La Popa y La Candelaria, la historia tras una devoción

26 de julio de 2020 12:00 AM
La Popa y La Candelaria, la historia tras una devoción
Cerro de La Popa, en Cartagena.

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Por: Manuel Serrano García*/Especial para El Universal

Desde su construcción, el Convento de La Popa ha sido el faro de la devoción cartagenera. Su visión desde el Caribe con el blanco resplandeciente de sus muros aliviaba a los marinos que tras un largo trayecto sentían la cercana protección de la bahía. Pero también fue el alivio de su población que, desde el llano de la ciudad, levantaba sus ojos buscando la luz salvadora que no solo reflejaban sus muros sino la imagen de Nuestra Señora de la Candelaria que resplandecía desde el interior.

La historia de la construcción del convento desde el primitivo santuario pagano hasta la conversión en santuario agustino es bien conocida, de igual manera que las leyendas en torno a la imagen titular del templo. Sin embargo, hoy me interesa hablar de su historia como muralla espiritual de la ciudad. Cartagena es bien conocida por sus murallas, las cuales en gran parte se han mantenido frente al ataque del mar y aún el más feroz de los distintos avatares políticos; cuya contundencia asombra a propios y foráneos. No obstante, además de sus murallas, la defensa de la ciudad para el cartagenero tanto del periodo colonial como republicano recaía en la devoción y confianza puesta en su principal valedora: la Virgen la de Candelaria. Por ella se defendía la ciudad de las tempestades, de los ataques de piratas y de las naciones extranjeras, pero sobre todo se le atribuía la ayuda frente al principal peligro en tiempos pasados (y presentes): las epidemias.

La Candelaria, es una advocación mariana que se extendió por todo el territorio americano de la mano de los agustinos recoletos dando lugar a importantes centros devocionales, incluso a presidir el patronazgo sobre distintas ciudades, tanto americanas como españolas.

La Candelaria, es una advocación mariana que se extendió por todo el territorio americano de la mano de los agustinos recoletos dando lugar a importantes centros devocionales.

Los agustinos recoletos o descalzos, rama reformada de la orden de San Agustín, llegaron a la ciudad en los primeros años del siglo XVII. Así pues, decidieron fundar un nuevo establecimiento religioso sobre el cerro de La Popa. No obstante, no lo tuvieron fácil dada la cantidad de conventos existentes ya en la ciudad y uno propio de la rama calzada (Edificio de la actual Universidad). Aun así, contaron con el apoyo de las autoridades eclesiásticas y civiles, más el de la población de la ciudad a la que rápidamente se ganaron los frailes, gozando desde entonces con gran fervor entre el pueblo. La fama de los agustinos y de la Virgen de la Candelaria prendieron desde el primer momento entre el pueblo cartagenero y entre los marineros que arribaban a la ciudad no faltando nunca los que subían al cerro para dar gracias por feliz final del trayecto.

A pesar de la oposición de los agustinos calzados a la fundación y de la propia Corona, el convento inició su construcción al calor de la devoción popular, que encontró en el ejemplo de los frailes el consuelo espiritual y en la intercesión de la Virgen, el apaciguamiento de sus males. De forma que la virgen de la Candelaria terminó por convertirse en la protectora de la ciudad, una devoción que creció especialmente en los momentos de mayores dificultades.

Así pues, el periodo de 1616-1620 fue duro para Cartagena, la provincia había sido asolada por una plaga de langosta, lo que había producido irreparables pérdidas en cosechas con sus consecuentes periodos de hambre y carestía. Además, se extendieron varias pestes o epidemias de viruela y sarampión, que causaron, entre otras, la muerte de más de dos mil esclavos. Asimismo, el acoso de los piratas sobre el abastecimiento de la ciudad no ayudó a la recuperación económica, pues llegado el año de 1620 la dureza de la crisis se expresaba en el abandono de 120 casas. No solo se vieron perjudicados los habitantes sino también los conventos y hospitales que con la reducción de limosnas y misas comenzaron a pasar estrecheces. Sin embargo, durante esta situación de calamidad Los agustinos de la Popa lograron terminar su convento, conseguir la aprobación real y vencer las reticencias de sus hermanos calzados, sin duda todo ello fue favorecido por la extensión de la devoción a La Candelaria, hasta convertirse en el asidero espiritual de los cartageneros en tiempos de calamidad.

Una de las principales características de la devoción a la Virgen de la Candelaria es que abarcó a toda la población, una devoción aglutinadora en un momento en que la diversidad racial y social era muy fuerte. Desde marineros que solo pasaban por la ciudad, hasta la élite social tanto criolla como peninsular, pero sobre todo los más populares y entre ellos la importante población negra, vieron en la Virgen de la Candelaria una protectora e intercesora que los protegía frente a las adversidades. La fama de virgen milagrera incluso desbordó los límites de la ciudad hasta irradiar su fervor por todo el área Caribe.

No obstante, el principal espaldarazo a su devoción se produjo en un nuevo contexto de epidemia. Así pues, en 1650 se desató otra epidemia, en este caso de fiebre amarilla, que azotaría nuevamente con fuerza a la ciudad. La enfermedad golpeó duramente a la población más desprotegida que vivía en el barrio de Getsemaní, aunque se extendió por toda Cartagena afectando a la mayor parte de su población. Las rogativas, penitencias y oraciones de la población se hicieron frecuentes; en una época donde se pensaba que todo acontecimiento tenía un origen divino, se hacía indispensable dirigirse a la divinidad para que alejara lo que había permitido que se produjera. La mejor manera que encontró la población para realizar tal rogativa era acercarse a la que se veía como la madre protectora de la ciudad, aquella que en otras ocasiones también había intercedido.

Pasados los meses, la enfermedad comenzó a remitir, en lo que se los fieles decían ver la obra de la Virgen de la Candelaria y de sus hijos agustinos que habían actuado durante la epidemia de manera edificante mediante rogativas, procesiones y penitencias. Los padres agustinos habían bajado la virgen a la ciudad en procesión, donde se vivieron momentos de gran fervor religioso con tanta afluencia de público que el retorno al santuario tuvo que ser retrasado al día siguiente. En consecuencia, el propio cabildo de la ciudad, compuesto por la élite social de Cartagena, decidió mostrar su más pleno apoyo a la comunidad cuyo asentamiento en el cerro de La Popa había sido cuestionado por la Corona.

Una vez superada la epidemia, el 28 de diciembre de 1651, el cabildo de la ciudad, con su gobernador al frente, tomó oficialmente como intercesora a la Virgen de la Candelaria, lo que vendría a confirmar el patronazgo de la Virgen sobre Cartagena, oficializando de esta manera un sentimiento extendido por sus habitantes desde años atrás.

El gobernador era Fernando de la Riva Agüero quien había llegado a Cartagena tan solo unos meses antes, lo que nos indica que rápidamente se percató de la devoción que se le profesaba al santuario de La Popa. El cabildo declaró ese día fiesta solemne mediante un voto de acción de gracias que debía oficiarse todos los años, lo que unido a las fiestas que se celebraban el 2 de febrero, Fiesta de la Candelaria, convertiría a la Popa, con su devoción y fiestas, en el verdadero punto en común de la ciudad.

De modo que la Virgen de la Candelaria lleva ejerciendo 369 años su patronazgo sobre la ciudad y los muros blancos de convento siguen reflejando la luz sobre la bahía. Todavía hay quienes sienten que desde su interior se sigue irradiando una luz de esperanza a miles de cartageneros de toda condición, que generación tras generación han encontrado asilo en la cima del cerro que corona la ciudad.

*Doctor en historia.

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