Facetas


María José Pizarro: “A mi padre lo condenaron a muerte por firmar la paz”

GUSTAVO TATIS GUERRA

04 de septiembre de 2011 12:01 AM

Allí está el sombrero blanco como una metáfora de la paz. Y la cartuchera sin el revólver fundido para una escultura para la paz. La sombra y el espíritu de Carlos Pizarro Leongómez (Cartagena 1951- Bogotá 1990).
Su hija María José Pizarro organizó una muestra fotográfica e iconográfica que evoca al asesinado candidato presidencia. Se trata de Ya vuelvo, que se exhibe en el Centro de Formación de la Cooperación Española, con más de medio centenar de fotografías, objetos y recortes de prensa.
Carlos Pizarro fue líder de la guerrilla del Movimiento 19 de Abril (M-19). Dejó las armas, firmó la paz con el gobierno, se reintegró a  la vida civil y aspiró a la presidencia por el movimiento político Alianza Democrática M-19, surgido del grupo guerrillero M-19. Fue asesinado por órdenes de Carlos Castaño Gil, jefe de las autodefensas campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU).
La exposición se hace posible gracias a la Embajada de España en Colombia, la Agencia Española de Cooperación Internacional, Casa América Catalunya y Fundación Carlos Pizarro.

¿Cómo recuerda a Carlos Pizarro, su padre?
—Como un hombre extremadamente cariñoso, sereno, no alzaba la voz, no exigía cosas que él no hiciera o transmitiera a través del ejemplo propio. Usted sabe que él dirigió en el M-19, El Batallón América, con 400 hombres y su vida tuvo un giro extremo al pasar de lo militar a desmovilizarse y proponer la paz, luego de combatir de frente y haber sido primer comandante, enseñando técnicas de ejército. Él cuestionó muchas acciones armadas de su movimiento. Era muy autocrítico con sus propios errores.
¿Qué cree usted heredar de sus padres, los dos vinculados a la militancia de izquierda?
—Bueno, creo heredar de mi padre, además de sus ojos y sus manos, cierta velocidad y acelere para vivir. Su baja de estatura como mi madre, 1metros con 53 centímetros y pies talla 38. Lo más importante es heredar las utopías y las convicciones de mis padres. Me escribió una carta de despedida en 1984 cuando se fue a la guerra y me entregó un oso de peluche.

¿A qué le tiene miedo?
—Miedo a la guerra. A la muerte. A la destrucción. A la falta de utopía de nuestra generación que la percibo dormida. ¿Cómo despertarla de su letargo? Me da miedo que la muerte no sirva para nada.
¿Dónde nació usted y qué edad tiene?
— Nací en Bogotá el 30 de marzo de 1978, muy cerca del Cantón Norte.
¿Qué momentos recuerda con su padre?
—El día que pasamos unas Navidades en Pinar del Río, Cuba, luego de tres años de  cárcel. Mi papá al igual que mi mamá fueron torturados en la cárcel. Mi padre requería de ciertos medicamentos para su salud porque era epiléptico. En la cárcel llegó a convulsionar. Fue una enorme felicidad reencontrarnos con nuestros padres a la salida de la cárcel. Nos fuimos juntos para Cuba. Allá se me cayó un diente y lo dejé debajo de la almohada a Ratoncito Pérez. Al despertar, encontré una muñeca de trapo. Una negra con moños.  Por las noches salíamos a caminar y en esos largos paseos él iba contándonos cuentos que eran las historias de Cien años de soledad, de García Márquez, uno de sus libros preferidos. En algún momento él se sintió como el Coronel Aureliano Buendía y llegó a llamarse el Comandante Aureliano. También el Comandante Antonio por recordación y homenaje a Antonio Nariño.  Viviendo así en la clandestinidad, los momentos vividos con él fueron contados, pero especialmente inolvidables.
¿Cuál cree usted que es el más grande legado de su padre?
—Su libertad de pensamiento, independiente, rebelde, que no tuvo miedo de reinterpretarse a sí mismo en caminos diferentes. Se rebela con su propia posición familiar, se va a la guerrilla y también cuestiona su propio movimiento. Tenía un gran conocimiento de la historia colombiana y mundial y es condenado a muerte por firmar la paz. Lo percibo ahora como un pensamiento más cercano al socialismo bolivariano que a la izquierda recalcitrante y armada.
¿Qué cree usted que hubiera pasado si estuviera hoy entre nosotros?
—Es probable que hubiera ganado las elecciones presidenciales. Él se desmovilizó el 8 de marzo de 1990 y en abril de ese mismo año, tenía ya el 60 por ciento de favorabilidad en las encuestas. Para la Alcaldía de Bogotá logró sacare 80 mil votos. En 8 días de campaña se convirtió en la tercera fuerza política del país. El 26 de marzo de 1990 fue asesinado por un joven sicario en un vuelo de Avianca que iba a Barranquilla. El muchacho había entrado al avión con su metralleta mini Uzi, que escondió en el baño y se ubicó detrás de él para asesinarlo.
¿Quiénes estuvieron involucrados en su muerte?
—En este magnicidio político, crimen de lesa humanidad, estaban involucrados algunas fuerzas del Estado que no les interesaba esta propuesta de paz. Carlos Castaño confesó el crimen. Si usted recuerda, el joven sicario fue ultimado allí en el avión.
¿Desde cuándo inició el rescate de la memoria de su padre como líder, 21 años después de su muerte?
—Tenemos nueve años de estar cohesionando documentos, videos, objetos, cartas, material de prensa, entre otros, para hacer visible al hombre político que era Carlos Pizarro. Para la exposición Ya vuelvo que se exhibe en el Centro de Formación de la Cooperación Española, reunimos más de medio centenar de fotografías y materiales de prensa. Conservamos sus zapatos talla 42 que llevaba puestos cuando lo asesinaron, su sombrero blanco que se convirtió en símbolo de paz, la cartuchera de su arma fundida para la paz. Todo esto es un paso para culminar en la biografía de Carlos Pizarro.
¿Qué música le gustaba a su padre?
— Es curioso pero a mucha gente se le olvida que mi padre nació en Cartagena, le gustaban los vallenatos y la música llanera. Poco antes de su muerte, había sido invitado al festival vallenato. Era mal bailarín de salsa. Le encantaba la canción Nuestro sueño,  del Grupo Niche. Mi padre seducía con su verbo al hablar, pero no era coqueto. Creo que eran las mujeres las que lo perseguían. A lo largo de sus 39 años de vida, tuvo tres mujeres: Miriam Rodríguez, Laura García y Élida. Al morir, dejó cuatro hijos: Claudia, María del Mar, Carlos Andrés y yo.

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