María Kodama, metáfora encarnada de Jorge Luis Borges

27 de octubre de 2019 12:00 AM

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María Kodama es una mujer delgada, ataviada con un vestido blanco, tejido, el cabello blanco está cortado simétricamente y sus hebras bailan sobre sus hombros, con un brillo demasiado blanco, casi metálico, y su mirada vivaz conserva la curiosidad de aquella niña de dieciséis años que embrujó a Jorge Luis Borges, cuando le contó que quería estudiar anglosajón e islandés, y el poeta desde la otra luz de su ceguera, le dijo: “¡Estudiemos juntos anglosajón e islandés!”.

Los ojos de Kodama atraviesan el vidrio de sus lentes redondos, le digo que he visto sus fotos de su paso por Cartagena junto a Borges, el 19 de noviembre de 1978, y ella me dice asombrada: “¡No puede ser!”. Y le cuento que esas fotos de su viaje por Cartagena y Medellín las hizo Jairo Osorio, y me dice que quiere verlas, y me escribe la dirección de su casa en Buenos Aires.

Cuando Carlos Marín me contó que María Kodama era una de las invitadas al festival Un río de libros, la más grande convocatoria de lectura que exitosamente se realiza en Montería, le dije que era un milagro fantástico. Pero fue una gigantesca sorpresa saber que no solo había aceptado participar en dos conversatorios sobre Borges, sino que además contaría algunos recuerdos de su vida junto al poeta.

“Me conformaré con solo verla y hacerle dos o tres preguntas”, le dije a Carlos. Pero Carlos me propuso que dijera sobre ella unas palabras breves antes del segundo conversatorio. “¡Un honor!”, le dije. Kodama no es solo la viuda de Borges, sino su último y gran amor. Antes de saludarla, entrecruzando mis manos en mi corazón, hasta lograr tocar su mano, le dije: “Eres una metáfora encarnada de Borges”. Y al decirlo públicamente delante de un auditorio colmado de asombros, dije que debíamos ponernos de pie todos para saludar a María Kodama, cuyas seis sílabas quedaron talladas en las cinco sílabas de Borges, y los dos conjugaron el poema a través de sus vidas. Con ella se casó Borges el 26 de abril de 1986, poco antes de emprender el camino a la eternidad, murió el 14 de junio de 1986. Pero Borges ya había entrado al corazón de María desde que era una niña, al leer por primera vez uno de sus poemas, y al escucharlo en una conferencia a sus doce años, a la que asistió invitado por un amigo de su padre que era devoto de Borges. Ella quedó habitando en sus poemas como en la vida del escritor desde que empezaron a estudiar juntos el anglosajón y el islandés, a sus dieciséis años, y desde 1975 lo acompañó en más de medio centenar de viajes por el mundo. Ella ha perdido la cuenta.

Escenas de infancia

Ella, nacida en Buenos Aires el 10 de marzo de 1937, hija del japonés Yosaduro Komana y María Antonia Schweizer (de padre alemán), cuenta que su padre quiso que fuera pintora. Tenía cinco o seis años cuando ella le preguntó a su padre qué era la belleza, y el padre sacó un bello libro de arte que ella aún conserva, y le mostró la escultura griega sin cabeza de Victoria de Samotracia, desenterrada del olvido en 1863, y de la que se conserva en el Museo del Louvre la base, el torso, las piernas y su ala izquierda. La niña perpleja preguntó si aquello que no tenía cabeza podía ser la belleza, y el padre le explicó: “¿Es acaso la belleza una cabeza?”. Y la invitó a mirar la túnica agitada por la brisa del mar. ¡Esa es la belleza! La figura alada camina desde un barco invisible y su túnica mojada por las sílabas del mar ondean en el tiempo. Allí aprendió ella una de sus primeras lecciones de arte.

También aprendió desde niña a amar la música. La madre tocaba el piano. El padre le enseñó que es imposible vivir en libertad sin asumir responsabilidades. A ella le gustaba subirse a la copa de los árboles. Una vez se subió a un pino enorme. El padre le dijo: “Pueden ocurrirte tres cosas: una, que te caigas y te mueras. Que te caigas y quedes tonta. O te caigas o no puedas volver a caminar”. Ella se subió y se cayó. Despertó en el hospital. “¿Entendió lo que era subir?”, le preguntó el padre. Jamás se le volvió ocurrir subirse a los árboles.

El espíritu japonés

Sus padres se separaron. Prevaleció el espíritu japonés dentro de ella, la religión sintoísta de su padre y la filosofía del silencio con que acaricia con suavidad todo lo que contempla. Ella es gnóstica, como Borges. Con la sutileza de su humor hizo un pacto de amor más allá de la muerte con ella, conviniendo que si existía la reencarnación se encontrarían en los siglos impares. Kodama se sonríe al definirse sintoísta: “Tengo ocho mil dioses”. Y a esta religión, Borges escribió en su poemario ‘La cifra’ (1981), el poema ‘Shinto’: “Ocho millones son las divinidades del Shinto/ que viajan por la tierra, secretas/ esos modestos números nos tocan/ nos tocan y nos dejan”.

En su poemario ‘La moneda de hierro’ (1976), le dedicó a María Kodama su bellísimo poema ‘La luna’, y en los tres últimos poemarios le consagró tres dedicatorias en cada una de sus Inscripciones que anteceden al prólogo. En la Inscripción del 17 de mayo de 1981, dice: “Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines, del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio”.

María Kodama reveló varios secretos a su paso por Montería: dijo que jamás Borges había ido a encontrarse con Pinochet , como lo dijeron los periodistas. A Borges le entregaron el Honoris Causa en la Universidad Católica de Chile, y el protocolo contempla que sea el presidente de turno quien lo entregue. Lo mismo ocurrió con el encuentro con Videla, y allí estaban muchos escritores junto a Borges, pero la prensa solo nombró a Borges, que estaba al tanto de los juicios orales contra la dictadura. Contó que lo llamaron de Suecia para preguntarle si era cierto lo de Chile, y Borges dijo que nadie le prohibiría viajar donde él quisiera. Viajo donde quiero. Él no estaba en el juego político. Un hombre no debe sobornar ni dejarse sobornar. No nos hagamos ilusiones, dijo a propósito del Premio Nobel de Literatura. Es preferible ser el eterno aspirante y no ser una cifra más de una lista. Nadie se arrepiente de haber sido valiente, era una frase suya. La ética de la verdad tiene consecuencias. Creía que lo más importante era la obra y no la persona. Era un hombre fascinante y divertido, a quien le gustaba conversar. Los taxistas no le cobraban en Buenos Aires, y él les preguntaba por sus hijos y sus familias. Le gustaba ir a los cafés. Viajamos en globo una vez y llevamos una botella de champaña para brindar desde el aire. Le gustaban las milongas, pero no los tangos lacrimosos de Gardel. En la biblioteca de Borges había libros que no eran solo de literatura, contó María. Libros de física, filosofía, matemática, historia. Pese a ser un lector devoto de Arthur Schopenhauer, Borges era optimista. Le encantaban los idiomas.

En Montería contó, en el conversatorio con Alejandro Gaviria y Carlos Marín, que en un instante Borges presintiendo el final en Ginebra, quiso tener dos sacerdotes, uno católico y otro protestante, por la madre el primero, y por la abuela el segundo. Habían realizado una larga y triunfal gira por Italia, antes de llegar a Ginebra, donde Borges fue feliz a principios de siglo. Y al llegar le dijo a Kodama: “No regresemos a Buenos Aires. ¿Te sientes mal?”, le preguntó ella. “No”, dijo él. “Alquilemos un apartamento en la ciudad vieja y nos quedamos en Ginebra”. El médico le dijo a Borges: “Si quiere volver, puede volver a Buenos Aires”. A Ginebra fueron a visitarlos varios amigos, entre ellos Marguerite Yourcenar. En Ginebra empezó a dictar el último poema: ‘Hábitos’. Era perfeccionista. Kodama recuerda sus conversaciones con sus editores. Una vez le dijo al editor: “Cambie, por favor, esta palabra”. Y el editor le dijo que ya no podía hacerlo porque el libro ya estaba impreso. “Bueno -le decía Borges-, la corregiremos en la próxima edición”.

Los hilos milagrosos

No es casual que el rector de la Universidad Javeriana esté sentado ahora junto a Kodama. En 1963, esa universidad le otorgó a Borges el Honoris Causa, cuyo rector era el cartagenero Ramón De Zubiría. En ese viaje escribió el poema ‘Elegía’, en el que nombra a Colombia, y de esta evocación y experiencia por el país escribió ‘Ulrika’, su mejor cuento de amor dedicado a María Kodama, y cuyo protagonista es un profesor de la Universidad de los Andes llamado Javier Otálora, enamorado de la joven noruega Ulrica, en York, Inglaterra. A María le brillan los ojos detrás de sus lentes redondos: “¡Está dedicado a mí!”. La joven Ulrika es María Kodama y el colombiano del cuento es Javier Otálora, alter ego de Borges. En la tumba de Borges en Ginebra, están talladas las palabras de Ulrika para Javier. Una historia de amor en la que Kodama y Borges son ahora ese verso que palpita en el tiempo.

Epílogo

María dice que ella nunca sintió que estaba al lado de un ciego, sino de un clarividente. “Él preguntaba y yo le decía estamos cerca a una escalera. ‘Cuántos escalones tiene la escalera’, preguntaba él”. Y él ascendía aferrado a su brazo, pero guiado por la luz de sus intuiciones. Ahora ella dirige la Fundación Jorge Luis Borges en una casa donde Borges se inspiró para escribir ‘Las ruinas circulares’. En la fundación, preserva su obra, su memoria y sus objetos sagrados: sus bastones tallados.

Aquel día de su muerte, estaba tranquilo, sereno, bajo la luz apacible de junio en Ginebra. Ahora la metáfora encarnada está mirando el paisaje sinuano cerca al río. “Qué mujer tan sencilla”, me dijo Lena Reza al verla y saludarla. Tiene la sencillez, la dulzura y la ternura a flor de piel.

Miro las pisadas suaves, livianas de la mujer delgada y elegante que a sus 82 años desafía el tiempo con la paciencia con que contempla la vida a su alrededor. Me hago el invisible discreto al saber que la mujer de cabellos blancos que abre la habitación 510, dormirá frente a la habitación donde yo leo ahora a Borges en la 509. La sabiduría de María fluye en sus silencios.

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