La historia de dos niños que superaron la drogadicción

16 de septiembre de 2018 07:00 AM

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Cubrí judiciales, sucesos, crónica roja, o como le quieran llamar, todos los días durante tres años y jamás vi nada tan duro como esto: un adicto arrastrándose en el suelo, llorando, pidiendo a su mamá. Tiene diez años.

“Todavía estoy aprendiendo a controlar mis emociones aquí”, me dice una colega y yo, que después de ver tantos muertos pensé que había aprendido, no puedo tragarme las lágrimas. Apenas atino a agachar la cabeza y a pensar algo todavía más aterrador: ese niño, que ahora se aferra a una columna y solloza, tiene el mismo color de piel y el cabello liso y negro de mi sobrino... ¿y si fuera él? No, no, no y mil veces no, apenas de imaginarlo se me revuelve el estómago y siento el frío más frío del mundo, aunque es casi mediodía.

Sigo escuchando los sollozos, levanto la cabeza y veo a los demás, otros niños que están aquí buscando controlar una “enfermedad” que nunca se cura: la drogadicción. Estamos en la Asociación Niños de Papel, en Canapote.

Ella: tan niña, tan valiente
Llegué hace poco más de dos horas para conocer a dos chicos, les llamaremos *María y *José.

María apenas cumplió quince años, a ella la vi en la puerta, cuando llegué, ahí me di cuenta de que tiene la sonrisa más bonita del mundo. Él tiene ya dieciocho, pero cualquiera que lo escuche con los ojos cerrados pensaría que cumplió treinta, es elocuente y maduro.

Ella empezó a consumir a los doce. Él a los diecisiete. Ambos lucen tranquilos: han ganado una batalla porque aceptaron que son adictos y han controlado la “enfermedad”.

María comenzó porque su papá, que es drogadicto y no quiere dejar de serlo, vivía diciéndole que ella no servía para nada, que prefería verla muerta antes que seguir viviendo bajo el mismo techo, que se largara de la casa de una buena vez y así, cualquier cantidad de barbaridades. A ella le pareció que las drogas funcionarían como un borrador para el dolor y los problemas, así que empezó con un cigarrillo, después probó el ‘creepy’, la marihuana y finalmente las pepas. Después de todo, ¿por qué no hacerlo, si a sus amigas les funcionaba?

“Me sentía muy adolorida por las palabras de mi papá, y como yo veía que las amigas mías (que son mayores que María), se iban a consumir cuando tenían problemas, un día cogí y les dije que me dieran una probadita y me amañé. Consumí durante cuatro meses”, me cuenta.

“¿Recuerdas el primer día, cuando lo probaste?”, pregunto, y ella asiente con la cabeza.

-Yo llegué muy estimulada a mi casa, como era la primera vez, no me sentía normal. Desde ahí cogí las drogas como rutina.

¿Qué sentías?
-Me sentía a veces relajada, que no le paraba bolas a mis papás, sino ahí, estimulada, con la cabeza agachada, un poco mareada. Consumía dos o tres veces a la semana.

¿Cómo consigue una pelaíta creepy? Pues los jíbaros, con tal de vender, le entregan su alma al diablo y poco les importa si arruinan la vida de una niña, y María me cuenta que la mayor del ‘bonche’ -grupo- era la encargada de comprar la droga. Para conseguir los mil o dos mil pesos de la marihuana o los $1.500 del creepy o las pepas, las niñas se inventaban cualquier cuento: le decían a los padrinos o tíos que necesitaban para las meriendas, para las tareas o para comprar una gaseosa, o robaban, en fin, nunca faltó la plata.

¿Te pillaron en la casa?
-Sí, porque mi papá también lo hace, como él sabe cómo es eso, me veía y sabía. Yo le decía que no me dijera nada, porque ese era el ejemplo que él me estaba dando, él se quedaba callado y se iba.

María probó lo suficiente para saber que la pepa te da sueño y al día siguiente amaneces “como dicen por ahí, obstinada, aburrida”; que el creepy deja los ojos rojos y la marihuana también, y para darse cuenta de que por más ‘baretos’ que se fumara, los problemas no se iban a solucionar mágicamente.

Con María pasó algo sorprendente, ella misma buscó ayuda. “Ellas (las ‘amigas’) querían que yo probara más y como no lo hice se fueron apartando de mí. Me puse a pensar un día, todo el día, y supe que los problemas no se evaden, sino que se enfrentan”. Entonces, habló con un amigo suyo que estuvo rehabilitándose, pasó una semana entera buscando una sede de la Asociación Niños de Papel y nada, hasta que encontró el camino. Fue por voluntad propia a internarse, su mamá, su amigo y la mamá de él la acompañaron. Pasó cinco meses en tratamiento, al principio, la atormentaba la ansiedad, pero ya pasó lo peor. Ganó la primera batalla.

Aunque ya se rehabilitó y volvió a casa, sabe que esta es una guerra para siempre. ¿Y su papá? Sigue consumiendo pero, gracias a la ayuda de profesionales de la Asociación y el Bienestar Familiar,  ha cambiado bastante su actitud frente a María, lo cual ha sido vital en el proceso. Ella no cree que él se rehabilite, porque ni siquiera lo intenta, pero confía en que su ‘ejemplo’ no la vuelva a arrastrar al abismo. Ojalá.

Él: el gato y la curiosidad
José es el gato al que la curiosidad mató. O, bueno, más bien lastimó. Desde siempre, él ha querido saber todo de todo, vive leyendo y antes absorbía como una esponja todo lo que leía en internet... Y como en internet dicen que drogarse es ‘cool’, entonces quiso probar. Él, como María, andaba con un grupo de amigos mayores. Ellos consumían desde marihuana hasta pepas.

“En esa curiosidad, sin cuestionar, comencé a consumir drogas. Empecé con creepy y después probé otra: el LSD, una droga semisintética que te hace alucinar, porque provoca una actividad cerebral enorme que, incluso, puede ser peligrosa”, me dice, ¿sí ven por qué digo que parece mucho mayor?

“Pues, yo, como te digo, conocía a mucha gente. A veces, sin conocer, hablaba con personas, en su mayoría universitarias. Ajá, como quien dice, para bajar el estrés de la U, acudían a las drogas. Yo estaba un día por Las Bóvedas y tenía un amigo que estaba empezando a consumir. Me dio curiosidad, no cuestioné y yo mismo pedí que me dieran, me dijeron que si estaba seguro y dije sí”. Era creepy. Eran las ocho de la noche, y ahí empezó el infierno.

Era con una pipa, al principio no sentía nada, pero la segunda fumada sí que lo golpeó: sintió que podía hacer lo que se le diera la gana, tenía una euforia incontrolable: saltaba, corría, hablaba rapidísimo, hablaba con cualquiera... mejor dicho, me volví loco -me dice-. Después, cuando eso pasó, quedó atontado, con hambre y sueño.

José ni siquiera tenía que preocuparse por conseguir plata para consumir, porque sus ‘amigos’ le compartían. Las pocas veces que tuvo que gastar dos mil pesos en droga, la consiguió facilísimo en el Centro. “Es muy, muy fácil conseguir en San Diego, en Las Bóvedas, en Getsemaní. Tú le preguntas a cualquier tipo con pinta juvenil y te vende. Es como conseguir dulces o pan, pan 24 horas”, me explica.

Primero, eran solo dos fines de semanas al mes. Después todos los fines de semana. Después, todos los días.

“Mis compañeros decían que sus mamás sabían que ellos consumían, y no les decían nada, así que yo pensé que estaba bien, que eran modernos. Yo le dije a mi mamá que me interesaba consumir. Ella me regañaba, pero al final me decía que no quería hablar de eso. Luego me decía que estaba mal y yo le decía todo lo de la marihuana, que es medicinal, que la están legalizando en algunos países, y ella no sabía qué decirme”.

La mamá de José estaba sentada a su lado y nada más faltó que yo le preguntara: Y usted, ¿cómo se dio cuenta?, para que ella se desahogara.

“Yo tenía miedo de aceptarlo. Tenía pánico. Antes de todo esto, yo pensaba que las mamás éramos unos cajeros, que tener un hijo era comprarle todo, que nunca le faltara nada, y eso hice: trabajar desde temprano para él, darle libertad, yo no podía creer que él me iba a pagar así”, me dice, mirándome a los ojos.

Ella lo veía raro. Algunos se atrevieron a insinuarle que él andaba en drogas, porque se estaba comportando raro, siempre llegaba en la madrugada y se ponía muy agresivo. Un día, lavando su ropa, se encontró un montón de marihuana entre sus pantalones y, como no sabía qué era, le preguntó a alguien en el Centro, y ese alguien le dijo que era marihuana. Ella no quiso creer. Tuvo que pasar otra vez para aceptar esta cachetada de la vida: sí, su hijo era adicto.

Después de aceptarlo y llorar horas, la madre decidió buscar ayuda. Preguntó en Turbaco por alguna institución donde rehabilitaran adolescentes, y encontró a Niños de Papel. Lo hizo silenciosamente, hasta el día que lo llevó a Canapote para comenzar el proceso. Ese día, él la maldijo hasta el cansancio y ella se devolvió para la casa con el corazón hecho añicos.

Les ha costado, pero José y su mamá han ido reconstruyendo ese corazón. Él aceptó por fin que no lo sabe todo y que internet miente. Y a ella ya no le da pena decir que se equivocó y bastante.

“Si a usted le dicen que su hijo está consumiendo, escuche, créalo, investigue, porque el amor de madre no le deja creer a uno las cosas y la bendita vergüenza moral, que no sirve para nada”, dice ella.

Ella y él
¿Y ustedes dos se conocían?
- No -responden los dos con la cabeza-.

Bueno, conózcanse. Tú, José, ¿qué le dirías a María?
-Le diría que siga como está, y que si tiene algún problema o algo te está dañando, acuérdate de todo lo que pasó. No te pongas a pensar en lo que estás viviendo actualmente, sino en lo que podría suceder gracias al cambio que tuviste. Echa para adelante.

-Y tú, ¿María?
Y María calla. Solamente le regala una sonrisa, la sonrisa más bonita del mundo.

*Nombres cambiados.

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