La muerte del pavo

La muerte del pavo
//Ilustración emmanuel vidal.

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El pavo parecía saber que sería sacrificado. Mamá lo dejó corretear bajo el sol del patio y me pidió una pequeña piedra. Yo escogí una redonda y pulida. Y mamá, con una puntería proverbial, la lanzó sobre el pescuezo del pavo bullicioso que se encrespaba con la sola voz nuestra, o cuando colgábamos la toalla mojada en el alambre del patio. El pavo se espantó adolorido y mamá lo alcanzó en cinco saltos. Con la misma mano con que nos acariciaba en las noches de infancia, y con las mismas manos con que tejía manteles y mortajas, le dobló sin más vueltas el pescuezo, a aquel pavo grande y desconfiado, que nos perseguía a todos en el patio. Solo escuché el traquear de los huesos. No pude ver la escena. Nunca pude reponerme al ver la sangre de nadie, y mucho menos, la sangre de un pavo.

Entonces mamá dijo: “Escondan las plumas. Que Emiro no sepa que hemos matado al pavo”. El tío Emiro no comía en casa cada vez que sacrificaban un animal. Había conservado el miedo pueril de haber visto alguna vez una gallina persiguiendo una cucaracha, y desde entonces, desistió de comer las aves del gallinero. Todo parecía normal hasta allí. Pero antes de que llegara el tío Emiro, ocurrió lo sobrenatural. El tío Alberto Guerra, que había estudiado ilusionismo, se quedó mirando al pavo y lo hizo levantar del mesón de la cocina, así desnudo, sin plumas, sacrificado, y lo hizo saltar de la ponchera que ya contenía algunas de sus tripas. El pavo sacudió su cabeza pelada y dio pisadas inciertas sobre las salpicaduras de su propia sangre. Nos miró con aquellos ojos negrísimos, con aquellos párpados arrugados, tristísimos, con esa luz flotante que tienen los que regresan de la muerte, e intentó sacudir las plumas invisibles. Algo de compasión había en aquella mirada del pavo, algo de reclamo silencioso, por haberlo despojado de la felicidad de su último diciembre. Emiro Guerra entró sin ver al pavo y preguntó qué había de almuerzo, y el pavo se quedó quieto, paralizado, en un lado de la cocina, casi rozando los zapatos de tío, pero la voz que salió de los labios de mamá fue tan irreal, que solo alcanzó a decir: “Algo muy rico que te gusta, Emiro”. Pero no alcanzó a ver las plumas amontonadas, cuando dijo: “Me guardan, porque voy a comer donde Luzma, que ha preparado un mote de guandul”. Un mote de guandul en diciembre era una verdadera sorpresa, anticipada de los manjares de Semana Santa y de los días festivos en la familia. Emiro salió como si nada, y el pavo volvió a su realidad. Su pescuezo doblado sobre el mesón y los ojos entreabiertos, ya sin luz, resignado a su propia muerte. Ahora, desnudo y abandonado en su muerte, mamá le pasó un mechón de papel encendido, para quemar las pequeñas sombras de plumas. El olor de la piel quemada del pavo ascendió por la cocina y quedó rondando en la casa.

Aquella escena irreal se volvió natural en casa en cada sacrificio de pavos en diciembre. Y siempre le pedíamos a tío Alberto que repitiera la escena y nos ilusionara por un instante en la resurrección del pavo. La magia en casa fue asunto cotidiano, porque papá, que también había estudiado magia, solía conjurar la pobreza con trucos de ilusión. Nos hizo felices a todos con sus juegos de papel. La magia le llevó siempre la delantera a la pobreza. No recuerdo ningún juguete metálico ni eléctrico, sino un enorme camión de madera pulido y pintado con colores de fiesta. Las llantas de aquel camión, que al principio eran de tapas de Mentolín, fueron cambiadas por llantas de madera forjadas con la paciencia de papá y la asesoría del viejo Ricardo Muskus y su esposa Selenia.

Diciembre era el mes de las sorpresas. Los regalos los llamábamos “cuelga”. Mamá decía: “Tengo una cuelga para ti”. Ya uno sabía que se trataba de una sorpresa, de un regalo que nos entregaba envuelto en papel plateado o dorado. A falta de aguinaldos comunes, mamá siempre tuvo una camisa cosida por ella misma para cada uno de nosotros, un par de zapatos que compraba donde Emiro Sierra, uno de los dobles de papá en Sahagún. Y la sorpresa de diciembre, era siempre, la armónica y unos xilófonos que llenaban la casa de música. Todos mis hermanos aprendieron a tocar la armónica y el xilófono. Papá nos había estremecido de alegría con unos hombrecitos de papel de cigarrillo, que él mismo hacía y los ponía en movimiento con unas gotas de agua. Nos llenaba la casa con pájaros de papel periódico que aleteaban en sus manos, y gusanos de colores que al descender de sus manos eran como un arco iris.

Pero la historia de los dobles de papá, otro cuento para otra crónica, se hacía más común para estos últimos días de diciembre. Emiro Sierra, el propietario del almacén de zapatos en Sahagún, era muy parecido a mi papá. El papá de Andrés Elías Flórez Brum, propietario de Foto Flórez, era otro doble de papá. Eran tres personas distintas, los tres de baja estatura, usaban reloj de leontina, pañuelos perfumados, se peinaban con gomina, con el cabello negro hacia atrás, como Lucho Bermúdez, otro doble de papá. Tenían idéntica montura de gafas, siempre oscuras. Mi padre no podía salir a la plaza de Sahagún, cuando alguien le preguntaba: Señor Flórez, ¿cuándo me tiene lista la foto? Y mi papá respondía sonriente: Soy Honorio Tatis. Y otra persona, lo confundía con Emiro Sierra: “Emiro, ¿cuándo te llegan los zapatos con carramplones?”. Pero también a ellos, los confundían con papá: “Honorio, ¿cuándo me recibes en el juzgado? Los tres caminaban lentos, eran amigos, y se reían cada vez que los confundían. Emiro y el señor Flórez, no daban abasto, con tanta gente comprando zapatos en diciembre y solicitando sus servicios como fotógrafo de agüita.

Lo peor que podía ocurrir un veinticuatro o treinta y uno de diciembre era una visita impertinente, como la de un extraño que venía a cobrar algo que nosotros no debíamos. Mamá adivinaba las imprudencias en el zumbido de los abejorros. Y detectaba cuando alguien venía con una historia triste a casa. Siempre espantaba cualquier tristeza con aguas de azahar, de las flores del limonero y del naranjal, guardados en alcohol, o el agua de azahar sin alcohol para las chichas de maíz. La llegada imprudente de alguien, estaba resuelta con un plato de comida en la nevera. Y si el imprudente no llegaba, la comida servía para el otro día. El imprudente tenía cara de venir de lejos, arrastrando una pobreza de generaciones anteriores, y mamá comprendía con su solo silencio, que el extraño tenía hambre. Así que el pavo reservado para la última noche, era compartido con el extraño. Mamá metía en una bolsa de papel algunos trozos de pavo para el forastero.

Tío Alberto hizo una travesura inolvidable con un imprudente que llegó en diciembre. En su arte del ilusionismo, hizo lo suyo: metió al hombrecito de mal agüero, en una cajetilla de fósforos, y lo dejó largo rato hasta que el tipo gritó: “¡Ey, sáquenme de aquí!”. El tipo estaba sentado, sudoroso en una mariapalito y tío lo había hecho sentir encerrado en una cajetilla de fósforos. Santo remedio para que no se le ocurriera llegar sin avisar.

Ahora, frente a aquel pavo, mamá había pedido a todos nosotros, a sus siete hijos, que le diéramos gracias a Dios por el pavo de nochebuena. Papá decía que ella era la maga, capaz de convertir cualquier escasez en abundancia. Ella siempre ha tenido la gracia de poner un tomate en la soledad del arroz y hacer un manjar de lentejas junto a la orfandad de un platanito. Y sorprendernos con el arroz apastelado de pollo de cada diciembre, o el dulce rosado y blanco con uvas pasas, que hace en cada cumpleaños.

Yo estaba pensando en la vida corta del pavo entre nosotros, en la manera poco amable y agresiva como lo tratábamos cada vez que nos acercábamos a él. En la forma cómo se erizaba con nuestra voz de trueno o cuando sacudíamos la toalla mojada. Pensaba también en cómo haría Dios para sacrificar un pavo sin que él se diera cuenta, tan sólo para que pudiéramos lamer sus restos sin remordimiento.

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