámite para comprarla porque, dice su madre, siempre fue muy independiente. “Yo no le quería dar nada. Le había dicho: ‘te compro la moto y te compro el cajón (ataúd) y te lo amarro atrás’. Me daba miedo algún accidente. El día que compramos la moto estaba contento, esa era la felicidad de él (...) Era su obsesión, eso lo llevó a que sucediera esto, porque si no tuviera esa moto no tenía nada que ir a buscar allá”, cree y se lamenta Herlinda. Allá es la Urbanización Mirador de Zaragocilla. Allá llegó el domingo 26 de noviembre de 2017, buscando su moto.

“La noche anterior Sergio se venía para la casa, pero se encontró con dos amigos de infancia y lo invitaron a una fiesta. Cuando salía no le gustaba regresarse en la moto muy tarde, y la dejó guardada en una casa por allá, era muy precavido en eso. El domingo, él se levantó. Le dije: ‘vas a desayunar, es yuca y huevito’. Me respondió que iba a buscar la moto y regresaba. Fue la última vez que yo vi a Sergio. Él se fue a las 9 de la mañana, lo mataron a las 9:51 y vinieron a avisarnos a las 12”, recuerda. Lo que pasó, según se ha reseñado en las noticias y según se observa en un video de seguridad que Herlinda ha preferido nunca ver, es una disputa en la que Sergio es víctima de un brutal ataque con destornillador.

Los responsables son dos jóvenes a los que les reclamó porque no le decían dónde estaba su moto y que supuestamente la empeñaron por 47 mil pesos sin su consentimiento. Mientras uno le abatía las piernas con un palazo, el otro aprovechó y le clavó el destornillador en la cabeza. El resultado de la despiadada escena fue una irreversible muerte cerebral. Cuatro días conectado a máquinas mantuvieron vivo a Sergio, y al quinto día falleció. Tenía 20 años. “Desde que le dieron esa puñalada me lo mataron, porque nunca más despertó”, dice su madre.

Dolor tras dolor
El corazón de Herlinda Bohórquez está herido. Por fuera se le nota tranquila pero, me dice, a ratos recuerda a su hijo Sergio y se rompe, llora. Me cuenta que al sepelio asistieron decenas de amigos que ella ni siquiera conocía, que fue multitudinario. “Sergio, como persona, era muy callado, respetuoso.

Él parecía mayor en cuanto a los pensamientos porque le daba consejos a su hermano. Le decía: ‘tenemos que cambiar y hacer las cosas bien, tenemos que comprarle una casa a mi mamá’. Quería hacer sus prácticas y comenzar a trabajar. A veces me preocupaba su silencio, yo le decía: ‘Sergio, tienes que hablar, si tienes cualquier problema’. La verdad me siento tranquila, no tengo odio ni resentimientos, tengo momentos de tristeza porque ese era mi hijo. Pero ahí se me va pasando”, asegura. Me cuenta que cuando murió Sergio, la familia apenas se reponía de otra pérdida fatal.

“Su abuelo y abuelita paternos me ayudaron mucho cuando yo enviudé. El abuelito le pagaba la universidad, lo ayudaba en todas las cosas, pero hace dos meses falleció. El papá de Sergio también tuvo una muerte violenta. Nunca lo enterré porque fue víctima de desaparición forzada. Primero fue su papá, luego murió mi papá hace dos años, luego el abuelo paterno de Sergio y ahora él”, relata.

“No me miró”
Esta historia tiene un triste protagonista y dos antagonistas, todos jóvenes. Ya los presuntos asesinos están tras las rejas. “Esas personas que le hicieron esto a mi hijo me dan es tristeza. Ellos tienen que pagar, ellos acabaron con mi hijo y mi hijo tenía muchos sueños. Fuimos a la audiencia del primer capturado, el tipo se declaró culpable ante todas las pruebas. No me dio la cara. Yo lo miré todo el tiempo para ver si me daba la cara, pero nada. Ni su familia se ha pronunciado conmigo ni nada”, argumenta la mamá de Sergio Andrés.

Tal vez aquella otra frase escrita el 12 de octubre por Sergio en su Facebook, hoy sirve de consuelo para quienes lamentan su muerte. “Hay que aprender que todo en la vida es un ciclo, decir adiós es básico para crecer. Las personas son etapas y las etapas son lecciones, aunque duela toca aceptarlo”.

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Marcha

A las 9 de la mañana de hoy se concentrarán amigos y familiares, en el Reloj Público, en una marcha para rechazar el homicidio de Sergio. “No queremos que siga sucediendo esto con los jóvenes”, dice.

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