Facetas


La evolución de la salud y de los hospitales en Cartagena

Desde los chamanes, pasando por el Leprocomio y el Hospital Santa Clara, hasta llegar al Centro Hospitalario Serena del Mar, así ha “crecido” la salud en nuestra ciudad.

HENRY VERGARA SAGBINI

03 de abril de 2021 08:00 AM

A pesar de que hace diez años se marchó más allá de las constelaciones, el 14 de abril de 2021, al inaugurar el centro Hospitalario Serena del Mar, todos sintieron que su entusiasta mentor, don Carlos Haimes Baruch, estuvo ahí.

Y es que este empresario cubano-colombiano, químico de la Universidad Nacional de Bogotá, será recordado por su filantropía sin límites. A él se debe, entre muchas otras obras, la Clínica de Urgencias de la Fundación Santa Fe y el Banco de Sangre de la Cruz Roja. Hoy, ante este portento arquitectónico planeado y dotado para ofrecer servicios médicos asistenciales y educativos de altísima calidad, es preciso recorrer los caminos del tiempo, haciendo honores los pioneros y a los centros hospitalarios que abrieron sus brazos humildes y sanadores en la ciudad fundada por Pedro de Heredia el 1 de junio de 1533, en un intento de valorar lo que ahora tenemos. (También le puede interesar: Fundación Santa Fe operará el Centro Hospitalario Serena del Mar)

Los primeros galenos

Los habitantes ancestrales del “nuevo continente” fueron dueños de un “vademécum” extraordinario, muy poco valorado durante la conquista y la colonia, pero que hoy reposa en pedestales de la ciencia.

En la época de la conquista, fueron muy escasos los médicos graduados que ejercieron en nuestra ciudad y, por supuesto, los chamanes y vudúes ofrecían, como aún ocurre, curas mágicas y económicas.

El fallecido médico, académico e historiador Carlos Gustavo Méndez decía que los galenos llegaban con “poquísimo bagaje académico, pues solo estudiaban las obras de Hipócrates, Galeno, Avicena y sus conocimientos teórico-prácticos de medicina y cirugía estaban casi en ayunos”. Posteriormente, arribaron otros, capaces de prevenir, diagnosticar, tratar las causas de la enfermedad y pronosticar su curso. Algunos iban más allá y les sugerían los enfermos agonizantes que se confesaran con un sacerdote católico y, para evitar guerras familiares, registraran el testamento con prudente antelación. (También le puede interesar: En marcha cronograma para reactivar obras en cinco centros de salud de Cartagena)

Luis de Soria fue el primer médico debidamente certificado que llegó a Cartagena, en octubre de 1533; años más tarde arribaron el licenciado Martín Rodríguez (1548) y Juan Méndez Nieto (1569), autor de los célebres pero incomprensibles ‘Discursos medicinales’, primer texto médico escrito en Colombia.

Los ancestros de Serena del Mar

En 1534, se ordenó, mediante Cédula Real, construir el primer hospital en Cartagena, pero haciendo honor a la tramitomanía que aún nos avasalla, tres años después se hizo realidad el modestísimo Hospital de San Sebastián, vuelto cenizas en 1552 por un incendio y parsimoniosamente restaurado en 1582.

En 1767, el hospital se trasladó de la calle de Nuestra Señora de Belén (actual calle del Coliseo), al Colegio de la Orden, situado en la calle de San Juan de Dios, junto al actual Museo Naval. Y en 1603 los Jesuitas fundaron el Hospital del Espíritu Santo para enfermos convalecientes, en el barrio de Getsemaní, al lado de la actual iglesia de San Roque.

El leprocomio de San Lázaro, construido en 1615 muy cerca del Castillo San Felipe, fue reubicado en un sector de Tierrabomba llamado Caño de Loro, albergando cientos de enfermos, pues Cartagena de Indias tenía el estigma de la “ruta histórica de la lepra” proveniente de Europa y África Occidental.

A mediados del siglo XX, el leprocomio cerró sus puertas y desde entonces los pacientes fueron recluidos en Agua de Dios, en Cundinamarca, a 60 km de Bogotá, y en Contratación, municipio de Santander.

Curiosamente, en septiembre de 1950, como medida “profiláctica”, las instalaciones de Caño de Loro fueron bombardeadas por aviones de guerra mientras las bacterias causantes del mal de Hansen se orinaban de la risa ante el despropósito del general Rojas Pinilla. (Lea también: Cuando se cae la piel...)

Réquiem por el hospital

En 1621 construyeron el Monasterio de las Hermanas Clarisas y ahí estuvieron durante 240 años hasta cuando, a finales del siglo XIX -1884-, el Estado Soberano de Bolívar ordenó transformarlo en hospital de caridad y en 1923 tomó el nombre de Hospital Santa Clara.

En el antiguo claustro se fortaleció la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena durante más de un siglo, hasta cuando, agonizante, se cayó a pedazos.

Surgieron entonces, en la década de los setenta, soñadores empedernidos como Arnold Puello, Adolfo Pareja Jiménez, apoyados, indeclinablemente, por el periódico El Universal, empeñados en construir el Hospital Universitario de Cartagena.

Con el mismo regocijo que hoy, tantos años después, produce la puesta en marcha del Centro Hospitalario Serena del Mar, inauguraron en 1975 El Universitario, pero fue invadido de inmediato por la peste de la politiquería que lo descuartizó y sepultó. Por fortuna, hace diez años resucitó milagrosamente y seguimos esperanzados en que ¡nunca más! cerrará sus puertas.

Buenos samaritanos

Y si de filantropía se trata, nos quitamos el sombrero frente al Hospital Infantil Napoleón Franco Pareja - Casa del Niño, la Maternidad Rafael Calvo y la Fundación Instituto de Rehabilitación de personas con Epilepsia - FIRE. Cartagena y la Costa Caribe tienen Impagable deuda de gratitud con el grupo de quijotes que los crearon y los sostienen contra el viento huracanado de la indiferencia estatal y la asfixiante marea de la intermediación financiera. (También le puede interesar: ¿Qué hace Cartagena ante la alta ocupación de las camas UCI?)

Epílogo

Serena del Mar es el nuevo “ángel de la guarda” que nos permitirá dormir tranquilos.

Si todo funciona como lo planearon el doctor Henry Gallardo, director general de la Fundación Santa Fe de Bogotá, y la doctora Olga Lucía Méndez, directora del Centro Hospitalario Serena del Mar, el hijo del humilde carpintero recibirá idéntico trato al dispensado nieto de Joe Biden, si es que se arriesga, con chaleco antibalas, tapabocas y frasquitos de alcohol, a pasar unas vacaciones inolvidables en las Islas del Rosario.