La historia de una mototaxista de 52 años

16 de junio de 2019 12:00 AM

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Predicaba que la suya era la “única mototaxi con Wifi” de Cartagena y de la bolita del mundo. Nunca le creí, pero lo hacía con tanto desparpajo que sentí el impulso de devolverme y pedirle su número teléfono mientras ella repartía bendiciones a diestra y siniestra. Y me lo dio así nomás, en plena calle, minutos antes de marcharse con una pasajera para Dios sabe dónde... “¿Y para qué?”, gritó después con cara de “tú qué quieres” y yo, que ya había anotado el celular, le dije: “Soy periodista y me gustaría entrevistarla”.

-¡Yupiii! ¡Voy a ser famosa, voy a ser famosa! -gritaba. Aceleraba. Se perdía entre los carros, las busetas, la gente, la bulla, el solazo, la Cartagena de siempre.

***

Anoté bien. La llamé ayer, hoy es miércoles y llegó cuatro minutos antes de lo acordado. Sentada frente a mí, ahora me pide agua para calmar un poquito la ansiedad y para ver si frena a ese caballo desbocado que tiene dentro del pecho, es que le asusta ‘un poco mucho’ estar ad portas de la fama. Le digo que no sé si será famosa, ella responde que segurito que sí y que se llama Érica del Carmen Díaz Vanegas. Sonríe. Me bendice por enésima vez.

Los cincuenta y dos años que cumplió el 14 de diciembre pasado -aunque en su cédula dice que nació el 20, en la Clínica Vargas-, le han alcanzado para beber del pecado, entender por qué es pecado y alejarse de él. Para caerse -a veces a empujones-, sacudirse y levantarse con las mismas.

Érica dice que su mamá se llamaba Gloria y su papá Marcos, que él la engañó y de esa relación nació ella. El señor se fue y no regresó sino hasta que nuestra Érica cumplió cinco años... “Llegó a los cinco años a mi vida, y yo como que: ¿Ah?, ¿cómo así?, pero que sí, pero que no. Mi papá engañó a mi mamá y luego se desapareció -recuerda, se calla y respira profundo-. Pero sí, mi niñez fue muy bonita. Yo crecí ahí, en la Calle Larga de Getsemaní, ahí donde queda la Casa de Socorro, en ese balcón que ahora tiene un poco de banderas jugaba yo”. Y sonríe otra vez, creo que nunca se le acaban las sonrisas.

Esta mujer pintó siempre lo que sería: su juego favorito, apenas su conciencia comenzó a funcionar, fue encaramarse en su bicicleta y moverse como podía. Uno de sus tíos tenía una moto y ella no hacía sino mirar la forma como él la echaba a andar. Para ella prender la moto no era solo eso, era un ritual mágico que involucraba los pies y las manos, y absolutamente todos los sentidos... ese ruido del motor era música para sus pequeños oídos por eso se puso tan contenta cuando su tío se ofreció a enseñarle a manejar.

¿Recuerda la primera vez que manejó una moto?

-Claro, ¡no se me olvida nunca! Fue en mi cumpleaños número ocho, yo iba con mi tío. Me iban a llevar a La Boquilla de paseo y él me dijo: “¿Quieres aprender a manejar moto?”, y yo le dije: “Ufff, si yo ya sé, mira, yo sé”... yo pasaba viéndolo manejar y sentía que ya sabía, pero nunca había cogido una moto. Ese día agarré mis cachitos y claro, yo no alcanzaba a pisar el suelo, él me la puso en primera y yo empecé a andar: suavecito, suavecito, suavecito, suavecito, qué emoción -grita un poco, es como si estuviera viviendo otra vez aquella escena-... Llegando a la esquina me encontré con una palenquera y empezó a gritarme: “¡Vedla, vedla, la llevan en un burro eléctrico!”, yo iba con esa alegría, no creía en nadie. La manejé por toda la Avenida Santander.

Érica creció, pero me parece que todavía en sus ojos vive mucho de aquella pasión por las motos y por la vida misma, aunque a veces esa vida no “ande sobre ruedas”.

Las cosas comenzaron a ponerse feas cuando murió su mamá. Érica tenía dieciséis años y había quedado como la sexta mejor bachiller de Bolívar, honor que le valió una beca en la Universidad de Cartagena para estudiar medicina. Ella comenzó a meterse en ese mundo fascinante de los que se forman para alejarnos de la muerte, pero no pudo evitar que Gloria feneciera en sus brazos tras padecer un infarto. Érica dejó la medicina, primero, por la tragedia que enfrentaba y porque, sinceramente, no se consideraba capaz de inyectar y mucho menos de ‘rajar’ a otra persona... “¡Por Dios no!”, me dice. En cambio entró a otro mundo tenebroso: la cocaína. La probó, pecó, pero tuvo la fuerza suficiente para salir de ella.

Luego estudió una carrera técnica, trabajó con sus abuelos en un negocio del Mercado de Bazurto. Creció.

Nunca tuvo hijos porque se “embolató” con sobrinos, dice, y llama sobrinos a los hijos de sus parejas. Se ganó dos quintos de lotería, compró una casa en el Barrio España y un carro, y montó un negocio. “Yo vivía con alguien y tenía dos hijos, puse un negocio, ahí llegaron unos tipos de una banda criminal, le dieron plomo al negocio porque ellos querían que yo les diera 100 mil pesos semanales, ¿cómo les iba a dar yo esa plata? Iban a secuestrar a uno de los pelaítos que yo había criado. Nos hicieron venderles el negocio a ellos mismos. Me fui para Venezuela como huyendo, duré dos años en Venezuela”.

¿De qué trabajó allá?

-De Mickey Mouse, yo era Mickey Mouse.

¿Cómo así?

-Animadora, allá, en Venezuela, todo el mundo me conocía como La Mickey. Yo tenía una cabeza grande de Mickey Mouse... En la casa de Mickey Mouse todos vamos a bailar, todos vamos a cantar, oh yeah, oh yeah -aquí Érica canta-, y a la gente le gustaba mucho mi muñequito, recorrí toda Venezuela con mi Mickey, ¡estuve con el propio Mickey Mouse que fue a Venezuela! Yo estuve con el propio Mickey Mouse de Disney World, que ese era mi sueño, algún día conocer Disney World.

Y mientras ella se transformaba en el ratón más famoso del mundo, en Cartagena las cosas no marchaban muy bien. Su sobrina -la hija de su expareja- vendió su casa y mandó a Sofía -una tía de sangre que Érica quiere casi como a su mamá- para un asilo. “Me dejó en la calle y metió a mi tía Sofía en el asilo, yo regresé y rescaté a mi tía. No encontré nada, naaaaada”. Y le robaron hasta la cabeza de Mickey, así que tuvo que sacar fuerzas para vivir y sonrisas de donde no tenía para animar fiestas infantiles, se volvió voluntaria de un asilo y así, de a poco, fue comprando cosita por cosita, porque cuando llegó no tenía ni cama. Volvió a las motos: fue mensajera, domiciliaria, mototaxi, trabajó durísimo y cumplió un sueño pendiente: comprarse una moto nueva. Y la bautizó Luz Marina... “Luz porque era la luz de mis ojos y Marina porque era azul”, me dice. Sí, era, porque se la robaron.

“Un día, un muchacho me pidió una carrera para Daniel Lemaitre, por el CAI, y cuando llegamos a un callejón me dio un golpe y me quitó a Luz Marina. Lloré, sufrí mucho, eso fue un 22 de octubre, me dejó en el aire. Le pedí mucho a Dios -se le corta la voz-, no tenía para pagar el arriendo, la señora me sacó, me tuve que ir, quise ayudar a unos venezolanos y me robaron, se me llevaron hasta el colchón, sí, a veces uno no es buena gente, sino pendejo; la depresión me tenía abajo, me le tiré hasta a un carro, pero no me morí, ay, es que Dios no quería que yo me muriera”.

Pero se sacudió y se levantó. Alquiló una moto y otra vez a trabajar. Ahora, es mototaxista entre las 7 a. m. y las 3 p. m. y de 5 a 11 p. m. es domiciliaria. Conocer gente, ayudar a todo el que pueda y vivir montada en la moto es lo que más le gusta de ser mototaxi. Lo que le desagrada un poco son los carros que a veces se le “tiran”, pero dice que siempre los esquiva y que nunca ha sufrido un accidente grave.

***

Érica tiene un sueño que cumplirá: “Estoy reuniendo, eso sí, lo voy a lograr, me voy a comprar mi propia moto nueva”, me dice y yo me pregunto cómo la bautizará, porque nuestra Érica le pone nombres a sus motos: Negrita, Luz Marina y ahora Margarita. Le pregunté qué hubiera sido si no existieran las motos y no me supo responder. Por Junín, donde vive, le dicen ‘My Lover’ o ‘Abuela, cuidao’, no sé por qué me susurra que anima fiestas gratis. A lo mejor por eso la quieren tanto... “Tengo más fanáticos que Diomedes”, me dice... ¡Ajá, entonces ya era famosa!

Seguro muchos la han visto, pero creo que nadie se alcanza a imaginar que la vida de esa señora mototaxista no siempre ha andado “sobre ruedas”, aunque casi siempre se la haya pasado encaramada en alguna moto.

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