Facetas


La masacre que desoló a la vereda Las Brisas hace 20 años

Han pasado dos décadas desde aquella mañana en que una incursión paramilitar inundó de sangre y dolor a esta vereda de San Cayetano. Hoy sus habitantes no olvidan a sus muertos y todavía esperan que el Estado les cumpla.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

08 de marzo de 2020 12:00 AM

Para cuando salió el sol, la horripilante amenaza, el voz a voz que corrió como viento entre las montañas, se habría hecho realidad. La llegada de los sanguinarios sacudió aquella mañana, la del 11 de marzo del año 2000. Era la muerte misma, otra vez hacía su nefasta aparición en los Montes de María. Desolaría todo, porque quienes no murieron abandonaron sus vidas enteras para subsistir a medias, para sobrevivir. Los paramilitares llegarían a matar.

Rumbo a ‘El tamarindo’...

Hoy, veinte años después, vamos hacia ‘El Tamarindo’. Si ese árbol hablara, narraría las alegrías bajo su sombra, pero también tendría que contar los horrores de la guerra. Desde San Cayetano, corregimiento de San Juan Nepomuceno, atravesamos un mar de colinas verdes y ocres. Vamos hacia Pela El Ojo y Las Brisas, dos pequeñas veredas conformadas por fincas. Una triste carretera destapada es la prueba más sólida del abandono del Estado, termina en la vereda Pela El Ojo. Seguir a pie por las montañas es la única opción rumbo a ‘El Tamarindo’. “Esa casa fue de Félix Barrios, uno de los campesinos dueño de estas tierras, fue una de las personas que ayudó a recoger parte de los cadáveres de las víctimas aquel día”, me explica Ariel García Ledesma, campesino. Es la única casa que queda en pie desde el año 2000, las además fueron quemadas. Es blanca y de bahareque. Está vacía. En estas montañas el ñame es el protagonista. También hay maíz y plátano, pero, en ciertos sectores, como alrededor de esta casa, en este camino, abunda la teca. Su dueño fue de los primeros en descubrir que el voz a voz terrorífico que había llegado a esas montañas, se convertía en realidad.

Era el Rey del Ñame

Abrazamos a la enorme montaña a pie, subiendo y bajando colinas. Nos topamos de frente con un recuerdo vivo: la casa de Dalmiro Rafael Barrios Lobelo, siete veces Rey del Festival del Ñame de San Cayetano, lo recuerdan como un ser alegre y honesto, del campo. La casa es solo eso, un recuerdo, porque ya no está. “En este lugar, el 11 de marzo del 2000, un grupo armado al margen de la ley sacó a mi papá de aquí, de la finca, junto a su trabajador Jorge Tovar, los llevaron a ‘El Tamarindo’ y los asesinaron. Era el mismo día del cumpleaños de mi abuela, de su mamá (...) Nunca hemos podido regresar del todo por miedo, porque no hemos tenido acompañamiento suficiente del Estado. Yo volví cinco años después, ya me encontré con el sitio irreconocible. Sentí mucha tristeza, mucha rabia, mucho dolor. Esa es una tierra muy productiva. La violencia acabó con todo eso, destruyó a la familia, nos dividió, muchos nos tuvimos que ir a diferentes ciudades. Ha sido muy duro”. Quien habla es Yojaira Barrios, hija de Dalmiro, el Rey del Ñame. Ella nos acompaña en un caballo.

Un viacrucis

“Este sitio —Ariel señala ahora hacia otro lugar vacío, dos colinas más tarde— fue de la familia Posso García. Aquí llegaron los paramilitares y los cogieron, estaba el papá y dos hijos, cuando se lo llevaron para ‘El Tamarindo’, que era donde supuestamente había un campamento guerrillero. Los Posso García decidieron no ir a ‘El Tamarindo’, ellos dijeron que no tenían por qué reunirse con ningún grupo ahí, ni con guerrilleros, ni con paramilitares, ni con el Ejército, porque ellos eran campesinos”.

“Por eso, a ellos tres los mataron aquí, en este punto”, añade Ariel, más adelante, señalando otro sector vacío, lleno de monte. Parte del sendero son arroyuelos secos. “Mire cómo se ve esta quebrada, estamos padeciendo la sequía, anteriormente, nos cuentan los abuelos, este punto era una reserva de agua que permanecía en verano, pero hoy en día no tenemos ni una gota en este sector, sentimos que este cultivo de teca, pensamos nosotros, absorbe el agua, mire cómo quedan los arroyos”, sostienen. La ruta hacia ‘El Tamarindo’ empieza a parecer un viacrucis, lo entiendo pronto, una vez fueron apareciendo las ‘estaciones’, recuerdos dolorosos. Es casi el mismo sendero por donde desfilaron los paramilitares atrapando a sus víctimas, como los Posso y como Dalmiro y Jorge.

Otra casa fantasma

A varios metros, ya a más de hora y media de camino, el fantasma de otra casa aparece. Era “la vivienda de mi familia, de mi papá, mi mamá y mis dos hermanos. En vista de que empezamos a ver grupos armados azotando la zona, mi mamá decidió salir y quedamos acá los hombres. Ese 11 de marzo nos fuimos para el pueblo, mi viejo (papá) no quiso salir. Cuando ya los paramilitares llegaron, él estaba por aquí adelante, se había ido a la casa de un vecino, cuando lo cogieron, lo sacaron, se lo llevaron y lo asesinaron por allá, por un corregimiento que llaman La Haya”. Es la voz de Adolfo Castellanos Caro, otro campesino, la que se escucha entre el silencio de las montañas: “Nunca hemos tenido una verdadera versión de por qué asesinaron a mi papá. Si era porque la guerrilla habitaba en la vereda, tenemos que ser consientes de que la guerrilla estuvo en el país entero, no era la manera de ellos (los paramilitares) de hacerle frente a la situación, acabar con el campesinado, sufrimos mucho por eso. Yo regresé aquí después de 15 años, no fue fácil, no encontré nada, incluso la casa la quemaron, no había ni siquiera dónde alojarme”, narra. Ya en ese punto habíamos visto colinas arropadas por cenizas grises y negras, y otras llenas de surcos para el cultivo. “Hace aproximadamente 50 años hemos seguido esa costumbre, el terreno uno lo quema controladamente para resembrar el ñame. Los grupos —paramilitares— decían que estos eran unos campamentos guerrilleros, que era para enviar señales a los guerrilleros o delinquir, pero eso no era así”, señalan los campesinos.

El punto final

Tras dos horas de camino, ahí lo encontramos, plantado sobre una colina de monte seco. Algunas de sus ramas reverdecen y otras se ven muertas. Hay vida y muerte en aquel árbol. Alrededor de ‘El Tamarindo’ sucedería una de las escenas más horrorosas de Los Montes de María, de Bolívar y de Colombia, la no tan conocida masacre de Las Brisas: el 11 de marzo de 2000. El árbol de tamarindo solía ser un sitio especial para todos los campesinos, “siempre se mantuvo una vivienda junto a él, con cualquier familia, en época de Semana Santa se hacían eventos culturales, era el sitio de encuentro” de las veredas Las Brisas, Pela el Ojo y La Haya. Pero ese día se transformó en un sitio de muerte. “Hoy estamos recordando lo que hace 20 años marcó la vida de nosotros, fueron asesinados 12 campesinos de Las Brisas. El Rey del Ñame, Dalmiro Barrios, fue una de las víctimas; su compañero, Jorge Tovar Pérez; el señor Joaquín Fernando Posso Ortega, sus hijos José Joaquín y Alfredo Luis Posso García; mis hermanos, Rafael, José del Rosario y Gabriel Mercado García; mi primo Manuel Guillermo Yépez Mercado y mi sobrino Wilfrido Mercado Tapia. El señor Pedro Castellanos Culen, allá en La Haya, y este otro señor, Alexis Rojas Cantillo. Este lugar fue a donde trajeron a la mayoría de los campesinos, no a todos, a matarlos”, recuerda el campesino Julio Mercado García, recostado al mismo tamarindo, con tristeza en su voz. Las víctimas sufrieron la crueldad paramilitar, a algunos les dispararon, a otros los degollaron, los torturaron de formas tan macabras que sus familias prefieren no recordar ya.

“No eran guerrilleros”

Ese comienzo de año una ‘ruta de horror’ paramilitar causó muerte y terror en los Montes de María, entre febrero y marzo de 2000. Primero masacraron a 61 personas y desplazaron a otras 4.000 en El Salado, corregimiento de El Carmen de Bolívar; luego desplazaron al menos a mil personas en el corregimiento de Mampuján, en Marialabaja, con la amenaza de que, si no se iban, allí pasaría lo mismo que en El Salado. Sucedió el 10 de marzo en la noche, justo un día antes de hacer su sangrienta incursión en Las Brisas. Al día siguiente, 150 paramilitares llegaron a desolar todo en Las Brisas.

“A nosotros nos avisó un mampujanero, que saliéramos huyendo porque las autodefensas estaban en Mampuján —amenazando a la gente—, y dijeron que venían para Las Brisas. Mataron a mi hermano, Manuel Guillermo Yépez Mercado. No se sabe por qué lo mataron porque él era trabajador como lo soy yo, en el monte. Lo extraño mucho, era muy compañero, nos contábamos todo, a veces voy por ahí como sonámbulo acordándome de eso”, aún se pregunta el campesino Joaquín Yépez Mercado. “Recuerdo que sonaron tres disparos y luego tres disparos más, volteamos a ver para acá (hacia ‘El Tamarindo’) y ya las casas estaban prendidas. Nosotros nos fuimos, corriendo, rompiendo monte, de esa manera nos salvamos. Conmigo había 29 personas en el monte, ahí amanecimos, esos tipos iban detrás de nosotros”, sostiene.

“(Los paramilitares) venían con dirección a ‘El Tamarindo’, porque supuestamente era un punto de entrenamiento de la guerrilla, cosa que no era así. Era un sitio de recreación. Nueve de los muertos eran familiares míos”, comentaba Ariel, minutos antes. Las 12 víctimas no eran guerrilleros sino campesinos inocentes de la vereda Las Brisas, que quedaron en medio del conflicto. “Al llegar, los paramilitares se dieron cuenta de que no había ningún campamento guerrillero, aún así mataron a los 12 campesinos”, dicen sus familiares y se reconoce en una sentencia de Justicia y Paz. En el año 2010, por estos hechos fueron condenados Uber Banquez, ‘alias Juancho Dique’, y Edward Cobos, alias ‘Diego Vecino’.

Después de la masacre

Tomás, el papá del Rey del Ñame, agarró un caballo y él mismo cargó a su hijo y a Jorge Tovar, su trabajador, al lado y lado de la bestia, para sacar los cadáveres de la vereda. La muerte de su hijo es algo que no ha podido superar, ni con todos los tratamientos sicológicos recibidos en veinte años. Otras personas como Félix Barrios, aquel campesino cuya casa blanca encontramos al comienzo del camino, también ayudaron a sacar los cuerpos.

Las cerca de 43 familias que habitaban las zona huyeron por miedo. Tardaron 4, 5, 6, 7, 8 y hasta 15 años en volver. Algunas tuvieron que vender sus tierras, tierras en las que luego sembraron cultivos de teca. Hay quienes han vuelto pero temen pasar la noche en las fincas, aunque se dicen que la vereda es segura. “Entre 2004 y 2005 retornaron algunas personas. Sin ninguna clase de acompañamiento, sin ayuda del Gobierno ni de Alcaldía, ni de nada. Usted hizo un recorrido y se puede dar cuenta si en toda la zona de Las Brisas o Pela El Ojo hay algo construido por el Estado, no. No tenemos viviendas, no tenemos vía, no tenemos un tanque de almacenamiento de agua. Usted se dio cuenta cómo están las quebradas totalmente secas, no tenemos de dónde tomar agua, ni para humanos ni para los animales”, esgrime Ariel. Aunque las víctimas de desplazamiento fueron resarcidas económicamente, siguen esperando que el Estado les cumpla.

“Aquí cada familia tenía su vivienda, hoy hay 35 familias retornadas voluntariamente, sin acompañamiento del Estado, y no hay ni diez viviendas. En 2014, la Unidad de Víctimas aprobó un proyecto de 34 viviendas para la zona, se ha cumplido en otras veredas, pero aquí no. No las hacen porque no hay una vía por donde penetrar los materiales, los proyectos productivos no llegan porque no hay vía. Entonces, dentro de la sentencia de Justicia y Paz hay unos exhortos (órdenes) que no se han cumplido como son un centro de acopio y un camión para sacar los productos del campo”, asegura Ariel. “Aquí, hace veinte años sucedió algo que la mayor parte del país no lo reconoció, ni lo reconoce muy bien, porque se dio una sentencia por Justicia y Paz, pero las víctimas de Las Brisas (en principio) no fueron reconocidas, reconocieron fue a Mampuján y San Cayetano, debido a que los paramilitares entraron fue por Mampuján, se desplazaron de Mampuján, pero los hechos todos ocurrieron fue en la vereda Las Brisas. Aquí la Fiscalía no llegaba, ni ha llegado”, señala.

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En 40 años de conflicto en Colombia, los paramilitares fueron responsables al menos 21.000 asesinatos y más de mil masacres, entre ellas la de Las Brisas, donde la vida, ni los cultivos, ni el campo han vuelto a ser los mismos. Aún así, hay mucha esperanza, la he visto con mis propios ojos en todo el camino hacia ‘El Tamarindo’, en el mismo campo, en los ojos, en los rostros, en los relatos de las 10 personas que nos guiaron a pie y a caballo por los senderos montañosos, son mujeres y hombres llenos de optimismo, luchadores. “‘El Tamarindo’ es un símbolo donde siempre que tenemos la oportunidad nos reencontramos, fue el primer lugar de reencuentro que tuvimos después de la masacre, pienso que ese punto es importante para nosotros, después de la masacre, árbol intentó como morirse, se murió prácticamente, pero después revivió, empezó a florecer. La verdad, respeto mucho y admiro a la gente que ha vuelto, no es fácil”, añade Yojaira. El árbol de tamarindo representa aquella época fecunda, en que solía haber felicidad y prosperidad. Pero, en este momento, viéndolo así, de cerca, a medio florecer y con ramas secas... creo que representa a toda la zona misma, una que quiere volver a vivir y otra que sigue algo muerta, no ha podido y quizá nunca podrá reponerse, pero hay vida... mucha más vida que muerte en ‘El Tamarindo’.

Restituidas
Según la Unidad de Restitución de Tierras, en Las Brisas se han restituido 245 hectáreas, beneficiando a 13 familias víctimas de despojo y desplazamiento forzado. Además han invertido $320 millones en la implementación de proyectos productivos. En noviembre de 2019 “la Unidad para las Víctimas desarrolló un abordaje comunitario con miras a la realización del ajuste de acciones del plan de Retornos y Reubicaciones de Las Brisas. Las comunidades manifestaron necesidades con respecto a servicios públicos, educación, vías de acceso, salud, entre otros”. Sus peticiones deben ser aprobadas en el Comité Técnico de Justicia Transicional.