Los niños que nunca habían visto el hielo

18 de agosto de 2019 12:00 AM

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Temístocles Delgado llegó diciendo que traería a casa la última maravilla del mundo que flotaba ya en canoa por el río Magdalena.

¿Cuál es la última maravilla que nos vas a traer, papá?, le preguntaba insistente su niño, Óscar, de apenas seis años.

Emilia, la más pequeña de las hermanas de Óscar, se atrevió a decir que su papá traería una de esas cajas de galletas que solo se veían en el puerto de Magangué o en Mompox, o unos chocolates que traían los viajeros de los vapores quién sabe de qué ciudades al otro lado del Mediterráneo.

Regina, por su parte, dijo que la sorpresa de su papá podía ser un caballo de paso fino, como los que una vez vieron en el circo.

Graciela pensó que podía ser una bicicleta o un cofre con una bailarina, pero no supo qué otra sorpresa podía traer su papá, de vuelta por el río Magdalena, la Mojana y los pueblos cercanos a Santa Ana.

¿Qué será lo que papá nos quiere mostrar como la última maravilla, mamá? -le preguntó Emilia, antes de dormirse y meterse en el mosquitero y encomendarse al ángel de la guarda.

La sorpresa

Su compadre empresario David Puccini le había dicho que le regalaría esa maravilla que él disfrutaba antes que todos la disfrutaran. Sus sábados y domingos ya no eran los mismos desde que esa maravilla había llegado a casa.

Y en uno de los viajes de uno de los capataces de su finca (Las Nereidas), Temístocles le dijo que pasara por la casa de Puccino a recoger el regalo.

El espejo se deshace

“¡Esta maravilla debo mostrárselas a ustedes, pero también a todo Santa Ana!”, le dijo Temístocles a su esposa.

¿Y cuál es esa maravilla de la que tanto hablas? -le preguntó la mujer intrigada.

Un poco de vapor, que salió de la caja cuando el capataz la destapó, dejó sin aliento a los niños.

“¡Salió humo de la caja!”, gritó Óscar.

¿Dónde está la sorpresa, papá? -volvió a preguntar Emilia.

“¡Esperen! ¡Esperen!”, dijo impaciente el padre.

¿Explícame qué pasó? - le preguntó Temístocles al capataz.

El capataz estaba desconcertado. Había traído la sorpresa en una canoa por todo el río, desde Magangué. Pero al destaparla solo vio el aserrín bailando en el agua.

¡Patrón!, ¿el animalito ese como que se fue huyendo y se meó?

¿Cuál animalito? -preguntó Óscar.

¿Nos trajiste un animalito?

¡No! -dijo el padre contrariado.

¡Era el hielo! ¡El hielo!

“¡Ay, papá, yo quiero conocer el hielo!”, dijeron en coro Regina, Emilia y Graciela.

Los vecinos de Santa Ana tampoco habían visto el hielo en 1915.

Un sábado llegó

El capataz madrugó a para traer la sorpresa a la casa. Era una enorme caja enviada nuevamente por su compadre Puccini.

“¡Esto es una maravilla, papá!”, dijo Óscar al tocar por primera vez el hielo.

Parece un espejo que borra las imágenes. Como un río que se deshace en lágrimas. Como la nieve derretida en verano.

¿Y qué te parece la otra maravilla? -preguntó el padre-.

Junto al enorme hielo enviado en una caja relleno en aserrín, venía un tanque de guarapo, de la panela de hoja que se vendía en La Mojana. Sabe a paraíso ese guarapo.

¡Es una maravilla, papá!

¿Quién habrá inventado el guarapo? - se preguntó Óscar Delgado.

“Siempre un curioso, un andariego y un sediento son los que inventan las cosas”, explicó el papá.

El hielo es el mejor invento de nuestro tiempo, diría otro, asombrado en las comarcas del Magdalena.

“Así es”, dijo Temístocles.

Los cuatro niños se miraron en el espejo del hielo hasta que sus imágenes se fueron adelgazando como una lágrima en el suelo.

el hielo de la poesía

Óscar Delgado (Santa Ana, Magdalena, 1910) no solo conoció el hielo de la mano de su padre, sino que conoció la poesía gracias a su biblioteca inmensa. Él le compró un piano de cola y lo matriculó en la escuela de Emirto de Lima. Y lo inició en la pintura. El niño Óscar tocaba el piano y pintaba paisajes y retratos de su aldea a la orilla del río Magdalena. Estudió Derecho en la Universidad Externado de Colombia. En sus años de estudios y residencia en Bogotá, y escribiendo en el diario El Tiempo, en donde publicó sus primeros poemas, conoció a Luis Vidales, a quien consideró un renovador de la poesía colombiana. Fue amigo de los poetas de Piedra y Cielo, cuyo capitán Eduardo Carranza exaltó la singularidad de su poesía. Compañero de tertulias del poeta Aurelio Arturo, con quien forjó una amistad cercana. En uno de sus poemas, alude a Arturo, quien lamentó su muerte y reconoció la grandeza de su poesía.

Óscar Delgado era admirador de la irrupción de la Generación del 27, especialmente de Federico García Lorca. Al igual que Aurelio Arturo, la poesía de Óscar Delgado desató las bridas de una tradición poética.

A él, como a Arturo, no le interesaban la métrica ni la rima. Los dos fueron tras otra música y descubrieron, en las orillas del sur y el norte de Colombia, otras cadencias para nombrar el paisaje humano y natural. Y forjaron una noción de país desde la aldea. Poeta y periodista, Óscar se expresó en la poesía, el periodismo, la música y la pintura.

La noche trágica

Delgado no alcanzó a cumplir 27 años. En una noche absurda y delirante, en Santa Ana y bajo el clima hostigante e intolerante de la política, fue elegido Diputado por el partido liberal. La misma noche de su elección, fue asesinado a machete y a tiros junto a su padre, era el 11 de abril de 1937. Su único pecado era ser liberal en un pueblo conservador y haber sido el orador en Mompox del homenaje póstumo a Enrique Olaya Herrera.

Cuarenta y cinco años después, en 1982, Colcultura publicó por iniciativa del poeta Santiago Mutis un cuadernillo con sus poemas titulado ‘Campanas encendidas’, que su amigo Carlos Alemán Zabaleta guardó entre sus archivos.

Olvidado y desterrado de las antologías poéticas y de la memoria de su aldea y de su país, a Óscar Delgado le bastaron solo una veintena de poemas y otra veintena de prosas para ser uno de los mejores poetas de la historia de Colombia.

La sangre en el hielo

En Santa Ana, luego de aquella noche brutal de 1937, germen del delirio fatal del viernes 9 de abril de 1948, la gente dejó congelado como una flor pisoteada los nombres sagrados de Óscar Delgado y su padre Temístocles, desterrados al hielo del olvido. A Hernán Vargascarreño -tenía que ser un poeta- se le ocurrió crear la primera biblioteca del Caribe con el nombre de aquel niño fascinado por el hielo que sería el más grande poeta de su aldea y uno de los mejores del país, y el pueblo se opuso años después, hasta cerrar la biblioteca y subastar los miles de libros que había en su nombre.

El destino de Óscar es parecido al de Federico García Lorca, poeta de Granada fusilado en 1938, un año después que Óscar. Sangre en el Guadalquivir y sangre en el Magdalena, dice con lágrimas el poeta Antonio Botero Palacio, al pie del puerto de Magangué, donde han sembrado bongas y ceibas los últimos cincuenta años.

Epílogo

He vuelto a recordar a Óscar Delgado al conversar con su amigo Carlos Alemán, que ha celebrado sus 101 años en la soledad de Bogotá. El investigador de Santa Ana, Luis Elías Calderón, estudioso de Óscar, ha rescatado del baúl del olvido la imagen de Óscar junto a sus tres hermanas en aquellos días en que su padre Temístocles los llevó a conocer el hielo. He vuelto a conversar con Santiago Mutis, el editor de ‘Campanas encendidas’ de Óscar. Y me he puesto a llorar viendo los rostros de estos cuatro niños antes de conocer el hielo.

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