Facetas


La historia del chico que pasó del alcoholismo a estudiar Medicina

Esta es la historia de un chico que salió de los abismos del alcohol para ser más fuerte y descubrir que los sueños sí se cumplen: ¡pasó en Medicina en Unicartagena!

LAURA ANAYA GARRIDO

15 de agosto de 2021 08:00 AM

El paro cardiorrespiratorio que Juan* sufrió después de su primera borrachera debió ser una señal de lo que se avecinaba, pero quién lo iba a sospechar.

Entonces, Juan era solo un chico de quince años que vivía en un pueblo de los tantos de Colombia donde es “normal” que las fiestas patronales -o cualquier fin de semana- se conviertan en la excusa perfecta para que los adolescentes se inicien en el camino del alcohol. “Ese día no tuvimos clases -sus palabras traspasan su tapabocas n95, charlamos en esta mañana nublada de viernes-. Teníamos un grupo por Facebook donde todos nos hablábamos y yo tenía un amigo en particular al que le gustaba mucho tomar; yo, por hacerme notar, decidí intentarlo, probar... no sabía el perjuicio que traería ese momento para mi vida”. (Le puede interesar: ¿Tienes un familiar alcohólico y necesitas ayuda? Hay una solución)

Recuerda también que esa noche llegó “superhipermegatarde” a la casa, nunca lo había hecho. “Mis papás me preguntaron dónde estaba y yo les mentí, les dije que en casa de otro amigo, por eso no tuve ningún inconveniente”, me cuenta. Creo que “ningún” es un decir...

“Solamente tomamos cerveza -continúa-, pero soy alérgico y en ese momento no lo sabía, así que tuve un paro cardiorrespiratorio la primera vez que bebí. Yo no creía que iba a ser alérgico y seguía tomando, así que cada vez que me emborrachaba, reaccionaba de una forma diferente... si no era con alergia, se me adormecía el cuerpo, tuve diversas manifestaciones o fases”... En fin, a esa borrachera le siguió otra, otra y otra, y no importaba si era final o mitad de semana, así que todos empezaron a notar que las cosas no andaban bien, además, porque Juan empezó a bajar su gran rendimiento escolar.

“Yo lo negaba rotundamente, no aceptaba que tenía un problema hasta que llegué aquí”. Con “aquí”, se refiere a la Asociación Niños de Papel, una organización donde desde hace más de treinta años tratan a niños con problemas de adicciones, conductuales y más. Estamos en la sede de Canapote que tantas veces Juan visitó durante su rehabilitación. La primera vez fue una consulta, pero poco después debió ser internado dos veces: por el alcoholismo y porque intentó suicidarse.

El mural y los sueños

La primera vez, lo internaron luego que se escapara de Cartagena -su familia se había mudado a la ciudad para buscar mejores oportunidades- hacia el pueblo y allá lo encontraron borracho hasta un peligroso límite. Juan reconoce que no fue fácil estar encerrado, pero que esa experiencia fue el primer paso hacia su gran cambio.

“Llegué un poco desubicado. (...) No fue fácil -repite-, pero el afecto con mis compañeros y conocer sus situaciones me motivaba a decirme: mira, esa persona está más mal que tú y ve la motivación que tiene, ve cómo sigue, la sonrisa que tiene, ¿por qué no puedo hacerlo? Recuerdo mucho un mural que todas las mañanas, cuando iba por mis útiles, lo leía: ‘Cree en ti y todos tus sueños serán posibles’, decía, no se me olvida, porque lo aplico en estos momentos”.

Esa primera hospitalización terminó y Juan regresó a la casa. Todo transcurrió perfectamente durante un mes... “Pero volví a hablar con las antiguas personas (“amigos” que lo iniciaron en el alcohol) y empecé un nuevo nivel de rebeldía un poco más grotesco. Comencé a perderle de nuevo el respeto a mis papás, a discutir con ellos... ya me sentía aprisionado, sin poder salir, y mi manera de afrontarlo fue intentando quitarme la vida”, me cuenta firme.

Se tomó un insecticida. Tuvo que guerreársela en una unidad de cuidados intensivos y volver a Niños de Papel. “No pensaba en volver, porque la primera vez dije que no regresaría jamás, pero los médicos y las enfermeras de la UCI hablaron conmigo, me aconsejaron, me dijeron que yo valía mucho, y mi mamá nunca se apartó de mí, así que volví a Niños de Papel. Aquí duré casi dos meses, vine un poco más centrado, aunque desmotivado, pero con la ayuda de los profesionales me dieron valor y entender que sí tenía perspectivas para mi vida”, narra.

El día que terminó su segunda hospitalización y vio a su mamá esperándolo, Juan sintió una alegría inédita, una esperanza más grande que él y unas ganas de vivir que le desbordaban el corazón. (Lea además: Que no se apague El Faro que rehabilita vidas en El Cabrero)

Soñó en silencio

Lo primero que hizo al regresar a la casa fue hablar con sus papás y, sin comentar mucho, buscar opciones para empezar a estudiar una carrera. La verdad, quería ir haciendo las cosas en silencio y no ilusionarse mucho, ya saben, por si las cosas no salían bien.

Se inscribió para cursar en Enfermería en la Universidad de Cartagena, pero los resultados de las pruebas Icfes no le alcanzaron para destacarse entre los más de 400 jóvenes que se inscribieron, pero no se rindió.

Siguió buscando una oportunidad calladito y, gracias a una tía que se ofreció a pagarle la inscripción para otra prueba en la U de C, se presentó en Medicina, ¡y todos sabemos lo guerreados que son los cupos para estudiar esa carrera en esa universidad!

Envió una vez más los resultados de sus pruebas de Estado y una constancia del Registro Único de Víctimas que lo acredita como afectado por el conflicto interno armado del país... ¡y pudo! Cuando publicaron los resultados y se vio entre los primeros lugares de la larga lista de aspirantes, ni siquiera lo podía creer. Era tan bonito que Juan se rehusaba a creerlo y no se atrevía todavía a contarlo en la casa, así que consiguió todos los papeles para inscribirse y matricularse.

“Una tarde, le conté a mi mamá que pasé en la universidad, ella se quedó como que... no puedo creer; después, a la semana, no me tocaron más el tema, pero yo seguía con mi papeleo. (...) Llegó un momento donde necesité un acudiente y tocaba firmar ciertos documentos, así que descargué los documentos y se los puse en la mesa y le dije: ‘Regálame tu firma aquí’. Ella los leyó varias veces y se dio cuenta de que efectivamente había pasado en la Universidad de Cartagena”, recuerda un Juan feliz.

“Desde ese momento comenzaron a cambiar las cosas, ellos se llenaron de orgullo, ¡toda mi familia! ¡Todos me apoyaron y hasta el momento me ha ido muy bien!”, añade el joven que ahora tiene 18 años.

Más que un escudo

Hay varios motores en la vida de Juan ahora y uno de los más importantes es ese orgullo que despierta en su familia. “Me llena de valentía, me anima a seguir y a no darme por vencido. En la U, me ha tocado super fuerte en exposiciones, pero la carrera es linda y es más lindo ver la motivación de mis padres: se levantan temprano a llenarme el termo de agua para que me la lleve, la sombrilla... planchar el uniforme, limpiar los zapatos. Mi papá no se va a trabajar hasta que yo salga de la casa y siempre me dice: ‘Que Dios te bendiga, te cuidas mucho, pendiente con el celular y la cartera’, eso me llena el corazón”.

Y justo sobre su pecho brilla el escudo que dice: “Universidad de Cartagena. Facultad de Medicina” y debajo su nombre.

Pienso que es más que un escudo: es la reafirmación de aquello que Juan tanto leía en el mural: “Cree en ti y todos tus sueños serán posibles”.

*Nombre cambiado a solicitud de la fuente.

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