La eterna compañera de Alberto

25 de marzo de 2018 12:30 AM

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Por Sofia Flórez

El Universal

Alberto Cortés tiene todo listo, llegó el momento de partir a su cita diaria. Un momento, solo falta amarrar los cordones de sus blancos y desgastados zapatos… Listo. Son las cuatro de la tarde y el sol aún brilla, así que acomoda una gorra –blanca, como sus zapatos–, cuelga en sus hombros lo que parece un bolso, pero realmente es un estuche que ocupa la mitad de su cuerpo, emprende su caminata, no sin antes de despedirse de María, la casera.

La plaza de San Pedro Claver está, como siempre, inundada de turistas, vendedores, curiosos por doquier. Cortés llega hasta ella, se acomoda entre los escalones que llevan a la iglesia, desenfunda su saxofón y sin preámbulos entona melodías de soca, paso doble y una que otra cumbia, mira a todos lados sin dejar de tocar, disfruta ver cómo los demás admiran su presentación, lo graban, toman fotos y, además de dinero, dejan alguna muestra de cariño. Solo aquí olvida su soledad, encuentra la compañía que no tiene en ningún otro lado.

–Llevo ocho años en esta plaza, ya tengo un permiso y soy conocido por todos, los turistas y la gente me aplaude, hay unos que me dejan bastante dinero, seño, hasta se toman fotos conmigo, mire que el fin de semana pasado salí hasta en la televisión. No lo va a creer, pero un día me dieron una comida que costó 50 mil pesos, era un pescado, pero bien sabrosísimo, muy maravilloso ese sabor. Me pone feliz ver cómo la gente me quiere, yo aquí soy feliz–.

Cortés demora diariamente media hora –o más– en llegar a la Plaza de San Pedro Claver, en pleno Centro Histórico. Recorrer el camino desde su casa, en el barrio Lo Amador, no le llevaría más de veinte minutos a un joven, pero los años han vuelto los pasos de Cortés lentos y sus zapatos se arrastran como si cargara un peso mayor al que su escuálido cuerpo puede soportar. No, no es el saxofón. Los tres o cuatro kilos del saxo que reposa en su espalda no representan nada, comparados con el peso de la soledad y la tristeza que ha cargado siempre.

A sus 77 años, Alberto Cortés Berrío aún desconoce por qué sus padres lo abandonaron. “Yo no conocí a mis padres, ni a mis abuelos, cuando crecí no me dieron estudio ni nada, pero yo me he defendido gracias a la música”, me refiere Alberto al terminar su primera tanda de canciones.

Aquel niño que nació un 13 de febrero en el municipio Los Córdobas (Córdoba), mucho antes de tener conciencia terminó viviendo cerca al mar, en la isla de Barú, a una hora de Cartagena, gracias a un tío que se hizo cargo de él tras su abandono, pero que ocho años más tarde también quiso deshacerse de la carga y sin mayor remordimiento lo dejó a su suerte en Cartagena.

“Mi tío me llevó a vivir a la isla de Barú, pero luego me abandonó en el Hospital Santa Clara, ya no me quería más y ahí me dejó solo”. Una vez más la vida lo golpeaba, pero afortunadamente la noticia llegó a oídos de Isabel Cortés, una de sus cuatro hermanos, quien cumpliría las veces de madre, padre, profesora y todo lo que el pequeño necesitara.

“Mi hermana me daba repasos, clases en la casa, gracias a eso aprendí a escribir un poquito y a leer, yo igual no me dejo, yo tengo libros, yo no me dejo”.

Un día cualquiera esa misma mujer que lo enseñó a decir mamá y papá, lo llevó de regreso al pueblo donde su desgracia comenzó, y allí pudo conocer la verdad que ella nunca fue capaz de decirle.

“Cuando ella me llevó al pueblo, un día me quedé viendo los pájaros frente a una casa y entonces una señora se me acercó y me preguntó: ‘¿Tú de dónde eres?’, y yo le dije de Cartagena. Ella me dijo: ‘No, tú eres de aquí, donde estás viendo los pájaros, la casa esa donde tú estás viendo los pájaros, tú naciste ahí’. Y al rato entraron como quince burros cargados de ñame y ella me preguntó: ‘¿Estás viendo eso?’, yo le dije que sí, entonces ella me dijo: ‘Eso viene de las tierras de tu papá, el dejó cuatro fincas’, y el tío mío con mis hermanos se las despilfarraron, a mí no me dieron ni colegio, ni nada”, recuerda, y llora.

Pero la vida siguió, Alberto regresó a Cartagena junto a la única figura materna que tenía, la que años más tarde también lo dejaría solo en el camino por irse junto a su esposo. Con 17 años, y sin su hermana, el Ejército fue la única opción y allí no solo encontró una familia, también descubrió su amor por la música, el mismo amor que lo mantiene vivo hasta hoy.

“Un hermano de un compañero mío del Ejército me llevó a la Base Naval y cuando yo llegué allá vi a los músicos. Me llamó la atención y me acerqué, y uno de ellos me preguntó que si yo entendía las partituras y yo dije que no, pero me gustó y quise aprender de música”.

Como un golpe de suerte, desde Bocachica, en la isla de Tierrabomba, llegó Dámaso Romero, profesor de música que no solo le inculcó su amor por los instrumentos, también le enseñó a leer partituras. “Me hice amigo de un profesor que se llamaba Dámaso Romero, de Bocachica, yo le caí en gracia y me regaló un clarinete, yo con ese clarinete andaba p’arriba y p’abajo”.

Al regresar del Ejército se encontró con la noticia de que su hermana había muerto quince días atrás. Sin nada por lo cual luchar, se fue a navegar durante diez años con la música como única compañera, aprendió a interpretar varios instrumentos, entre ellos su amado saxofón.

De regreso a tierra firme los años de abundancia se esfumaron, y sin un lugar a donde ir, acudió a un primo que casualmente residía en Cartagena, y todo resultó peor de lo imaginado, por muchos años fue víctima de abusos y maltratos.

“Me robaron una plata, la mujer del primo mío hasta me pegó, el hijo de él casi me mata con un pico de botella, ahí me atropellaron muy duro, el primo mío me decía cosas muy feas”.

Pero la música seguía al lado de Alberto y solo después de tanto sufrir supo que en ella estaba su futuro. “¿Qué tal si yo no tuviese este instrumento? Andaría durmiendo en un cartón por la calle, sucio y hediondo”, dice lamentándose. “Yo nunca hice una familia, pero tengo muchos sobrinos, aunque no cuento con ellos, ellos dicen que si me muero que me entierre el Gobierno, así me dicen en mi cara”.

Desde hace un año, Alberto Cortés vive solo en la casa de María, donde por 150 mil pesos tiene asegurado un techo. No tiene lujos, ni familia, solo dos guitarras, tres saxofones, un clarinete y la seguridad de que nadie volverá a aprovecharse de él.

“Yo me siento muy herido de mi familia porque me han maltratado mucho, aquí, en esta plaza, soy como el payaso, por dentro estoy triste, pero estoy alegrando a toda la gente, este instrumento me hace feliz. Me emociona tanto tocar el saxo, por eso vengo todos los días”, me dice mientras su voz se entrecorta y las lágrimas caen.

Ya casi son las nueve, ahora suenan las notas de un porro de Lucho Bermúdez, caen las últimas monedas en el estuche del saxofón, y Alberto Cortés finaliza su presentación, el flash del celular de un curioso se apaga y, como si se tratara de un gran esfuerzo, se sienta en el borde del escalón, asegura con delicadeza su instrumento, cuenta las ganancias del día -no fue el mejor, pero le asegurará la comida del día siguiente-. Cortés se levanta, cuelga su tenor en su espalda, y el arrastre de sus pasos permanecerá hasta llegar a su vivienda, donde solo los instrumentos lo esperan. Mentiras, si tiene suerte, también habrá una colada hecha por María.

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