Ludsen Martinus, cazador de sinfonías

19 de enero de 2020 04:00 AM

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Ludsen Martinus es un cazador de sinfonías. Vino esta tarde acompañado de un amigo violinista y tuve la impresión de que los había visto hacía mucho tiempo a los dos. Pero la memoria tiende trampas. Ludsen apenas tiene veinte años, y su amigo también. Solo al final de este encuentro, comprobé que su amigo había venido hacía años a unas clases magistrales desde Santa Marta y no tenía donde quedarse, y mi hijo le brindó su habitación para que se quedara, junto a otros dos violinistas.

Ludsen Martinus (1999), es el más joven de los compositores de Cartagena. Desde los doce años compone sinfonías y a sus veinte años, el Cartagena Festival de Música 2020, le estrenó su obra ‘Paisajes caribeños’, en los que introduce un soukous engendrador de la Champeta.

A dos días de ese estreno de Ludsen, se estrenó ‘Pickó Brevis’ del cartagenero Francisco Lequerica (Cartagena, 1978), interpretada por la Orquesta de Cámara de Colombia. El año 2020 es un año histórico: dos composiciones de músicos cartageneros presentaron obras basadas en un ritmo de ancestros africanos, en formato sinfónico.

En 2015, otro joven músico cartagenero, Luis Jerez estrenó en el Cartagena Festival de Música, su obra ‘Macondo’, Egresado de Unibac, fue escogido por la Sinfónica Nacional de Colombia, como uno de los seis mejores compositores sinfónicos del país, menores de 28 años, durante el 2012 y 2013. Su composición sinfónica en homenaje a García Márquez, fue interpretada por la Orquesta Juvenil de Cartagena y el Ensamble Mediterráneo. Su composición es una mezcla de cumbia sinfónica con la herencia universal de la música, el aporte de la academia y el latido del Caribe en Cartagena. Los tres músicos, sin proponérselo, siguen las huellas de Adolfo Mejía, quien en 1938, en ‘Pequeña suite’, introduce en uno de los movimientos una cumbia.

Mientras converso con Ludsen Martinus pienso en el año 1999 en que nació y en la historia de la champeta que antecede al joven músico en más de una década.

Una historia filuda

A principios de los años ochenta del siglo XX, en Cartagena, la palabra champeta era algo más que un cuchillo pequeño con que carniceros y vendedores, cortaban la carne, en el mercado de Bazurto. También era una peinilla metálica pequeña en forma de trinche con la que los jóvenes de su tiempo se hacían el peinado afro. Era como un trinche que agigantaba los cabellos. Champeta derivó en otra palabra más allá del cuchillo, la carne y la peinilla guardada en el bolsillo de atrás del pantalón: Champetúo.

Champeta y champetúo fueron palabras contradictorias, estereotipadas y despectivas, que pendulaban en el eufeminismo de nombrar lo marginal pero que entrañaban una profunda rebelión, resentimiento social y también una catarsis contestaria contra todas las formas de discriminación social y racial. Champetúo se convirtió en una manera de ser, de vestir, de caminar y de bailar. Lo africano prevalecía en la expresión y en su significado.

Las músicas de África llegaban de contrabando al puerto local y se proyectaban clandestinamente en las fiestas de los fines de semana en los enormes escaparates de música que eran los picós, que además de promover la música africana, creaban grabaciones de exclusividad en las que su propietario se ufanaba de tener una música que nadie más tenía, una novedad para celebrar en comunidad. La globalización llegaba en barco, pero no existían ni la internet ni los teléfonos celulares.

Esta realidad social y musical tuvo en Cartagena un escenario propicio y un festival que fue una plataforma de reconocimiento: el Festival Internacional de Música del Caribe, que legitimó las músicas del Caribe continental y de África, presentándolas en la Plaza de Toros y en la vieja Plaza de la Serrezuela.

(Lea aquí: Leonardo Federico Hoyos vive para la música)

Champeta para Ludsen

Pensé que Ludsen Martinues era un nombre artístico. Son sus nombres de pila. Pero no usa el apellido paterno ni materno para evitar equívocos. ‘Mi padre es de Curazao, de apellido Cecilia, y mi madre Flor de María Acevedo Acevedo, santandereana. Yo nací en Cartagena. Mi abuela de Curazao tiene ancestros cubanos. Me crié con mi madre y fue ella la primera en llevarme a un concierto sinfónico. Estudié la primaria en la Escuela La milagrosa, en Getsemaní.Un día llegó a la escuela el programa Músicas por Colombia, y me interesé en participar. La oferta era la flauta, el trombón o el saxofón. Elegí el saxofón alto y el saxofón tenor. Recibí clases de música con Bibiana Martelo. Aunque mi camino inicial fue el violín y el piano, mi interés ha sido siempre la composición y la dirección musical. Terminé mi bachillerato en las Escuelas Profesionales Salesianas. Pedía permiso en el colegio para asistir a clases de música del maestro Germán Céspedes, director de la Orquesta Sinfónica de Bolívar. Tenía quince años cuando le presenté a él una de mis composiciones. Se llamaba ‘Fantasía sinfónica’. El maestro me preguntó qué estudios tenía, qué sabía de armonía y contrapuntos y con quién estaba estudiando música y le dije la verdad: Con nadie. Me facilitó libros de Jacqueline Céspedes, su hermana musicóloga, especializados en teoría y contrapunto. Él me abrió el camino para mejorar la técnica de la composición. Al final de ese año, el maestro Céspedes me sorprendió al incluir en su repertorio de 2015, el estreno de ‘Fantasía sinfónica’, con la Orquesta Sinfónica de Bolívar. Mi gran deseo era estudiar música. Me fui a Barranquilla a la Universidad del Norte a estudiar violín. Estuve un año con Pablo Vásquez, Izabel Mandache, Humberto Ramírez.

En teoría tuve a José Miguel Vargas. Luego, me presenté en unas audiciones en la Universidad Nacional en 2017. Fui admitido y allí estudio hoy, Voy por el quinto semestre en Dirección.

(Vea aquí: [Video] La champeta sonó en el Cartagena Festival de Música)

Ese año 2017 hice una composición para un trío e incluí una champeta.

La obra ‘Paisajes caribeños’ (2018) forma parte de esa búsqueda de mi propio sonido. Estaba en la casa y la música fluyó como un viento que atraviesa las ventanas, y era un soukous, precursora de la champeta, que estructuró el primer movimiento. Se trataba del soukous ‘Tantina’ que entre nosotros se conoce como ‘El satanás’, del músico congoleño Lokassa Ya M´bong. Toda composición tiene su inicio, nudo y desenlace, y este inicio era la música de Lokassa. Trabajo la estructura de una melodía y su ritmo y la desarrollo. En ese desarrollo hay contrastes entre lo emocional, la calma y la euforia in crescendo. Al inicio le sigue la sonoridad clásica. Mis maestros han sido Blas Emilio Atehortúa que acaba de fallecer, Francisco Zumaqué, Carlos Chávez, silvestre Revueltas, Jorge Pinzón, entre otros. Recuerdo que mis amigos me decían: ¡Estás loco¡ ¡Cómo vas a meter un champeta en una música clásica? Creían que el reguetón y la champeta eran lo mismo, y tuve que explicarles que la champeta tiene más razones sociales, rítmicas y tímbricas. No sabía que en Cartagena, el músico Francisco Lequerica estaba trabajando en sus Champetas Sinfónicas. Lo conocí después y somos amigos.

Mi proyecto era hacer en formato de champetas una serie como lo hizo el brasileño Heitor Villa - Lobos con sus Choros. En 2018 estaba trabajando en una serie de cuatro composiciones que había titulado ‘Champetas’. La primera era para piano. La segunda para cuarteto de cuerdas. La tercera para clarinete. La cuarta para orquesta sinfónica.

Escribo a mano. No busco rivalizar con las músicas regionales, pero deseo que mi música tenga que ver con nuestro paisaje y nuestra historia.

Epílogo

Descubro ahora que los tres músicos que han intentado esta hazaña de integrar los sonidos de Cartagena en el formato sinfónico, han sido abandonados por sus padres. Que además de su talento, han sido aguerridos en su propuesta artística.

Ludsen me dice cerca de cumplir sus 21 años, que no le pierde tiempo a ningún vicio. Ni a la bebida ni al cigarrillo. Solo a la música. Es un joven convencido de su destino creativo. La música lo toca y lo posee.

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