La profesora que se fue de Cartagena a la Antártida

18 de febrero de 2018 12:15 AM

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Recuerdas la primera vez que cumpliste un sueño, alcanzaste una meta o simplemente hiciste algo que hace mucho anhelabas? Seguro sentiste alegría, euforia, le agradeciste al universo, solo por decir algo. Ahora imagina: ¿cómo sería repetir ese momento?

“Ir a la Antártida es el sueño de todo biólogo, haber ido la primera vez fue para mí una felicidad incomparable -ella respira profundo-. Ir por segunda vez es realmente una bendición, me siento doblemente bendecida”, me dice Rosa Acevedo Barrios sin dejar de sonreír antes de partir hacia la Antártida -el continente más austral de la tierra- y sumarse por segunda vez a la ‘Almirante Tono’, una expedición de la que pocos pueden hacer parte.

Desde el 2014, gracias a la Comisión Colombiana del Océano, nuestro país ha podido investigar en el gélido continente. De las cuatro expediciones que se han realizado hasta ahora, Rosa tuvo el privilegio de asistir a la tercera, y está a solo unos días de cumplir su hazaña y embarcarse en este sueño por segunda vez, todo gracias a su proyecto sobre unos microorganismos llamados Tardígrados, que viene desarrollando con la Universidad Tecnológica de Bolívar –la única de la Costa que ha estado en tres expediciones-.

Ese privilegio es algo que Rosa ha sabido ganarse a pulso, siendo fiel a sus convicciones, pero sobre todo gracias al amor por lo que hace. “Hay personas que ven su trabajo como una carga, yo soy feliz, porque hago lo que me apasiona”, quizá por eso no le importa tener que subir y bajar los mismos 104 escalones diariamente -a veces más de dos veces- para cumplir con sus labores como investigadora y docente o, más difícil aún, repartir el tiempo entre su hijo, la familia, su trabajo y el doctorado.

Rosa es bióloga de la Universidad del Atlántico, Magister en Microbiología de la Universidad de La Habana y candidata a Doctora en Toxicología Ambiental de la Universidad de Cartagena. Lleva 16 años como docente, nueve de ellos en la Universidad Tecnológica de Bolívar, los mismos que tiene el pequeño Emanuel, su hijo.

Pero antes de estar rodeada de microscopios y pipetas, en el barrio La Concepción de su natal Corozal (Sucre), con solo año y medio de nacida, Rosita -como algunos la llaman- perseguía las hormigas en el patio de su casa, absorta ante ese ejército de seres diminutos, refiere su padre Jesús Acevedo, quien se deleitaba observándola.

Luego ya no fueron hormigas, entre más pasaban los años Rosa disfrutaba  salir a rescatar palomas o cualquier animal herido, amaba la naturaleza, el colorido y la diversidad de las plantas. Y así es como empezó a despertarse en ella un espíritu inquieto, tenía ganas de hallarle un sentido a las cosas, de entender lo que ocurría a su alrededor.

Todos en la familia pensaron que sería veterinaria, y casi aciertan, pero no. A sus cortos 15 años, ya Rosa sabía cuál sería el camino de su vida.

“Mis papás pensaron que yo iba a ser veterinaria pero se equivocaron, me incliné por la biología, siempre tuve muy claro que quería ser bióloga, era mi única opción. Cuando me gradué del colegio solo me interesé por las universidades que tuvieran esa carrera, era eso o no nada”, me cuenta con un tono dulcemente autoritario.

¿Bogotá o Barranquilla? Ganó la Costa y a los 17 años Rosa dejó Corozal para estudiar Biología en la Universidad del Atlántico. El 17 de abril de 1999 se graduaba del pregrado, el primer 17 del año siguiente estaba en La Habana iniciando su maestría en microbiología, que dos años más tarde, coincidencialmente un 17, culminó exitosamente.

De vuelta a Colombia, aterrizó en Cartagena gracias a su hermano Jorge Acevedo, él la persuadió de quedarse y desde entonces su vida profesional ha girado en torno al mundo microscópico, ese del que poca gente se percata, pero que es más importante de lo que  uno espera, colmado de esos seres imperceptibles al ojo humano, que Rosa lleva años estudiando. Al parecer, tienen capacidades biomédicas, además, de ellos podría depender nuestro futuro en otros planetas.

“Los tardígrados pueden durar congelados hasta 110 años, vivir sin oxígeno hasta 15 días, se consideran un buen modelo para estudiar el traslado de especies fuera del planeta tierra. En el tiempo que están dormidos no envejecen, pueden ser usados también en medicina ‘antiedad’ ”.

Pero, ¿por qué recorrer más de diez mil kilómetros para estudiar esos seres si acá también existen? Resulta que los de la Antártida son especiales, o al menos eso siento cuando Rosa habla con tanto amor de sus propiedades. “La gente lo desconoce, pero la Antártida es un ecosistema estratégico mundial, lo que pasa allí repercute en todas las partes del planeta, los tardígrados que hallamos allá son diferentes porque hay mayor radiación y las condiciones ambientales son extremas, y aun así ellos sobreviven”.

En la Antártida, podríamos morir en menos de 10 minutos de hipotermia, por eso Rosa se ha preparado de forma especial en cuanto a salud, ha pasado por más exámenes médicos este último año que en toda su vida, sus maletas van cargadas de ropa y equipamientos necesarios para el frío.
“No es tan fácil como la gente cree, de cierto modo exponemos nuestras vidas al ir hasta allá, pero todos esos riesgos valen la pena”.

***
La entrevista con Rosa fue una semana antes de su travesía. El miércoles pasado Rosa se fue hacia Punta Arenas, Chile, donde la esperaba el buque español ‘Bio Hespérides’, que será su hogar durante los 32 días que estará en el continente blanco.

-Ya cumpliste el sueño de ir a la Antártida dos veces, ¿tienes un nuevo sueño por cumplir?  –le pregunto antes de despedirme-.
¡Trabajar en la Nasa!  –me dice, y suelta tremenda carcajada-.

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