Lourdes de Rumié, en la terraza de las ideas

10 de febrero de 2019 12:30 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Lourdes Del Castillo de Rumié se ha pasado más de la mitad de su vida al frente de la tertulia más antigua de Cartagena: la academia de arte y cultura La Terraza, que, en 2019, tiene setenta alumnos. Todo nació en la terraza sombreada de trinitarias de su casa, que, luego de cuarenta y cinco años, se convirtió en la terraza de las ideas. Ella pudo quedarse quieta en el remanso del atardecer frente al mar, jugando cartas con sus amigas, eternizarse en la portada de la revista Selecciones Reader´s Digest de agosto de 1956, pero desde joven supo que ese no era su destino: junto a la pasión de criar hijos, se inventó una serie de cursos de arte y literatura, de lunes a viernes, y de febrero a noviembre. Comenzó el pasado lunes 4 de febrero y continuó el miércoles, jueves y viernes, con la Historia del Arte, y el martes con apreciación de la música. Por su terraza han pasado historiadores, antropólogos, literarios, músicos, artistas y empresarios de sueños. Una vez, intimidada ante el rigor del historiador Eduardo Lemaitre, le propuso que le dictara un curso sobre la fundación de Cartagena, y el autor de Historia general de Cartagena de Indias, quien no solo aceptó, sino que desarrolló un magistral recuento de la historia de la ciudad, que Lourdes y Carmencita Delgado de Rizo grabaron en cada una de sus sesiones, y hoy es un documento maravilloso para conocer de manera didáctica, en la placidez de una terraza, los entresijos inesperados de la historia local. Acababa de llegar de Sahagún cuando supe de la existencia de esta tertulia y centro de formación sin ínfulas en Cartagena, y allí fui a parar de la mano de mi amiga Marta Jasbón, y me matriculé en unos cursos de filosofía y antropología que dictaba Willy Caballero. Tuve mis reservas al principio, pero cuando conocí a Lourdes, delgada, hiperactiva, apasionada y con una curiosidad insaciable por el conocimiento, comprendí que no era un rico embeleco del ocio, sino una necesidad imperiosa del espíritu y un deseo del corazón. Los primeros profesores de la tertulia y academia cultural eran el antropólogo e investigador Willy Caballero, el escritor Juan Dáger Nieto, el artista Gastón Lemaitre, el profesor Everardo Ramírez, el escritor y humanista Ramón de Zubiría, y su discípulo, un profesor invitado y meditabundo, aventajado de la filosofía, consentido por Ramón De Zubiría: Nayib Abdala, que no deja de sorprender en su sigilo, en su discreta sabiduría.

La terraza empezó con la historia de Roma, desde el amanecer de los romanos hasta los etruscos, la tormentosa historia de las monarquías en el mundo, los imperios efímeros y delirantes, la vida de Julio César, la creación del cristianismo con Constantino hasta 480 años, después de Cristo, con la llegada de los bárbaros y el final del imperio romano. Continuó con el arte barroco en Italia, el arte religioso, la vida de los jesuitas, los papas del siglo XVII, Paulo V e Inocencio X, la vida del escultor Gian Lorenzo Bernini y el pintor Caravaggio. Prosigue la historia del romanticismo inglés, de la aristocracia a la democracia, el poeta Lord Byron, Walter Scott, la Escuela Victoriana y la Escuela Pre-Rafaelita. En la música, el estudio de la pianista Camille St. Sáenz (1835-1921) y su concierto para piano interpretado por Arturo Rubinstein. La música de Isaac Albéniz, Joaquín Turina, Enrique Granados, Manuel de Falla, Federico Mompou. “Mi pasión por los estudios se la debo a mis hermanos Nicolás y Alberto Del Castillo Mathieu”.

Poco antes de abrir su terraza a las ideas, estuvo cerca de cinco años moldeando pudines para cumpleaños y bodas, unos pudines a los que le inventaba con azúcar, monicongos de la literatura universal: Blanca Nieves y sus siete enanitos, Caperucita Roja sin el lobo, y otras curiosidades. Pero más que esas tentaciones efímeras, pudo su vocación por las artes. “La alegría más grande de mi vida, son mis clases”, dice Lourdes de Rumié, nacida en el Pie de la Popa, el 9 de junio de 1936. Pero su alegría estalla de delirio cuando ve a sus nueve nietos y a sus cuatro bisnietos. “Mi padre era Nicolás Del Castillo Stevenson, empresario, comerciante de una ferretería, un hombre alto y bondadoso, que andaba en un Jeep verde y recogía a todo el mundo que venía desde el Pie de la Popa al centro de la ciudad. Su nodriza, Lorenza, una negra de Bocachica, fue como una segunda madre. Él la adoraba. Era un ser de una inocencia insólita, un ser de una nobleza y una bondad fuera de serie: un día mi padre le regaló un televisor, y Lorenza frente al televisor, ya se estaba cabeceando, a punto de dormirse. Apagó el televisor y se puso la bata de dormir. Luego, volvió a prender el televisor. ¿Por qué lo apagaste? Le preguntó Reyes Julio, su hija. En la pantalla estaba aún Fernando Pacheco, el animador de televisión, y Lorenza le explicó a su hija: ‘No puedo ni debo desvestirme frente al televisor, porque ese señor que está ahí puede verme’. Murió a sus 103 años y fue velada en la sala de la casa y sepultaba en el mausoleo de la familia Del Castillo. Su hija siguió en casa. No tuvo descendencia. Vendía cocadas. Murió a los 98 años. También está en el mausoleo familiar. Mi padre era muy casero, pero le gustaba ir los fines de semana a su finca por las tardes, encontrarse con su amigo Luis Mufarri, que era gallero como él. Mi madre, que iba a llamarse Carmen, terminó llamándose Honorina, como su madre que murió en el parto. Era una mujer cariñosa, preocupada por la educación de todos nosotros, muy religiosa, amiga del padre Salazar”.

En la sala de la casa de Lourdes, están los cuatro óleos de sus hijos, pintados por ella: Carlos Andrés, el mayor, de 1957; Ruby, la gran artista, de 1958, “de quien me siento muy orgullosa, y me arrepiento de haberle insistido en que siguiera pintando retratos, cuando su camino era el que ha querido transitar, con el éxito con que lo ha hecho. Mis hijos los tuve casi con un año de diferencia cada uno, Jorge Enrique de 1959, y Sergio Rumié del Castillo, de 1961”.

Con todos sus recuerdos, podría escribirse un libro. Y al hablarle de libros, me dice que relee la novela ‘Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcenar; ‘María Estuardo’, de Stefan Zweig; ‘El mundo de la bella Simonetta’, de Germán Arciniegas; la obra del psicoanalista Sigmund Freud, y ‘David Copperfield’, de Charles Dickens.

Epílogo

Nada impide que siga en la terraza de los sueños. Está lúcida, activa y feliz a sus 83 años. Se quebró la cabeza del fémur hace dos años, y batalla contra la osteoporosis, en pie, leyendo, investigando, y convocando a nuevos cursos de arte, música y literatura. Tiene cierta nostalgia de la ciudad pequeña donde todos se conocían, antes de que el mundo llegara a Cartagena. Y evoca a seres maravillosos que han pasado por su terraza, como Alejandro Obregón y Enrique Grau, de quien conserva el tesoro de uno de sus primeros óleos de 1940, antes de irse a Nueva York. Por la terraza de su casa sopla el viento helado de febrero y despetala las trinitarias. Y ella sonríe como el primer día en que se inventó la más antigua de las tertulias.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS