La leyenda de los ‘Mártires trastocados’

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Por María García Azuero

Especial para el universal

Recuerdan los viejos que para el Once de Noviembre de 1911, preparando a la ciudad para la celebración del Centenario de la Independencia, al Camellón de los Mártires lo restauraron dándole el realce que merecía pues ya tenía 30 años de haberse inaugurado. Había sido un paseo ancho, con unos escaños de madera, parecidos a los del Parque de Bolívar. Los cartageneros salían a caminarlo después de la caída del sol, hasta bien entrada la noche cuando regresaban a sus casas para la cena.

Ahí se congregaban las tertulias, que desde ese entonces, como ahora, tenían nombres propios: Los Tinieblos, El Clavel Rojo, El Bodegón, La Peña Pombo, etc., que llenaban de risas al atardecer, por cada apunte mordaz y picante. De una de estas tertulias salió el nombre del Corralito de Piedra. Ahora, que las había también serias, graves y severas de aquellos hombres bigotudos, estirados y circunspectos.

El Centenario

Entre risas, el fresco y el diario devenir, se acerca una fecha importantísima: El Centenario, el Once de Noviembre de 1911. ¡Cien años habían pasado ya! ¡Qué barbaridad! El Gobernador, deseoso de celebrar esta efeméride con todas las de la ley, decide tirar la casa por la ventana. Recurre a los dineros del Tesoro pero las arcas estaban un poco exiguas, y como quedó falto, acudió al entusiasmo y civismo de los jóvenes pujantes de esa época, quienes completaron la cuota necesaria para llevar a feliz término la conmemoración.

Luis Felipe Jaspe es el artífice de las reformas y restauraciones. Sus grandes colaboradores: Juan Caballero Leclerc y Pedro Malabet. Contratan y subcontratan canteras de piedra, tejares, talleres de carpintería, albañiles, pedreros, talladores, demoledores y un sinfín de trabajadores.

Para restaurar el Camellón, que ya tenía treinta años de haber sido fundado, remueven los pedestales con los bustos y los escaños de madera. Los bustos fueron llevados a un taller, donde se mandaron a bajar de sus pedestales, con el propósito de retocarlos, maquillarlos, limpiarlos y tenerlos bien presentados para este magno evento.

Luis Felipe Jaspe ya había diseñado hacía treinta años los bustos y pedestales, enviándolos al señor Felipe Moratilla, renombrado escultor español residente en Italia. Don Luis Felipe inspiró su diseño basado en los óleos que existían de los mencionados Mártires, como se anota en el “decreto del 5 de mayo de 1855, en el cual en el Artículo 4o. se solicita colocar en la sala de las sesiones del Concejo Municipal, retratos de los hombres eminentes que se expresan en el artículo segundo del decreto”.

La ciudad entera era un hervidero de correndillas y alborotos; embelleciendo, construyendo a manera de un magnífico telón de fondo, de lo que sería la ‘sala’ de Cartagena: El Parque del Centenario, el Mercado Público, el Muelle de los Pegasos, el Monumento a la Bandera, la Puerta Balmaseda, la Torre del Reloj y el Camellón.

Y resulta que, en esos momentos de tanta efervescencia y calor, a ciertos personajes les encomendaron la tarea más importante: la limpieza de los bustos y los pedestales de los Mártires. Tal era el apuro de estos hombres que al instalarlos nuevamente varios de estos bustos no fueron puestos en sus respectivos pedestales. De esto no se hace mención en el momento. Los señores callan, ya se acerca el día indicado, “¡Ahora no podemos decir nada!”.

Finalmente llega el día tan esperado: Once de Noviembre de 1911. Los protagonistas de la conmemoración son los mártires, por supuesto. Pero hay una sorpresa. Las cartageneras, con Concepción Jiménez de Araújo a la cabeza, deciden hacer un monumento gigante a quien había padecido por igual los horrores del Sitio de Morillo: la mujer.

La estatua de Noli Me Tangere, en el centro del Camellón, representa a cualquier cartagenera que, con un gesto de firmeza, mira hacia la bahía, puerta de entrada a su hogar, con el brazo extendido y la mano en alto, dice: ¡Noli Me Tangere!, ¡No me tocan más! O como el popular dicho: ¡Hasta aquí llegaron las canoas!

Citaron a las cinco de la tarde, la gente no se hizo rogar. Alrededor del Camellón había más de seis mil personas. La guardia militar presentó armas. En la muralla, dos piezas de artillería esperaban la orden para disparar 21 cañonazos; todos los asistentes bajaron la cabeza en agradecimiento a sus familiares caídos también mártires. Mártires desconocidos.

La verdad

Continúa la vida, pasan décadas, la gente se acordaba del cuento, referían la anécdota en visitas y tertulias. “¡Miércoles!”, diría el hombre tomando entre sus manos un busto: “¿Y éste quién es?”, “Bueno, eso no importa, contesta el otro; nadie se va a dar cuenta”, “¡Apúrate, ponlo ahí en ese pedestal, corre!”

Un buen día un amigo me menciona la historia oída a Donaldo Bossa y sugirió que hiciéramos una investigación a ver qué tal nos iba. Como para saber si la leyenda era cierta. ¡Figúrense! Ya teníamos redes sociales, el famoso Facebook y se acercaba el Bicentenario.

En el grupo ‘Biografías de Personajes Cartageneros’ emprendimos la investigación, varios miembros buscarían datos relacionados con la vida de los Mártires; otros, con el Museo Nacional, pudiendo encontrar solo ocho copias de los diez óleos de los Mártires; otro grupo tomó las fotografías de los bustos y pedestales en el Camellón. Debíamos establecer diferencias o semejanzas. Facciones, cabellos, vestimenta o uniforme.

Luego de cotejar el busto con el óleo, recurrimos a colacionar el busto con el pedestal. Cuando llegamos aquí, pudimos comprobar que cuatro bustos no correspondían con los pedestales. ¡Oh sorpresa! ¡Oh júbilo! La leyenda se hizo realidad. Los mártires sí habían sido instalados equivocadamente y, después de 100 años, pudimos develar el misterio. Los cuatro mártires son: Manuel Rodríguez Torices, en el pedestal de Antonio José de Ayos; Antonio José de Ayos, en el pedestal de Martín Amador; Martín Amador en el pedestal de Miguel Díaz Granados; y Miguel Díaz Granados en el pedestal de Manuel Rodríguez Torices.

Los dos óleos que hacían falta son los de Martín Amador y Antonio José de Ayos. ¿Cómo solucionamos este impasse? Por proceso de eliminación. De Juan de Dios Amador existe óleo y es hermano carnal de Martín Amador, ambos son de caras largas y graves. Antonio José de Ayos, el busto revela unas facciones de cara redonda, más bien de una persona bonachona. Esta solución y la investigación fueron claves para ser yo aceptada como miembro de la Academia de Historia.

Los descendientes de estos cuatro mártires van a poder tomarse la fotografía con el busto que les corresponde; ahora podrán buscar el parecido con sus familiares y parientes.

Finalmente podemos decir que la leyenda ¡Se hizo realidad!

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