Facetas


La española enamorada de las busetas cartageneras

MARÍA CANCHO

03 de abril de 2016 05:00 AM

“!Agua, agua, agua, aguaaa…!”, el vendedor de turno acaba de subir a la buseta. Quiero comprarle una botella pero me levanto y el conductor da un frenazo, le doy un pisotón a la persona de al lado. En ese momento el Sparring me dice “mami siéntese”, mientras murmura la canción reggaetonera que desprende la radio.

Busetas cartageneras, un arte sin igual, un estilo decorativo fascinante, una música que te sumerge en un ambiente fiestero hasta el punto que no sé si estoy yendo al trabajo o de camino a la discoteca montada en una chiva.

Tras 12 años intentando implementar en la ciudad un sistema de transporte masivo organizado, rápido y libre de vendedores ambulantes, yo prefiero las busetas. Qué aburrida sería la vida con un sistema como el de por ejemplo, Alemania, donde yo vivo. Allí un marcador te indica los minutos exactos que le quedan al bus para su llegada, viene puntual ni un minuto antes ni uno después, y si se llega a dar el caso, ya habrá algún alemán poniendo el grito en el cielo. Una vez entras, no enseñas tu ticket mensual porque se presupone que allí todo el mundo es juicioso y lo compra. Así que esperas sentado tu destino y te bajas, todo en silencio, fin. Pero… ¿y el reggaetón? ¿dónde está la champeta? ¿Y mi vendedor ambulante para que le compre "agua agua agua" o gaseosa?

Todas las mañanas salgo de mi portal, levanto el brazo y a los pocos segundos aparece una. Hay que estar atenta porque puede ir volando, aunque cuando pasa por Bocagrande llegaría antes con mis piernas. La buseta me recoge en frente de mi casa: “¿A qué lado va belleza?”, pregunta el esparrin.

Una vez se detiene intento subir las escaleras, cuando aún no he pisado el segundo escalón y ya ha pegado el acelerón. Procuro agárrame a las barras para no aplastar a otro pasajero. Tras superar curvas, frenos, personas, terremotos y tornados, por fin, me siento. En un rato vendrá el chico que recoge la plata, o como dicen aquí, el esparrin o sparring (¿quién podrá saber?), que si tiene la oportunidad, te hace ojitos.

Durante cada trayecto observo las busetas, el mismo estilo pero con detalles diferentes. Estampas de dos metros de la virgen santísima, cristo, san José o san Juan apóstol, acompañados de frases tipo: Dios es Amor. Peluches con corazones, fotografías de los hijos, la madre, la abuela, el sobrino, el cuñado, lucecitas verdes parpadeantes típicas de los árboles navideños, bocina de feria, frenos que piden agonizando una pasada de aceite… Todo un espectáculo, un museo.

ORACIONES Y REGGAETÓN

Pero hay una cosa muy característica que hace parte de la ornamentación de todas y cada una de las busetas cartageneras: las bambalinas. ¿Sabrán lo que son, no? Esas telas verdes, rojas, moradas con borlones que cuelgan de la parte delantera, o trono del conductor.(Vea aquí: Sparring, un trabajo prohibido pero abiertamente aceptado).

Hay algunos que también cuelgan estas telas encima de su cabeza, es decir, en el techo formando un círculo que rodea su cabeza simulando una aureola, como si fuera la mismísima Virgen del Carmen. Y yo reflexiono y me pregunto: ¿por qué todos los conductores decoran sus carros con las mismas telas que se ponen en los pasos  o imágenes de las procesiones de semana santa? ¿Todos tienen el mismo gusto decorativo?

Así recorro el trayecto de mi casa al periódico, embriagada de tan magnífico arte popular, y si hay suerte, leyendo en una de las ventanas algún Salmo: “El Señor es mi pastor, nada me faltará, en lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me…” ¡Un momento! ¿Qué es eso? “Si necesitas reggaetón dale, sigue bailando mami no pare, acércate a mi pantalón dale, vamos a pegarnos como animales...” El Sparring, encargado de recolectar el dinero, acaba de subir el volumen de la radio y se ha puesto a bailar.

Sigo en mi fascinante mundo de busetas cuando el conductor, con su ventilador personal, grita: “¡Juancho tráete ahí un jugo, con la ñapa!”. Al llegar a mi destino no hay un botoncito que avise al conductor de que tiene que parar, aquí se usa la voz  ¡¡¡PARADA!!! El Sparring me ayuda a bajar y se despide “!Qué linda eres, hija!”. Finalmente, me bajo de la buseta reflexionando sobre el machismo y con la musiquilla de reggaetón en mi cuerpo.

PD: El otro día visité Bogotá y al montarme en una buseta grité: ¡PARADA! La gente me miró extrañada y el señor que estaba a mi lado me dijo: “Señorita, aquí utilizamos este botoncito”.(Vea aquí: Relatos de pasajeros de busetas).