Los relojes de Cartagena pierden el tiempo

22 de julio de 2018 12:00 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Hubo una época en que Cartagena de Indias solo tenía tres relojes. Con tres relojes públicos, se midió el tiempo colonial y el tiempo republicano.
En la Colonia, hubo tres relojes de sol en la muralla de la  boca del puente.

Los habitantes y viajeros veían el tiempo en los reflejos del sol sobre la piedra.

Los relojes mecánicos empezaron a medir el tiempo republicano. Los relojes automáticos, el tiempo moderno.

Solo hasta 1873,  la municipalidad trajo un reloj de maquinaria de los Estados Unidos y se erigió en un espacio de la muralla, una torre cuadrada en la que se ve el reloj en sus cuatro caras, nos cuenta Salim Osta, quien lidera el Grupo Conservar, que trabaja con su equipo técnico para que el reloj de la torre despierte de su letargo y vuelva a la puntualidad en el tiempo.

Los relojes  de la ciudad señalan su propia historia.

La ciudad tuvo tres relojes públicos a lo largo del siglo XX.

El reloj de la torre empezó a girar sus manillas  con la maquinaria americano, desde aquel noviembre de 1911, para celebrar los cien años de la Independencia de Cartagena.

El reloj del santuario de Claver marcaba el tiempo, pero a veces, parecía detenerse  en septiembre en cada aniversario de su santo.

El otro reloj del corazón amurallado, ha sido el reloj de sol, entre las piedras de la Catedral, frente al Parque de Bolívar.

La Boca del Puente
La Boca del Puente era una de las puertas de entrada a Cartagena de Indias en la Colonia. Todo su entorno era agua. Entre la Boca del Puente y la Torre del Reloj, hay más de trescientos años de historia.

La Boca del Puente fue construida en el amanecer del siglo XVII, entre los baluartes San Juan Evangelista y San Pedro Apóstol.

Esa Boca del Puente fue testigo del ataque del Barón de Pointis en 1697, de la entrada triunfal de los lanceros de Pedro Romero en 1811, y de la salida del ejército  derrotado del 5 de diciembre  en 1815, en la ciudad sitiada por Morillo.

Entre 1887 y 1888, Luis Felipe Jaspe y su maestro albañil Ignacio Acosta,  construyeron la torre con estilo neogótico que hoy conocemos, sobre la muralla, con dos cuerpos octogonales rematada por un capitel.

En los cuatro rectos del primer cuerpo ya estaban las cuatro caras del reloj. En 1920, la torre fue refaccionada con una cubierta cónica en mampostería.

La maquinaria americana fue reemplazada por una maquinaria suiza.

El viejo reloj pasó a la iglesia de Torices.

Un siglo dando cuerda
El siglo XX tuvo un centinela puntual que le daba cuerda al reloj suizo de la Torre del Reloj.
Era el señor Rafael Flórez Solano, que le dio cuerda al reloj de la torre durante casi treinta años de su vida, hasta que él mismo quedó sin cuerda.

Se fue quedando sin aliento a sus 77 años, y dejó de darle cuerda al reloj, porque desde hacía cinco años, su propio reloj  había empezado a fallarle.

Y  al igual que el reloj, algo muy adentro de él mismo, había empezado a desestabilizarse, como ese viento salado que destrozaba el engranaje de la maquinaria del  reloj y dejaba en  vilo el péndulo bajo el  aire caliente del verano que se hizo eterno.

El señor Rafael Flórez, fue el último de una estirpe de cinco generaciones de su familia, en 117 años, contratado como relojero de la torre.

El reloj de sol
Desde niño vi a mi padre comprobar  la hora en su dorado y redondo reloj de leontina, que se abría sutilmente casi al ritmo de su pensamiento. El tiempo estaba guardado allí debajo de esa portada metálica lisa, que años después, vi con relieves de caballos y trenes.

Honorio mi padre me llevó a mis siete años a ver ese extraño reloj  que daba la hora precisa siguiendo la sombra de luz del sol, en la piel de la piedra, cerca al Parque de Bolívar.

Y luego, me enseñó a hacer mi propio reloj con las paletas de los helados enterrados en un círculo de arena en la playa. Un amigo turbaquero solía decír en los años ochenta, con desmesura intemporal, que el reloj de la iglesia de Turbaco se había detenido justo cuando los indígenas flechearon a Juan de la Cosa. Y los viajeros se despistaban con el reloj detenido. Lo cierto es que en el Caribe no hay  mil relojes que marquen la misma hora, porque hay quienes tienen la costumbre de atrasarlo o a avanzarlo según sus propia lentitud o velocidad.

Cuando se inauguró la estatua de Simón Bolívar en la plaza que lleva su nombre, se instaló un cañoncito que parecía de juguete, donado por el cartagenero Antonio Román, residente en París, que disparaba un fuego efímero cada mediodía, “a través de un lente que condensaba los rayos del sol en el preciso momenro de las doce del día”, recuerda Daniel Lemaitre en una de sus crónicas.

El cañoncito era la señal de mediodía para todos los cartageneros.
¿Qué se hizo ese cañoncito?

Centinelas del tiempo
Mantener la reliquia de un reloj como el de la Torre del Reloj en Cartagena de Indias, es un prueba para los guardianes del patrimonio como Salim Osta, que tiene la devoción de mantener lo patrimonial.

Hay ciudades que mantienen la herencia de los relojes que marcan el tiempo de las últimas centurias.

El reloj de la Torre de los Vientos en Atenas, por ejemplo,  deja ver en una de sus caras de la planta octogonal, un antiguo reloj de sol.

Medir la exactitud del tiempo ha sido uno de los delirios de artistas y científicos.

Tuve el privilegio de ser testigo de la construcción del Calendario Solar en la Escuela Naval Almirante Padilla, diseñado por la genialidad del Capitán de Corbeta, Guillermo Fonseca Truque (1926-2008).

Durante años, el artista estudió el calendario solar de los mayas y de todas las culturas prehispánicas, para diseñar el suyo,bajo el calor de Cartagena de Indias.
Siguió el rumbo de la luz sobre una barra de bronce marcando las horas, los días y los meses. Y logró que el viento dejara su música al entrar sobre unos orificios estratégicos, acariciando barras metálicas suspendidas.

La sal borra el tiempo
Los viejos relojes mecánicos  que marcan la hora oficial del mediodía o medianoche con campanadas, han sido reemplazados por relojes electrónicos en las ciudades del mundo.

El invisible enemigo del patrimonio, además de la inercia o la negligencia humana, es la sal del mar que oxida el metal que toca, la humedad que borra el alfabeto de los recuerdos escritos, el comején que come con certera puntualidad el verso que creíamos salvado del apocalipsis o la foto guardada de la vieja torre recién inaugurada para celebrar el primer centenario de la Independencia de  Cartagena de Indias.

El historiador Eduardo Lemaitre me contó una vez que los propietarios europeos de factorías en la ciudad, pagaban el impuesto del comején, para evitar que a su regreso de sus viajes de ultramar, lo guardado no sucumbiera a la voracidad de estas plagas del trópico.
 

Epílogo
Los relojes pierden su tiempo entre las dos orillas del Mediterráneo y el Caribe.
Las lluvias y los soles mordian la señal del tiempo entre las piedras del antiguo reloj.
El tiempo no detiene su vaivén  en las manecillas de la antigua maquinaria de la Torre del Reloj, que en dos semanas, volverá a girar a su puntualidad.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS