Los méritos no tienen color

07 de diciembre de 2014 12:02 AM

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El conocimiento es poder, y Javier Ortiz sí que lo posee.

Sin proponérselo, es quizá uno de los opositores más fuertes de esta Alcaldía.

Un gobierno que se ha caracterizado por sus innumerables desaciertos: la orden de Dionisio Vélez de poner su fotografía enmarcada en varios colegios públicos y dependencias del Distrito, una placa homenajeando a los ingleses caídos en la ciudad, la misteriosa desaparición de los nombres de las mujeres que fueron mártires durante el sitio de Pablo Murillo, el retroceso descomunal de las Fiestas de Independencia, entre otros hechos que hoy tienen al mandatario mal parado en la ciudad y el país.

Javier cree que la historia siempre pasa cuenta de cobro, por eso no se puede quedar callado. Sorprende que es un tipo muy respetuoso y medido al hablar. No tiene que alzar la voz para exponer su punto de vista. Sus argumentos son tan sólidos que, incluso, susurrándolos uno haría el esfuerzo de acercarse a escucharlo. Esa es una cualidad fascinante.

Hizo parte de la primera promoción de historiadores de la Universidad de Cartagena. Tiene una maestría en la Universidad de Los Andes y un doctorado en el Colegio de México, una de las instituciones más prestigiosas de América Latina.

Conversamos en su apartamento, en el barrio Bocagrande, sobre su tesis de grado, la relación con la psicóloga Claudia Ayola, el próximo nacimiento de su hijo Gael, su infancia en Valledupar y su reciente nominación como Afrocolombiano del año.

¿Cuál fue el primer historiador que leyó?

Quizá... eh... es una buena pregunta. Tal vez a Germán Arciniegas. Lo leí antes de estudiar historia. Me encantaba su manera de escribir. Una pluma maravillosa.

¿Recuerda a qué jugaba de niño?

Juegos de barrio. Me crié en un barrio popular de Valledupar, Los Fundadores. Mi juego favorito era “La libertad”, pero también jugábamos a “La lleva” y, sobre todo, fútbol callejero. Con mis amigos armábamos un arco de piedras y lo poníamos en una calle destapada.

Del Camellón de Los Mártires fueron borrados los nombres de varias heroínas que aportaron a la gesta independentista. Incluso, alguien en la Academia de Historia se atrevió a decir que usted se inventó esos nombres, ¿qué lectura hace de eso?

Eso es parte de la visión tradicional, clasista y excluyente que tienen algunos historiadores -o seudohistoriadores como les digo yo- de la ciudad y de lo que debe ser la historia. Si algo ha caracterizado a la generación de historiadores en la que yo me formé, es precisamente tratar de reescribir la historia de la ciudad. La historia antes era concebida como un privilegio de unos cuantos que consideraban que lo que ellos decían era lo que tenía que ser. El sitio de Pablo Morillo no se circunscribe al llamado fusilamiento de los nueve mártires, hay otras historias de personajes comunes y corrientes que son los que más aportaron al proceso de Independencia y de defensa de la ciudad. Sobre esos personajes poco se habla y dentro de esos están las mujeres. Lo que hice fue una labor de investigación juntando una serie de fuentes. Había desde mujeres negras y pobres hasta blancas, criollas, de la élite de la ciudad. Pero como no eran nombres que salían de esa historia tradicional, pensaron que esos nombres no tenían ninguna importancia, por tanto, no tenían que ser homenajeados y no debían estar al lado de los que ellos consideran son los verdaderos héroes de ese momento.
Pero más allá de los nombres que se resalten en esos procesos, lo importante es entender que cuando suceden ese tipo de reacciones, ante la aparición de estos nuevos nombres, lo que se está demostrando es una manera de entender la historia por parte de unos sectores que se niegan a construir una memoria mucho más incluyente de la ciudad.

¿Qué lectura hace del fallido homenaje a Vernon, en el Castillo de San Felipe?

Con relación a ese hecho hay que hilar delgado en eso, porque a veces uno se va por las ramas y hay que entender que por un lado están los defensores del imperio inglés; y, por el otro, los defensores del imperio español, y la discusión no se trata de eso. El papel de las autoridades es entender que ya hay una tradición aceptada por una gran mayoría y que no se puede jugar con esos referentes tan arbitrariamente y hacer un homenaje que termina en detrimento de un referente que ya se ha construido y que ha sido aceptado.
El problema que yo veo es que esos mismos que le hicieron la placa a Vernon andan tratando de ubicar la tumba de Blas de Lezo, entonces es como si la historia de la ciudad solo tuviera sentido en tanto los referentes identitarios se refieran al Imperio. ¿Qué sentido tiene para ellos, en su visión excluyente, reivindicar a sectores populares, a indígenas, afros?. Te das cuenta de la visión imperial o neocolonialista que existe de la ciudad, que son los mismos que se oponen a una placa a unas mujeres que, para ellos, no deben entrar en la historia de la ciudad.

Cartagena es una ciudad racista por tradición, ¿qué piensa de las discriminaciones raciales?

Todos los pueblos con pasados esclavistas tienden a ser pueblos donde se construyen unas dinámicas racistas fundamentadas en el color de la piel. Y Cartagena se convirtió en el principal puerto exportador de esclavos traídos de África. La raza desde el punto de vista biológico no existe, pero sí existe el racismo. Aquí el color de la piel sigue pesando por encima del dinero. No sólo basta con tener dinero, hay que también que ser blanco, y eso es claro.
El escritor Óscar Collazos, en un cruce de twitter que tuvimos alguna vez, me contaba que José María Villalobos, el personaje del chance, tuvo toda la plata del mundo. Pero para muchos sectores de la élite de la ciudad este señor no debería estar en los espacios de ellos porque era un personaje sin clase. “El Perro” decía que no se mudaba para Castillogrande porque lo negreaban. Es decir, es tan fuerte el racismo y la exclusión que a pesar que la gente logre cierto reconocimiento a partir del dinero, no basta. Porque también hay que tener cierto “linaje”, “apellido” y “color de piel” para poder ser aceptado en esos círculos. Es una ciudad con unos altos niveles de racismo, y a pesar de que a mucha gente no le guste enfrentar ese tema, es una realidad vergonzante que sigue permeando la sociedad cartagenera.

¿Ha sentido en carne propia alguna forma de discriminación?

Tú puedes encontrarlo en las dinámicas cotidianas. Nunca he sentido la exclusión de forma directa, pero si te das cuenta en los almacenes a veces llega una persona afro y otra blanca -entre los códigos de la idea de blancura que la gente maneja - y por lo general atienden más rápido y, de mejor manera, a la persona que consideran blanca. Así mismo sucede con los taxistas. Son unas dinámicas cotidianas que están ahí presente. La gente mira dos veces cuando una persona negra está hablando con propiedad sobre un tema. La psiquis racista está ahí. Son dinámicas que parecen imperceptibles, pero uno que se ha dedicado gran parte de su vida a trabajar la historia de la ciudad, a entender sus dinámicas y a trabajar esas muestras históricas, se da cuenta.

¿Qué significa ser nominado Afrocolombiano del año?

Las acciones afirmativas como esas en una sociedad sana y democrática no deberían existir. Porque si todos somos iguales, ¿para qué vamos a premiar a un blanco o a un negro? Pero resulta que nos inventamos la idea de que todos somos iguales y resulta que siempre hubo unos más iguales que otros, unos que tenían más derechos que otros, unos que vivían en mejores condiciones que otros. Yo no sólo trabajo la historia de los afrodescendientes, no sólo escribo sobre ellos, escribo sobre la humanidad y sobre las cosas que suceden en general pero, por supuesto, tengo una sensibilidad mucho mayor hacia este tipo de temas porque es una identidad que tengo allí.
Sin embargo, en la medida en que otras personas afros se puedan sentir reflejadas en mi nominación, me alegra. La nominación, quizá, nada cambie lo que vengo haciendo, pero representa un estímulo para hacer un pare y pensar que algo he estado haciendo bien para merecer un premio de estas características.

¿Qué no le pregunté que desee compartir con los lectores de Facetas?

Hay unas nuevas generaciones que tienen toda la capacidad para pensar la ciudad, les cabe la ciudad en la cabeza, pero a veces uno nota, por las mismas dinámicas de la política, y por el fastidio que los académicos le tenemos a la política, que se ha generado una brecha entre el accionar político de la ciudad, la academia y la cultura. Creo que con todo esto que se está generando ahora: la famosa placa, la revitalización de las fiestas, la movilización que ha generado la construcción del túnel de Crespo, la tapada de la visibilidad de la playas de Marbella, es el momento de empezar a establecer una relación más fructífera entre el proceso político y la academia que termine afrontando los problemas de la ciudad de mejor manera.

Me interesa opinar sobre la cotidianidad porque creo que es la manera de contribuir con el desarrollo de la ciudad, porque la historia siempre te pasa de cobro. Dentro de muchos años, frente al juicio de la historia, alguien que lea los periódicos de esta época dirá: ¿qué dijeron tales personas que estaban pensando la ciudad? Entonces es necesario establecer ese vínculo urgente. 

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