La sorprendente historia tras la señora del Parque Centenario

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Parece doler. Ese exceso de piel en sus piernas se ve incómodo. Mildre camina con dificultad, como si un grillete la acompañara siempre. El Centro de Cartagena de Indias está lleno de personajes icónicos y Mildre Sofía Bonachera Morales suele ser uno de ellos. A veces.

No sé qué combinación química tenga que ocurrir en el cerebro para crear ese sentimiento, pero Mildre, a primera vista, despierta ganas de ayudarla, compasión, por lo menos en mí. Esa venda que enrolla su pierna grande, esa expresión de ya no poder más, sus ojos cansados, sus cabellos cortos despeinados, en fin, muchas cosas muestran en ella el semblante de una mujer que atraviesa mares turbulentos pero que, aún así, sonríe.

Intento que me cuente algo. ¿Con qué sueña? ¿Qué le gusta? ¿Qué la llevó ahí?, a esa banca del Parque Centenario, a donde llega con frecuencia cargando un bolso gigante lleno de cuanta cosa. “Tengo úlceras varicosas”, me dice para explicar la venda en su exagerada pierna derecha.

A primera vista, pareciera estar pidiendo limosnas, que está sola en el mundo, que no hay quien la ayude y que la necesidad ha sido el vehículo que la ha llevado a la calle buena parte del tiempo. Pero es solo una impresión, algo o muy errada. “Vivo en El Bosque, con mis papás, en la calle segunda de Las Giraldas”, dice sin prevención. “José tiene lo mismo que yo, pero a él le amputaron una pierna. En principio creyeron que se la podían salvar, pero al final se la amputaron, el médico decidió cortarla”, ahora habla de su único hijo.

Me cuenta sobre el médico que la atendió recientemente y que la mandó para la casa porque, le dijo, no tenía nada; que hace poco le dio fiebre y escalofríos; que en su entidad de salud no le dan los antibióticos; que no ha vuelto a la clínica porque se le perdió la cédula y recién la sacó.

Recordé que a José ya lo había visto, horas antes, pidiendo limosnas en la Calle de La Moneda, supuse se trataba de él, por la contextura de su pierna, parecida a las de Mildre.

Pero más allá de la primera impresión, detrás de Mildre, de 58 años, existe una historia de mucha lucha, la de su familia. Ellos muchas veces se han sentido cansados, pero nunca derrotados para ayudarla a vivir, a vivir mejor.

Detrás de Mildre...

En una calle destapada de El Bosque está la casa de la familia Bonachera. José, el papá de Mildre, es un señor de 91 años que trabajó para Ecopetrol, dice. “Cuando él vivía en Barrancabermeja, jugaba mucho fútbol, era muy bueno. Unos empresarios lo vieron jugando y les gustó tanto que gracias a eso le dieron un trabajo”, comenta Carmen, de 88 años, la mamá de Mildre. Ambos son samarios que migraron a Cartagena. Ellos la miman, la consienten como a una niña y están pendientes de ella, cuanto pueden y cuanto les permite.

“He nacido enferma. Desde niña me daban ataques epilépticos, después de eso el doctor Jaime Fandiño, que me atendía, me mandó unas pastillas y me curó. Ya desde ahí he venido con otras enfermedades, me dan dolores de cabeza, la presión se me sube y se me baja y así. Ahora esto”, replica Mildre señalando sus piernas y explicando el calvario. Hoy no viste las ropas desarregladas que tenía en el Centenario. Ahora lleva un traje blanco y se arregló, porque un conocido que es periodista la visitaría.

Por un momento, ella calla y, ahora, su familia es quien cuenta su historia verdadera. ¿Qué puede ser peor?, además de todo lo que ya ha dicho. Quizá que ella misma no sea realmente consiente de sus males. Que no sepa bien qué está bien o mal. ¿Y qué puede ser mejor? Que, contrario a lo que dice, los médicos sí la atienden y que su familia ha buscado por todos los medios que la curen, que no esté en la calle, en el parque, que viva una vida los más normal posible.

“Realmente lo de ella no es normal. Tiene una de las mejores EPS subsidiadas, le vienen a curar sus ampollas a la casa y le dan sus antibióticos. Pero ella se nos va para la calle, dura cuatro días en la casa y cuatro días en la calle. La pierna se le postra y no podemos hacer nada. Le arreglo el cabello, le íbamos a arreglar la dentadura, pero no quiso. Trabajo en la parte de la salud, pero qué hago yo con buscarle las medicinas, pierdo el tiempo, porque las citas con los especialistas las consigo y ya ella se va para la calle, se va para el Centro. Lo de ella no es normal, tiene trastorno bipolar, a veces se le va la mente, unos días está bien otros no”. Ese es el relato de su hermana Alexis.

Una lucha constante

Cuando era adolescente, la epilepsia atacó al cuerpo de Mildre. Fue curada por el doctor Fandiño, es verdad lo que cuenta, dice su hermana. Después de esa recuperación, le cambió la vida. “En uno de los centros que la mandaron para que se terminara de recuperar, en Turbaco, fue donde salió embarazada, no sabemos de quién. Tenía 17 años. Ella no puede tener más hijos porque el médico enseguida, cuando tuvo al bebé, la desconectó. A ella le daban sus cosas y, como yo era la más gruesa de mis hermanas, era quien la controlaba”, narra Alexis.

El pequeño hijo de Mildre vino al mundo y su abuelo se hizo cargo de él. Heredó la enfermedad de su madre, con la mala suerte de agravarse tanto que debieron amputarle una pierna, ahora pasa en las calles pidiendo ayudas. “Él es como un niño, su pierna no mejora porque no pasa en la casa”, refiere el abuelo. Todos quisieran que esté en casa.

“Lo de ella es problema psiquiátrico, le mandan medicamentos para eso y no los toma, ha estado en hostales y nada. A veces se pone todo un día a escribir las citas bíblicas en un cuaderno, ella es muy tratable, tú la ves así muy bien contigo, pero de pronto cambia (...) La alimentación es muy importante, pero en la calle come cualquier cosa. En la pierna tiene el engrosamiento, porque se le abren las carnes, sangra, pero le han hecho dopplers venosos y no le aparece nada. Si no que es eso, la gordura, el peso, ella tiene los pies muy pequeños para su peso. Se le pone negra la pierna cuando pasa mucho tiempo en la calle”, agrega Alexis.

Cuenta que muchas veces ha llegado al Centenario buscando a su hermana. “Voy por allá y dice que no se va, que se va a quedar. Somos cinco hermanas y un varón, ella es la penúltima, pero ella parece la mayor, incluso por como está parece mayor que mi mamá, que tiene 88 años.

“Alguna vez la metimos en una clínica de reposo. Estuvo dos semanas y ya. Quisiéramos meterla en alguna fundación, donde la pongan a hacer trabajos manuales, donde podamos ir a verla, pero aquí en Cartagena no hay, estamos mirando una opción en Barranquilla. Ella dice que va a adelgazar, yo le estoy dando en la mañana el ajo chiquito, pero qué va, no pone de su parte. Tenía programada una cirugía bariátrica pero la médico dijo que no se podría hacer por su mismo estado. Esto es un calvario para mi papá y mi mamá, es como una bomba de tiempo porque no tenemos quién nos ayude”, señala Alexis. “Estamos seguros de que alguien que sepa la puede sanar”, dice esperanzada su mamá.

Antes de marcharnos, Mildre nos sorprende. “Tú eres la tristeza de mis ojos, que lloran en silencio por tu amor”, canta y pide que la graben cantando hasta el final de la canción. Porque le gusta mucho eso, cantar y tener un público que simplemente escuche su voz.

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