Leonardo Muñoz Urueta, la sorpresa literaria de Magangué

12 de mayo de 2019 12:00 AM

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Magangué sabe a dulce de caballito. Cierro los ojos y una música dorada, como de piedras afiladas, resuena a flor de agua. El río eleva sus burbujas y suena como si alguien deslizara un cascabel de vidrio. Es la subienda. A veces son los peces que anuncian la estación. A veces son los mismos pescadores los que despiertan con la música de los peces. Esta vez, han sido las palabras las que me han embrujado, sin llegar aún al puerto. He ido tantas veces allí a escuchar historias al pie del puerto en La Albarrada, pero la novela ‘Dulce de caballito’, de Leonardo Muñoz Urueta, ganadora del XI Premio de Literatura Infantil Barco de Vapor, es tal vez la historia más bella, tierna y conmovedora que he leído en los últimos años. La obra ha sido presentada con honores en la reciente Feria del Libro de Bogotá 2019. Al verme con el autor, le dije que no podía regresarme a Cartagena sin leer su libro y le pedí que me concediera unos minutos para conversar. Me entregó su libro al atardecer del domingo y empecé a leerlo por la noche, hasta terminarlo en la madrugada. Como si me adentrara en las aguas del río, en la voz de los peces. En solo 68 páginas, el libro, que acaba de ser publicado por SM y con ilustraciones de Elizabeth Builes, me despierta otros recuerdos mientras alguien cocina lentamente con la cuchara de palo las tiritas verdes y amarillas del papayo, y prepara lo que en Cartagena se llamaba ‘Cabellito de ángel’, las hebras delgadas del papayo eran como los cabellos de un ángel, pero de ángel, la palabrería oral distorsionó la palabra cabello por caballo y se quedó ‘Dulce de caballito’. El olor no tiene nada que ver con los caballos, ni con los relinchos, pero el sabor tiene que ver con el manjar de papayos que cocinan los ángeles. Sin preguntárselo, Leonardo, que parece un muchacho tallado con la misma piel sofisticada del barro de la albarrada de su río, tiene despiertos los cinco sentidos al sentarse a contar y escribir sus historias. Sus palabras salen de un anafe ancestral porque su abuela Micaela Rico, cocinera de La Albarrada, le preparaba el manjar del mote de queso, el cabeza de gato machacado con plátano verde y queso, y el dulce de caballito, casi derretido, que bajaba del cielo de su boca en Semana Santa. Él nació allí, cerca al pie del río Magdalena, que los ancestros indígenas llamaban el Gran Yuma o Río Amigo. Leonardo salió de Magangué y vive en Medellín, en donde trabaja promoviendo la lectura, pero cada vez que puede se escapa para reencontrarse con la abuela Micaela, protagonista de su novela, o verse con su mejor amigo (que tiene noventa y dos años), y su mayor felicidad es sentarse en un taburete a la sombra de los mangos maduros a leer poemas. Es su amigo Antonio Botero Palacio, que vino de las montañas antioqueñas y se quedó para siempre al pie del río Magdalena, hace más de medio siglo. Es autor de los libros de cuentos ‘Bajo el naranjo’, 2007, y ‘Acuérdate del tahine’, 2016, editados por la Fundación Arte & Ciencia.

También ese río tiene una historia que Leonardo cuenta en su libro. En ese río una indígena y un español se enamoraron, pero una flecha de un guerrero celoso hirió de muerte al español. “La indígena lloró sin descanso ante el cuerpo de su amado. Las lágrimas hicieron que de la tierra creciera un árbol cuyo fruto tenía la forma de una lágrima. Al brotar era de color verde y poco a poco, al madurar, se iluminaba, se teñía de amarillos, de naranjas, como una sonrisa. Fue llamado árbol de las lágrimas de oro. Así nació el papayo”.

El tono de su novela es como un viento suave que eriza el río del atardecer. Como si Micaela Rico, junto al fogón, nos hablara en la voz de Leonardo:

“El día en que mami empezó a perder sus recuerdos, se levantó a las dos de la madrugada a freír las carimañolas de queso, a cocinar el arroz con coco, a servir el café recién hecho en los termos”. Su lenguaje es claro, bello, certero, como si él mismo moldeara su alfabeto de olores y sabores con el mismo barro de la albarrada: “El aire de esa madrugada era limpio, como una sábana recién lavada llena del canto de los gallos”. La voz de Leonardo es, sin duda, una de las mejores voces de la narrativa contemporánea de Bolívar y la Región Caribe, pero también del país. Su palabra toca la sensibilidad de quien lo lee y nos lleva a sentir la piel y el corazón de su abuela que, en la otra realidad de la novela, se pierde en los pantanos de la desmemoria y recupera instantes del pasado cuando el nieto le recuerda el sabor del dulce de caballito: una papaya verde, medio pocillo de agua, ocho cucharadas de azúcar morena y astillas de canela al gusto.

Las descripciones son fruto de alguien que ha vivido con el alma anegada de río, de alguien que ha saboreado los manjares del bocachico, de alguien que se ha despertado con el susurro dorado de los peces al amanecer y ha mirado el otro lado del río y ha percibido la procesión que va por dentro en la pupila de sus semejantes. También los mitos y las leyendas de la región afloran en sus recuerdos: “El señor Karmelo tenía un niño en cruz injertado, como un vello en la piel. Era un amuleto. Decían que podía levantar a un toro por los cuernos, hacerse invisible y ser inmune a las mordeduras de las más venenosas serpientes”. Cuando el niño aprende a atrapar su entorno como otro alfabeto invisible, descubre que las matemáticas y las tablas de multiplicar, solo se olvidan cuando esos números aún no están en su corazón. En cambio, la profesora de Biología, Úrsula, es difícil de olvidar, porque “era tan caderona que cuando caminaba parecía que dentro de ella se mecía un mar con todos sus peces”. Este tono tan inocente, tan virginal, como cuando niños hablábamos con los hilos tensados amarrados en vasitos desechables, se parece a la pureza del ordeñador de vacas que le canta a la vaca para que la leche salga más dulce. Esa pureza de la esperanza en la adversidad: “Dicen que mami con el tiempo se curará porque el tiempo lo cura todo”. Pero la inocencia del niño vuelve a aparecer incluso ante sacrificio atroz de los galápagos y tortugas en Semana Santa: “Mami mataba las tortugas en silencio. Me asustaba verla tan concentrada. Yo creo que pensaba en otras cosas para no sentir tristeza. Si el pebre de galápago no fuera un plato tan apetecido entre los trabajadores de la pesquería en esa época, tal vez mami no los prepararía”. El corazón de los galápagos seguía latiendo por más de dos horas, después que le desprendían el caparazón con un machete, y dentro del agua caliente, seguía latiendo.

La descripción de la lluvia bajo el río es verídica, como todo lo que cuenta Leonardo Muñoz Urueta. Después del estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos, el aguacero se desgaja a cántaros, ahora mismo, “como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos”.

La abuela Micaela ha visto lo que ha escrito el nieto y le ha preguntado con su ternura amorosa de abuela: “¿Por qué me pusiste ahí en tu libro a orinar en una bacinilla?”. El nieto se sonríe y le dice a la abuela que ella es la reina de su novela, la criatura maravillosa del puerto de Magangué, la que descubre las lágrimas de oro de los papayos y los convierte en dulce de caballito.

Epílogo

Las palabras van a las manos de Leonardo Muñoz Urueta como frutos maduros que se caen con solo mirarlos, en un patio cerca al río. Y él escucha la música para dejarse poseer por las palabras.

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