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Relatos sobre señoras dormidas (Parte 2)

Los hermanos Grimm simplificaron el cuento de La bella durmiente hasta transformarlo en la que sería la versión más difundida y la base de dos de las adaptaciones más famosas.

MARTÍN CARVAJAL CHAMORRO

22 de agosto de 2021 12:00 AM

En sus versiones más antiguas y hasta el siglo XVII, La bella durmiente tenía dos partes con dos conflictos diferentes. En la primera, una joven acababa dormida luego de pincharse el dedo y un hombre la descubría; a veces él la despertaba, a veces no, pero indefectiblemente terminaban casados o al menos comprometidos. En la segunda, alguien intentaba disolver la pareja y ese alguien usualmente era la primera esposa del “rescatador” o, en el caso del cuentista Charles Perrault, una suegra peligrosa. Sin embargo, eso cambió en el siglo XIX. (Lea aquí: Relatos sobre señoras dormidas, parte 1)

Llegan dos hermanos

El interés de Jacob y Wilhelm Grimm al publicar Cuentos de la infancia y del hogar (1812) era contribuir a la preservación del folclor alemán, por lo que solo incluyeron aquellos relatos que tuvieran algún antecedente en la cultura y la historia de su país. En esa primera edición había 86 cuentos y uno de ellos estuvo a punto de quedar por fuera: “Dornröschen” (“Rosita espinosa”), que es su versión de “La bella del bosque durmiente” de Perrault.

Los Grimm pensaron que ese cuento no tenía raíces germánicas hasta que recordaron la leyenda del guerrero Sigurd y el adormecimiento de la valquiria Brunhild, personajes de la mitología nórdica que aparecían en textos como la Saga de los volsungos y que llegaron a los pueblos germánicos (bajo los nombres de Siegfried y Brünhilde) a través del Cantar de los nibelungos, aunque vale decir que en ese texto en particular no había ninguna durmiente.

En “Dornröschen”, una rana le anuncia a una reina que tendrá una hija, lo cual alegra a la mujer, porque ella y su esposo habían estado tratando de tener un bebé. El día del nacimiento, los reyes invitan a 12 mujeres sabias (es decir, brujas) para disponerlas a favor de su hija; en el reino había 13, pero como ellas solo comían de platos dorados y únicamente había 12 de esos, decidieron no invitar a una. 11 de ellas habían entregado un don a la bebé cuando la que se quedó por fuera llegó furiosa y maldijo a la niña, condenándola a morir al pincharse con un huso en su cumpleaños número 15. La duodécima, por su parte, declaró que la princesa no moriría, sino que dormiría durante 100 años.

Y así fue. Aunque los monarcas mandaron a quemar todas las ruecas, la princesa quinceañera, llamada Rosamunda, llegó a una torre solitaria del castillo mientras sus padres no estaban y encontró a una vieja hilandera, se pinchó e inmediatamente cayó dormida. El encantamiento se extendió a todo lo que estaba en el castillo, incluso al rey y la reina cuando regresaron. Y todo es todo, los Grimm no escatimaron en la descripción de ese hechizo (ver recuadro). Alrededor del castillo comenzó a crecer un espeso follaje, lleno de espinos, que atrapaba y mataba a todos los que se internaban en él.

Pasaron los 100 años y llegó un príncipe que escuchó la leyenda de Rosamunda y de los aventureros fallidos, afirmó que no tenía miedo y se decidió a entrar al castillo.

Así como los escudos que rodeaban a Brunhild solo dejaron entrar a Sigurd porque él no tenía miedo, los espinos se convirtieron en un jardín florido cuando el príncipe caminó por ellos. Entró al palacio, se quedó deslumbrado ante la belleza de la princesa y no pudo evitar darle un beso (la primera vez que eso ocurría en la historia de este cuento), ante lo cual la muchacha despertó (no está claro si fue por eso o porque coincidió con el fin del encantamiento). Eventualmente, se casaron y vivieron felices para siempre. Todo el asunto de la segunda mujer que se interpone entre los enamorados quedó relegado a un cuento completamente distinto y poco conocido hoy en día, “La madrastra malvada”.

Pronto, esta se convirtió en la versión estándar de la historia. Los Grimm le hicieron un favor a los futuros libretistas: ahora que todo terminaba con el despertar de la princesa, era mucho más fácil fijarse únicamente en los elementos fantásticos y en las oportunidades estéticas que sugería la idea de una protagonista definida por su belleza.

A las tablas

Hubo muchos intentos de llevar a La bella durmiente al teatro musical, pero el que más trascendió fue el ballet de 1890, con libreto de Iván Vsévolozhsky, coreografía de Marius Petipa y música de Pyotr Ilyich Tchaikovsky. A pesar de que la historia también llega a su clímax con el despertar de la princesa como en los Grimm, el interés de Vsévolozhsky estaba en la versión de Perrault, puesto que el autor había sido contemporáneo de Louis XIV, el Rey Sol, famoso por su afición al fasto y a las artes. Así, el ballet fue concebido como una oportunidad para evocar el esplendor de la extinta corte francesa. (Vea aquí fragmentos de un intento de reconstrucción de la coreografía original del ballet a cargo de Alexei Ratmansky)

En esta versión, como es típico en los ballets, todo acaba centrado alrededor del matrimonio de la princesa, que se llama Aurore (“Aurora”). En el prólogo, seis hadas se presentan para bendecir a la niña el día de su bautizo, pero la que importa aquí es el Hada de las Lilas (flor que en Rusia se asociaba con la sabiduría). El hada que no fue invitada, aquí llamada Carabosse, maldice a la niña declarando que se pinchará con un huso cuando sea mayor de edad, pero la de Lilas afirma que no será así, sino que dormirá durante 100 años hasta que la despierte el beso de un príncipe.

En el Acto I, llega el día del vigésimo cumpleaños de la princesa. Todos están ocupados con sus tareas, llegan cuatro príncipes a pedir la mano de la felicitada y el maestro de ceremonias desea encarcelar a unas hilanderas que no sabían que los husos estaban prohibidos, pero los pretendientes intervienen y ellas son perdonadas. Al poco rato aparece Aurore, primorosa y muy jovial. A pesar de que baila con todos los prospectos, no tiene mayor interés en escoger novio, sino en disfrutar del festejo. Eventualmente, se fija en una de las hilanderas, quien le entrega un huso sin miramientos. Aurore baila con la aguja un rato, pero no tarda en pincharse y caer dormida. La traidora revela que es Carabosse antes de desaparecer. Todos están tristes, pero el Hada de las Lilas llega, los calma, pone a dormir al palacio entero y lo cubre con espinos.

Para el Acto II han pasado 100 años y el príncipe Désiré (“Deseado”), quien iba con su séquito de cacería por el bosque, se queda solo luego de un descanso marcado por juegos y bailes. El Hada de las Lilas y un grupo de ninfas se le aparecen. Ella le cuenta toda la historia de la bella durmiente y convoca una proyección astral de la joven a través de su magia. Désiré y Aurore se conocen, bailan juntos, juegan a las escondidas y se enamoran. Cuanto el sortilegio se termina, él sube a un bote con el hada para emprender el viaje hasta el castillo de la princesa. Al llegar, la besa y rompe el hechizo.

En el Acto III (que es el más largo), se representa la esplendorosa boda del príncipe y la princesa. A ella asisten varios personajes de los otros cuentos de Perrault, como el Gato con Botas, Caperucita y el Lobo, Cenicienta y el Príncipe Fortuné, y Pulgarcito, sus hermanos y el Ogro, así como la Gata Blanca, la princesa Florina y el Pájaro Azul, que son personajes creados por la cuentista Marie-Catherine de Barneville, baronesa de Aulnoy. Finalmente, los reyes y el Hada de las Lilas bendicen la boda y cae el telón.

A la pantalla grande

Seguramente, la versión más conocida en el mundo en este momento es La bella durmiente (1959), la cinta animada con dirección cinematográfica de Clyde Geronimi, Eric Larson, Wolfgang Reitherman y Les Clark; dirección artística de Eyvind Earle, libreto de Erdman Penner y otros y producción de Walt Disney. Si Vsévolozhsky, Petipa y Tchaikovsky estaban pensando en la corte de Louis XIV, el equipo de los estudios de animación de Disney tenía en mente las ilustraciones de la Europa medieval. Para la banda sonora, George Bruns readaptó la música del ballet. El público hispano conoció la cinta bajo tres doblajes, el de 1959 (bajo la dirección de Edmundo Santos) y los de 2001 y 2008 (dirigidos por Eduardo Giaccardi).

El cambio más destacable es que toda la acción gira alrededor de las hadas, tanto las buenas, Flora, Fauna y Primavera (“Merryweather” en el original), como la mala, Maléfica (“Maleficient” en inglés). Sus aciertos y errores son los que determinan el destino de los protagonistas y las cuatro se quedan hasta el final de la película, que termina con la muerte de Maléfica, transformada en un dragón, y el despertar de la princesa Aurora.

Otra diferencia importante es la conexión entre Aurora y el príncipe Felipe (Philip), pues aquí estaban comprometidos gracias a sus familias y, al igual que en el ballet, tienen la oportunidad de conocerse antes de su matrimonio en un bosque, aunque no saben sus verdaderas identidades. Así como en el cuento de Perrault, los libretistas aprovechan para esbozar algunas bromas sobre la impulsividad del amor entre jóvenes. Hay varios otros cambios, grandes y pequeños, pero en general se puede decir que la película toma elementos de la versión francesa, la alemana y el ballet para crear un producto que posee identidad propia. (Vea: La Bella Durmiente, película de 1959 en el doblaje del mismo año)

Coda

Hasta aquí llega la historia de las versiones y adaptaciones más significativas de La bella durmiente en su forma más tradicional. Solo resta ver qué más llegará.

El castillo duerme

En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina, quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía.

- “Dornröschen”, Cuentos de la infancia y del hogar (1812), Jacob y Wilhelm Grimm.

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