María Alejandra vive la pesadilla de El Carmen de Bolívar

14 de septiembre de 2014 12:02 AM

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Eran las 9:30 de la mañana en la vereda Loma Central (corregimiento de El Carmen de Bolívar).

María Alejandra Montez Hernández sentía un fuerte dolor de cabeza, mareo y hormigueo en sus extremidades. Se desvaneció en medio de la clase. Su padre, desesperado, tuvo que amarrar una hamaca en dos troncos para poder cargarla, pedir ayuda a los vecinos y caminar con ella en hombros varios kilómetros de sendero pedregoso hasta llegar al caserío de La Cansona para que una ambulancia la trasladara a la zona urbana.

Había despertado a las 5 de la madrugada, desayunó agua de panela caliente, carne en bistec y un poco de bastimento que su padre había recogido de la finca hacia algunos días. Su rutina normal, en caso de que no le hubiese ocurrido el episodio fastidioso que la alejó de su casa, habría continuado con  su jornada escolar, almorzar, hacer las tareas, lavar los platos y si la inspiración la acompañaba, escribir algún poema debajo de su árbol de mango favorito.

María, tiene 18 años, está en décimo grado en la única escuela que tiene Loma Central, ama escribir poemas, leer y espera desarrollar un proyecto de medicina naturista para ayudar a las personas que habitan en la vereda porque le conmueve las dificultades que tienen que atravesar sus familiares y vecinos para acceder a los servicios médicos en la población.

Sin embargo, desde el pasado 27 de agosto, cuando se desmayó en el salón de clase, tuvo que posponer este proyecto que ya adelantaba con uno de sus profesores. Al parecer porque es víctima de una extraña enfermedad que está afectando a las niñas de entre 9 y 18 años que habitan en el municipio de El Carmen de Bolívar y sus alrededores.

Algunos rumores dicen que la causa de esta enfermedad es un mal que está volviendo locas a las niñas, otros lo atribuyen a las hormonas que les están pidiendo a gritos los placeres que otorga la virilidad, los más escépticos y racionales afirman que es a causa de una vacuna (contra el VPH) que le aplicaron deliberadamente a las menores en las escuelas. Uno que otro opina que es debido la calidad del agua. Sin embargo, los estudiosos de la psiquis manifiestan que no es ninguna de las anteriores hipótesis, que, al contrario, es una enfermedad psicogénica masiva que está regada como chisme de manera inconsciente, pero que no tiene origen biológico sino mental y por tanto el trabajo de curarlas debe ser otorgado a los psiquiatras y psicólogos.

Los más críticos se basan en los antecedentes gubernamentales y se atreven a decir que detrás de todo está la corrupción política, que, entre otras cosas, pudieron haber mezclado o cambiado el lote de vacunas que fue enviado a la población para sacar beneficios económicos o que en el peor de los casos están ocultando las verdaderas razones de lo que pasa para no dañar la imagen del gobierno. Lo único cierto es que no hay certeza de nada y que a María le cambió la vida en poco tiempo.

Ahora vive hacinada en casa de su abuela materna junto a 14 personas más. Ella, sus padres y tres de sus hermanas empezaron a padecer los síntomas. Tuvieron que dejar su casa para poder estar cerca del hospital municipal. Allí William Montez, su padre, tiene que acudir a sus amigos y conocidos para que le ayuden con el dinero que necesita su familia para alimentarse, debido a que su única fuente de ingreso son los cultivos de yuca, ñame y aguacate que tiene en su finca y que en el momento está descuidada porque la situación de sus hijas no le permite viajar constantemente a verificar que sus otros 5 hijos estén cortando la maleza, limpiando el terreno de los cultivos y vigilando que los animales no dañen el sembrado. En ocasiones, William se inventa diligencias fuera de la casa para que María, la más astuta de sus hijas, no se de cuenta que no ha comido, porque solo pudo conseguir desayuno o almuerzo para ellas.

A veces María Alejandra tiene la sensación de haber sido desplazada nuevamente de su casa como cuando era pequeña. Solo que esta vez la razón no es la violencia ni las amenazas de grupos armados, sino una enfermedad que la mantiene en incertidumbre. Es un miedo que siempre tiene presente y que se le manifiesta en situaciones que la preocupan, a pesar de que ella y su familia hace algunos años pudieron regresar a sus tierras. Su único escape cuando esto le ocurre son las letras que escribe bajo la sombra de aquel árbol de mango frondoso.

La situación se parece al desplazamiento porque al igual que cuando esto les ocurrió, William, se gasta los días de reunión en reunión, esperando que alguien le ayude con la situación de sus hijas, pero parece que hasta el momento solo puede guardar las esperanzas en las distintas promesas que le han hecho las entidades gubernamentales (Lea aquí: Han atendido a 457 niñas en El Carmen) .

En casa de su abuela, María no tiene la tranquilidad que le regala el campo para dedicarse a leer literatura. Sus primos pequeños, hermanas, tías y demás familiares no pueden ubicarse entre los dos cuartos, la sala y la cocina. Además, el pequeño televisor siempre está encendido como medio de distracción constante quizá para amenizar la situación de pobreza y los problemas de salud. En lugar de una novela de Gabriel García Marquez, quien es su escritor favorito, ella vive su propia historia mágica y realista que espera dar a conocer en alguno de los libros que planea escribir, porque a esa profesión quiere dedicar su vida.

Sus primeros textos tomaron forma alrededor de los 10 años, cuando se alejaba de todos sus hermanos para plasmar sus pensamientos en un cuaderno. La maravillaba la sensación de desahogo y adrenalina cuando lograba expresar lo que quería. Desde ese momento ha participado en diferentes concursos en el colegio donde estudia, incluso hace poco compitió en un intercolegiado. Algunas personas le han prometido publicar sus poemas porque dicen que tiene talento, pero hasta ahora, nadie le ha cumplido.

Sin embargo, su padre cree que su hija está hecha para cosas grandes y que publicará sus escritos en medios reconocidos. Por eso no se queja cuando María no les comparte algunos de sus textos. Sabe que detrás de este acto hay una razón importante. Sólo se conforma con aquellos que su hija decide recitar en familia.

Por ahora, María Alejandra, tal y como siempre le sucede con una idea que la persigue, se distrae preguntándose si alguien ha logrado hacer una analogía de lo que parece un desplazado, sobretodo en estos momentos que sus afecciones de salud le recuerdan su experiencia de 1999, cuando siendo muy pequeña abandonó su casa.

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