Lilian Muñoz, la médico cartagenera que volvió a la UCI para luchar

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Por Lorena Muñoz Marrugo

Especial para El Universal

Estuve a punto de morir por culpa del coronavirus. Pasé días enteros en una Unidad de Cuidados Intensivos, luchando contra un virus que me exprimió las fuerzas y me hacía llorar por las noches, pero le gané y ahora estoy aquí. Regresé a la UCI para volver a batallar, ahora desde otro frente: soy médico intensivista y ayudo a salvar a pacientes críticos con COVID-19. Mi nombre es Lilian Muñoz, soy cartagenera y trabajo en Bogotá.

Sobreviví en abril pasado y hoy estoy prácticamente dedicada a atender a enfermos en estado crítico en las denominadas UCI COVID-19, que desafortunadamente cada día están más llenas. Haber padecido la enfermedad, luchar contra ella y contra sus complicaciones más severas en un hospital durante 15 días no me exime de los estrictos protocolos de bioseguridad que debemos cumplir quienes trabajamos en esta área. Sí he desarrollado anticuerpos a la enfermedad, una especie de ‘vacuna’ natural que mi cuerpo produjo después de tanto combatir el virus, pero no hay certeza de cuánto tiempo los tendré y, por lo tanto, seré inmune, así que todos los días oro para que mi trabajo no ponga en riesgo mi salud ni la de mis seres queridos. (Lea también: Coronavirus: desde un dolor de garganta hasta una UCI)

¿Cómo son mis turnos ahora?, están llenos de estrés y tensión, más que nunca. Son ocho o doce horas diarias en las que nos esforzamos en cuerpo y alma, y digo “nos” porque no trabajo sola sino con un equipo que conformo junto a un enfermero y un terapista y que no puede encargarse de más de 7 o 10 pacientes. Las salas están casi en su capacidad total, pero nosotros no: algunos trabajamos desde el hospital para tratar de arrebatar a los enfermos de las garras de la muerte, pero hay poco personal... Muchos han renunciado y otros están en casa, enfermos y aislados.

Se llevó hasta el café...

Podría parecer extraño hablar de la comida en una página que cuenta el día a día de una expaciente y médico en medio de la pandemia, pero sí que es importante. Ahora, más que siempre, es fundamental alimentarnos de forma nutritiva, balanceada y abundante por una razón contundente: una vez ponemos un pie en la UCI, no nos puede dar hambre porque no podemos quitarnos las máscaras bajo ninguna circunstancia, de manera que hasta el mismo café, que había sido nuestro compañero fiel, ha sido erradicado de nuestras jornadas de trabajo.

Antes de entrar a la UCI, la primera regla es vestirse “para la guerra”, primero un pantalón y blusa de tela, encima un enterizo cuello alto y manga larga, algunos de ellos vienen con gorro (hay que ponerse doble gorro), polainas para proteger los zapatos, guantes de piel (no podemos quitárnoslos en ningún momento), gafas protectoras y tapabocas n95. Es absolutamente necesario usar cada una de las piezas, pero no es nada cómodo ponérselas ni permanecer todo el día con ellas y llevarlas nos hace tan irreconocibles que solo podemos escribir nuestros nombres en el frente y la espalda, si no ni siquiera podríamos identificarnos entre nosotros mismos.

Esos que se quejan porque deben usar un simple tapabocas, ellos no saben lo que es pasar largas horas con las mascarillas y las gafas, que lastiman la piel, que te hacen cicatrices que solo puedes ver al final del turno. Que te causan alergias... A mí, por ejemplo, el tapabocas me da alergia y por eso decidí comprar una máscara que parece más bien sacada de esas películas que narran hecatombes, esas que muestran cómo sería el fin del mundo. (También le puede interesar: Médico con coronavirus: “Pasaba las noches pensando que me iba a morir)

¿Sabe?, muchos de nosotros hemos optado por usar pañales de nuevo. Nadie que no trabaje aquí podría imaginarse la pesadilla que significa ir al baño mientras estamos trabajando en una UCI COVID-19. Preferimos no ir, y aguantarnos las ganas, pues ir implica realizar nuevamente todo el proceso de desinfección y los protocolos de asepsia para volver a vestirnos; no es pereza, es que hacerlo toma más de media hora y el tiempo realmente es oro cuando tu |misión es salvar las vidas de personas que tienen la muerte ahí, acechando.

Muchos piensan que quienes trabajamos en esta área solo nos sentamos allí, a mirar los monitores y esperar qué pasa con el paciente. Nada más falso que eso: a cada uno lo atendemos de forma profesional, seria y concienzuda. Para ingresar al cubículo hay nuevamente que desinfectarse, ponerse una bata encima del traje y otros guantes. Se revisa su evolución de forma detallada, se le ponen medicamentos, hacen exámenes, se trata cada caso a profundidad. No los atendemos siguiendo pasos o tratamientos como una receta de cocina, si bien existen algunos medicamentos que han mostrado eficacia en el tratamiento contra esta infección, cada caso es diferente, tiene condiciones particulares; en esto no hay recetas mágicas.

Enfrentarnos a la muerte cada día es desgastante, nos deja exhaustos y deprimidos. Nosotros también lloramos a quienes no podemos salvar; no importa si tiene 90 o 30 años, todos valen, todos nos importan.

Nadie imagina lo duro y frustrante que es luchar contra esta enfermedad, hacer todo lo médica y humanamente posible para que esa persona que está en una cama, la mayoría de las veces intubada e inconsciente, sobreviva.

Ahora las camas en las UCI donde trabajo están llenas, y las imágenes que veo a diario en la calle, de personas de todas las edades y clases sociales sin las mínimas normas de autocuidado y responsabilidad con la enfermedad me hacen preocupar aún más, no quiero tenerlos a ellos en estas camas.

Lo más duro

Tener que informarle a una familia sobre la evolución del enfermo es un momento demasiado duro, especialmente cuando no hay buenas noticias. Por obvias razones, no podemos hacerlo personalmente, el aislamiento es obligatorio y desafortunadamente hace que se generen muchos mitos y bulos; el creer en rumores o voces no calificados hacen que haya desinformación, que la gente no sea consciente de que el asesino es el COVID-19, no el cuerpo de salud.

El haber estado contagiada me ha dado un nuevo propósito de vida, luchar contra el coronavirus desde las UCI destinadas a enfermedad, y aunque quisiera no tener pacientes aquí, está pasando y con más frecuencia de la que tal vez esperaba.

He visto a enfermos asustados, temblando de miedo cuando ingresan a cuidado crítico, trato, si están conscientes, de calmarlos, de ponerme en sus zapatos, de ser empática con ellos y sus familias; he llorado en silencio cuando alguno me pide tiempo para dejar sus cosas organizadas por lo que podría suceder, o cuando una madre, esposa o hijo me suplica que salve a su familiar, o cuando pese a los peligros que implica la reanimación para el personal médico, esta no tiene éxito.

También he llorado de alegría cuando alguno sale de la sala, sonriendo, a seguir mejorando y reunirse con su familia. (Le puede interesar: La gran misión de Sofía Juan, una enfermera cartagenera en Nueva York)

Al final del turno trato que el proceso de desinfección, las dosis de cloro y alcohol borren los momentos tristes y dejen solo esas sonrisas tras la mascarilla.

Al llegar a casa, mis tres hijos me reconfortan, ellos saben que mamá ahora está luchando contra esta enfermedad a pacientes críticos. A personas que apenas están atravesando por una pesadilla de la que yo ya desperté.

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