Facetas


Los milagros del Santo Madero

EL UNIVERSAL

01 de abril de 2018 12:00 AM

Por: Hernán Pimienta Vásquez

A veces los seres humanos son testigos de cosas maravillosas, extraordinarias, incomprensibles; cosas que no tienen explicación racional y que quienes creen en Dios no dudan en calificar como milagros.

Hace 50 años, en el corregimiento de Paraíso, a unos 20 kilómetros de San Jacinto, Bolívar, sucedieron cosas que personas como Pablo Roberto Rodríguez y Luis Castro Meléndez testimonian y que no dudan en llamar milagros.

Donde todo comenzó
La historia contada por el señor Pablo tiene como protagonista a su tío Pedro y con algunas diferencias sutiles es la siguiente:

El señor Pedro Rodríguez Gonzáles tenía una roza en la que cultivaba café. Cierto día un vendaval azotó a Paraíso y las fuertes brisas derribaron tanto sus palos de café como un gran árbol de vara de humo que estaba cerca del poblado.

Meses después, su mujer lo mandó a cortar leña.

Pedro se dirigió a donde estaba tendido el árbol de vara de humo y observó que en el sitio que antes habían ocupado las raíces desenterradas del mismo, había brotado un manantial y además se creó un pequeño pozo donde los cerdos se bañaban. Atendiendo al dicho “del árbol caído todos hacen leña”, comenzó a cortar las ramas secas hasta que solo dejó el tronco.
Después de unos días, el señor Rodríguez se levantó temprano, afiló su hacha, encendió un tabaco para ahuyentar las plagas, y pensó: “ese tronco de vara de humo está grueso y tiene como 10 metros de alto, pero todo me lo traeré vuelto leña aunque mi mujer diga que esa leña no arde, cosa que no me parece porque la leña que he llevado ha estado bien seca”.

Llegado al sitio sus ojos se agrandaron, sus pupilas se expandieron, de su boca abierta cayó el tabaco encendido y su corazón comenzó a latir aceleradamente.

No daba crédito a lo que veía: el árbol se había levantado.

Pedro se devolvió y narró a todos lo que sucedió, luego acompañado de una muchedumbre regresó al lugar. Una anciana que no podía casi caminar a causa de la artritis se acercó al árbol y viendo el pozo del cual brotaba el manantial, se sumergió en él mientras decía: “si tú te levantaste también yo puedo hacerlo”. Casi al instante la señora sanó.
La noticia se regó como pólvora y al poco tiempo una romería comenzó a visitar el lugar donde se erguía el Santo Madero (como fue conocido a partir de entonces).
Muchos de los que se bañaban con el agua del manantial se curaban y agradecidos dejaban ofrendas en oro y plata, que Pedro recibía.

Un día un extraño señor vestido con saco de fique se presentó al lugar y le dijo a Pedro: “Los milagros no durarán mucho, dame de las ofrendas para hacerles un santo”.
El manantial se secó y algunos devotos que llegaron tarde para recoger agua, se llevaron barro con el cual untaban sus partes enfermas. Seguían sanando.

Un incrédulo se acercó al Santo Madero y mientras lo tocaba con el dedo índice de la mano derecha dijo en tono de burla: “Santo Madero, Santo Madero que estás haciendo muchos milagros”.

Al día siguiente el hombre empezó a sentir dolor en sus extremidades, por lo que tuvo que pedir perdón de rodillas por consejo de un hermano a quien le refirió lo que había hecho. Pronto se restableció.

Al pasar de los días, los milagros se multiplicaban.

Dicen que un señor de apellido Leones que padecía mucho dolor a causa de sus hemorroides, también se acercó al lugar para recoger un poco de barro santo. Sobra decir en qué lugar de su cuerpo puso el producto, lo que sí hay que decir es que a la mañana siguiente afirmó estar completamente curado.

La señora Rosa Gallardo también dio testimonio del Santo Madero. Durante uno de sus embarazos los médicos le advirtieron que podría tener un parto difícil porque el niño venía en “mala posición”. Incluso, le recomendaron que para dar a luz debía trasladarse hasta Cartagena. Pero su marido tenía fe, así que fue a recoger barro hasta el desaparecido pozo que dejó el árbol, lo untó en la barriga de su mujer y contra todo pronóstico, el niño nació por parto natural y muy sano.

Las semillas del vara de humo que quedaron esparcidas por el lugar, las usaban como amuletos y a algunos este suceso los enriqueció.
Un señor del que nadie recuerda el nombre, se volvió rico y alcanzó a ser propietario de 10 mulos, que usaba para transportar a los creyentes por las arrugadas trochas de Paraíso.

Luego del milagro, la avaricia
Cuando el líquido mágico dejó de brotar del manantial, se dice que algunas personas cegadas por la avaricia, se iban por las noches a echarle agua al lugar.
Querían convertir el adorado espacio en un negocio, pero ya de nada servía, porque el Santo Madero ya no tenía poder.

Al pasar de los días, tal como había vaticinado el extraño, los milagros cesaron y él regresó a Paraíso trayéndoles un santo.

                                                                      ***
Pablo Rodríguez González integrante del Consejo Comunitario de Santo Madero y del Grupo de Danzas de Negros de Paraíso, inspirándose en esa historia creó una canción:

“Es la historia de mi pueblo,
eso yo no lo he inventao.
Un palo que estaba muerto,
después resultó para.
Tenía un pocito de agua,
que casi nunca se secaba.
Con el agua y con el barro,
cualquierita se curaba”.

                                                                     ***
Hoy, los habitantes de Paraíso solo esperan el milagro de que las autoridades municipales y departamentales se acuerden de ellos e inviertan recursos que mejoren la calidad de vida de su población mayoritariamente afro.

Actualmente, Santa Catalina es la patrona de los habitantes de Paraíso y sus fiestas se celebran los días 24 y 25 de noviembre.

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