Los fantasmas del Centro Histórico

14 de abril de 2019 12:30 AM

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I

Un mediodía en que buscaba una dirección en el corazón de Cartagena, el Centro Histórico, agotado por el calor abrazador me senté en un café contiguo al Parque de Bolívar. Una mujer anciana, vendedora de loterías, abanicó frente a mí su paquete de papeles con números: “Tengo el doble dos, el setenta y cinco, el cero veintiséis, tengo...”. Aquella mujer cantaba los números envueltos en el aura mágica de la promesa del dinero a montones. La vendedora locuaz, de voz fuerte, que retumbaba a todo lo largo del pasillo cercano al Banco de la República, hizo una pausa en su insistente intención de venta.

-Conozco a ese hombre -dijo, señalando con su dedo índice a lo largo del pasillo.

-Trabaja en el restaurante que está a la vuelta, él fue quien me habló de la monja que quería ir al baño -expresó.

Y así empezó el relato de la vendedora de loterías que tanto me intrigó, y por ello me convertí en cliente y comensal asiduo de aquel restaurante, solo con el ánimo de establecer contacto con el personal de cocina, con algunas de las meseras amables, o con el par de vigilantes que se turnaba de día y noche. Estos últimos, debían tener una información valiosa e inédita.

Sin embargo, pasadas unas tres semanas aún no encontraba la forma de cotejar la historia que me contó la anciana con alguien del restaurante.

El momento llegó por sí solo. Un señor alto y fornido apareció por las puertas de vidrio dobles y subió con ligereza las escaleras enfundado en un mameluco caqui, que llevaba salpicaduras de sangre. “Es el cocinero del área de carnes -pensé-. Es el sujeto que me señaló la anciana de las loterías”, recordé súbitamente.

Entonces cuando una mesera estuvo cerca, sirviéndome café, me animé a preguntarle.

-¿A qué horas sale el señor que prepara las carnes? -le dije.

-¿Cuál señor? -me dijo la dependiente, mirándome extrañada.

-Ese, que acaba de subir las escaleras directo a la cocina.

-¿A la cocina? Señor, la cocina está aquí, en el primer piso, entrando por esa portezuela -me dijo, mirando hacia un pasillo a pocos metros de mi mesa.

-Entonces debe ser que va al baño -apunté-, porque subió con premura.

Noté un gesto de extrañeza en el rostro de la joven, pero que dibujó una risa tenue en sus labios, como si quisiera contarme algo, sin embargo me preguntó si me entregaba la cuenta.

-Espere, espere, ¿usted no vio al sujeto que subió las escaleras con premura, cuyo mameluco caqui iba untado de salsas y al parecer de sangre de res? -le pregunté.

Dijo que no. Por ello subí hasta el baño, que sí estaba en el segundo piso. Llegué a la puerta y... justo, ¡estaba cerrado! Un hálito de tranquilidad me embargó. El sujeto del mameluco debía estar ahí encerrado, atendiendo alguna urgencia corporal. Esperé. Tres minutos, cinco, seis, siete minutos... y nada. Nadie salía de aquel baño. Fue cuando apareció el joven de servicios varios.

-¿Espera a alguien? -me preguntó.

-Hay un señor dentro -le dije.

El joven acercó su mano a la perilla de la puerta y... la giró suavemente. Entonces vi que la puerta se abría, emitiendo un leve chirrido sin más. No dije nada, pero le expresé que había intentado y estaba cerrada. No me tocó más sino que entrar.

Me quedé parado frente al espejo del baño. Me lavé las manos, escudriñé todo sus rincones.

¿A dónde fue a parar el sujeto que parecía de la sección de carnes, que a su vez se parecía al hombre que la mujer de las loterías me señaló de saberlo todo sobre aquel sitio?

Cuando salí, un hombre blanco y alto, de camisa guayabera, también blanca, esperaba parado frente a la puerta del baño. Otras dos mujeres turistas esperaban detrás del sujeto.

Pregunté si acaso no había un baño de damas.

-Está cerrado, hay alguien dentro- contestaron en coro.

Me fui de nuevo en mi mesa con la esperanza de ver bajar al hombre del ropaje caqui con aspecto de cocinero. Nada. En lo alto de las escaleras, lugar al que no dejaba de mirar, me topé solo con los ojos verdes, que me parecieron demasiado intensos, del señor de la guayabera que ya había salido del baño. Bajé la mirada y volví a mirar. Ya no estaba.

Las dos mujeres turistas iban bajando sonrientes. Las saludé y al pasar por mi mesa les pregunté: ¿Se demoró mucho el señor?

Ambas me miraron: ¿Cuál señor?

Traté de explicar, el de la guayabera, el señor blanco... pero algo me dijo que era inútil. Los vellos de mis antebrazos se erizaron. Algo raro ocurría en verdad en aquel lugar. Un restaurante concurrido del Centro Histórico de Cartagena, a toda hora y a plena luz del día, si quisieran.

Me cogieron las seis de la tarde. Fue entonces luego de varias limonadas, que me dirigí a la dependiente de una caja.

-Señorita -le dije-, ya no puedo aguantar más, pero explíqueme algo: ¿suceden de verdad cosas raras en este restaurante, como me contó una señora en la Plaza de Bolívar?

Se quedó callada. Me miró. Y me dijo pausadamente y en voz muy bajita: “Señor, usted quiere que me boten, que me despidan. No le voy a responder”.

La miré directo a los ojos y entonces comprendí. Todo lo que me habían contado de la monja, un sujeto, al parecer, español y un esclavo del siglo XVII, que mantenían una disputa en aquel lugar desde hace tres siglos era, en gran parte cierta, a juzgar por los relatos.

II

La historia es más o menos así. Y ha sido contada por diversas fuentes reales que han estado en aquel lugar. Varios comensales han tenido que esperar el turno del baño porque una monja permanece allí. Algunos otros han visto en el balcón a un sujeto afrodescendiente correr, y detrás de él a un adulto blanco de ropajes ancestrales o en pijamas blancas. No puedo decir el nombre del sitio, porque las fuentes han pedido reserva. Pero dentro de aquel negocio es vox populi entre los empleados el conflicto que viven esas tres personas del más allá. “Hey, ahí van”... gritan en la cocina. “Esa monja está enamorada del negro”, dicen y se ríen. Todo eso me lo han contado.

Y la cosa no se acaba allí. Estuve buscando a la lotera. Nunca apareció, no creo en brujas ni en fantasmas pero “de que los hay”... A veces he querido marcarle a Rafa Taibo, el del programa de televisión ‘Ellos están aquí’, pero se me pasa. Ningún dueño de restaurante va querer publicitar que en sus pasillos y entre su salas pasa correteando como loco un trío de personas con trescientos años de muertos.

III

Otras historias han empezado a llegar a mis correos, luego que me dí a la tarea de indagar con personal del Centro Histórico que labora en las casas boutique, los museos, las tiendas y restaurantes, por lo general funcionando en construcciones que tienen hasta 300 años. Pero estamos en el siglo XXI, y por las calles del Centro Histórico se pasean historias de fantasmas recurrentes, que no siendo yo tan metafísico ni místico, me niego a aceptar de buenas a primeras y quizá el bueno para ello sea Rafa Taibo. Pero está la historia que me contó una turista que se hospedó en un pequeño hotel de la ciudad, una casona contigua a otra construcción que había sido convento y después hospital. A veces solía salir al balcón a tomar fotos de cara a las murallas, mirando el horizonte, por donde se oculta el sol. Un día en el ojo de su cámara vio a un sujeto con ropajes de otro tiempo agitando sus brazos desde la muralla hacia su lente. Quitó el lente para ver con sus dos ojos, y... no estaba. Luego apareció en el lente de vuelta. La turista tomó la foto, pero el sujeto que batía los brazos como pidiendo auxilio no salía en la foto. Ella me dice que ha vuelto a intentarlo pero nunca ha podido captar al hombre misterioso de la muralla. En su programa de televisión, Taibo mostró hace poco cómo en varias fortificaciones de Cartagena, y en algunos lugares como el Museo Naval, se sintieron “energías, las psicofonías y las presencias que se apoderan con las cámaras”.

Recientemente me enteré de la historia de un vigilante que pasó de ser conductor de una importante empresa en Cartagena, a prestar guardia. En un turno de noche, el recién nombrado vigilante vio tras unas de las puertas principales a un sujeto vestido de blanco. Pasó de una sección a otra con la intención de saber de quién se trataba. Pensó que debía ser uno de los muchachos que prestan un servicio nocturno de asistencia en sistemas. Lo buscó por todos lados y cuando se percató de que estaba en algún lugar cerca al servicio de restaurantes, se aproximó a saludar a aquella persona. Cuenta que aquella figura desapareció. Habrá muchas historias de ultratumba que contar del Centro Histórico de Cartagena, u otros lugares, pero de antemano les digo, vengan y disfruten de todos sus rincones y de su historia, como hace más de tres siglos estos entes lo estarían haciendo, a juzgar por versiones de gente de carne y hueso.

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