Facetas


Marlene Pombo, tras la magia indígena

La pintura ha sido una de las ventanas que ha encontrado Marlene de Pombo para asomarse al reino de las comunidades indígenas, pero también para encontrarse consigo misma.

GUSTAVO TATIS GUERRA

09 de agosto de 2020 12:00 AM

Marlene Pombo siempre tiene una sonrisa a flor de alma.

En el confinamiento de la pandemia no deja tampoco de hacer gimnasia, leer y, sobre todo, pintar. Es curioso lo que pinta en Cartagena: el desierto de La Guajira, pero además la península y sus seres ancestrales: los wayuus.

Antes, su día normal empezaba con la oración de un devocional y una caminata a la rutina de la gimnasia y por la tarde las otras rutinas de cumplir con la agenda de su casa, pintar y asistir a muchos eventos en Cartagena, algunos de ellos relacionados con el arte y el encuentro con sus amistades. Ahora hace lo mismo, a excepción de las actividades sociales: lo primero que hace en la mañana es orar, escucha noticias, hace zumba por YouTube, con diferentes instructores para mantener el estado físico y de salud, lee, hace muchas actividades por internet y también en algunos días pinta y conversa por teléfono y chatea con sus amigas, primas, hijos y nietos.

Pero lo más importante de todo eso, dice ella, es que mantiene la fe intacta y la esperanza en la divinidad en que todo pasará muy pronto. “Que después de una gran prueba viene una gran bendición... y esa bendición es la que todos debemos estar esperando”.

Poco antes de la pandemia, fuimos a ver su trabajo artístico en su taller. Su serie pictórica desde que inició su primera exposición fue el mundo fascinante de La Guajira. Hemos estado pendientes de la evolución de sus pinturas, su búsqueda de la figura humana, el paisaje y las costumbres de la cultura wayuu.

¿En qué momento te interesaste por la comunidad wayuu y en general por las culturas indígenas?

-Mi pintura es una expresión de “la cultura indígena colombiana”. Para mí tiene un significado espiritual, por su contenido antropológico, cultural e histórico. Comencé a trabajar ese tema hace 20 años. Un domingo, estando congregada en mi iglesia en Bogotá, después de escuchar el testimonio de Juan Carlos, un indígena de la comunidad kogui a quien su comunidad, en la Sierra Nevada de Santa Marta, los guerrilleros habían quemado sus tierras, que según su cultura “la tierra es la madre”, también las cosechas y sus biblias, las cuales estaban traducidas a su idioma, porque ellos confesaron que eran cristianos. Lloré todo el tiempo... y Dios puso en mi corazón la motivación para transmitir esa parte de nuestras raíces ancestrales y su legado, entonces hice una investigación etnográfica y comencé a pintarlos, destacando su trabajo artesanal.

¿Qué referentes artísticos has tenido de Colombia y del mundo para enriquecer ese mundo, el del indígena?

-Hay muchos artistas importantes. Sin embargo, no reconozco influencia alguna de ellos, mi trabajo ha sido producto de mi imaginación y creatividad. Quizá, como referente artístico, Francisco de Goya, por su estilo romántico y el manejo de la figura humana en sus grandes obras y Paul Gauguin, que fue un exponente del post impresionismo. También me ayudó muchísimo el hecho de que yo pintaba figura humana y otros temas, desde hacía varios años, además considero que mi profesión de Dibujante de Arquitectura contribuyó a afianzar estos temas.

¿Qué es lo que más te ha interesado de esas culturas, lo mítico, ceremonial, costumbres, historias?

-Me interesan todos los conceptos: lo mítico, lo cultural y el trabajo artesanal, el cual se ha convertido en su sustento y detrás de cada artesanía elaborada por un indígena colombiano, hay una historia y un estilo propio que los identifica. Conocer esa historia es el mejor camino para entender el legado de estos pueblos ancestrales, que enriquecen nuestra identidad nacional. Para los indígenas, tejer es un acto de la creación, para muchas de las comunidades tejedoras, la trama y urdimbre de sus tejidos, definen su mundo material y espiritual- “Tejer es el arte de las arañas”. Una de las características de los Wayuu, es que son un pueblo nómada, porque dadas las condiciones desérticas de la península de la Guajira, se tienen que desplazar continuamente en busca de agua. Y por este motivo han vivido una fuerte crisis.

Lo que más me impacta es cómo mantienen sus tradiciones, destacando un fuerte matriarcado, que rige sus actos de vida y sirve de control social. Me asombra la costumbre de encerrar o recluir a las mujeres, porque la luna (Kashi) las penetra y así llega su primera menstruación. Sin embargo, durante ese encierro la niña aprende el arte de tejer y la disciplina, que son las herramientas que les van a servir para enfrentar la vida, y así después de este encierro, simplemente se ha convertido en mujer, en una gran tejedora... y así, la Mayajura, la niña virgen Wayuu, estaría preparada para contraer matrimonio...

Entre sus mitos encontramos, que fueron seres sobrenaturales los que les enseñaron el oficio de tejer, con una “doble apariencia: de mujer y de araña” que además se remite a una historia de amor: la araña Wale’kerü se enamoró de un wayuu y un día se fugó con él.

Es por eso que su habilidad y constancia para tejer sus artesanías, se han convertido en la inspiración y la materia prima de mis pinturas.

¿Cómo es el proceso de hacer una pintura? ¿Haces bocetos, dibujos, apuntes, fotografías? ¿Cómo es la inmersión en el mundo indígena?

-Para hacer una pintura sobre la cultura indígena, hago fotografías y manejo mi memoria, con los recuerdos y vivencias de los sitios y lugares donde ellos habitan ...y por supuesto, mi imaginación.

Dentro de mis pinturas el común denominador que se mantiene es la muestra del elemento artesanal, según sea la etnia en referencia, y el cambio se ocasiona basándome en el entorno, en el cual se desarrolla la obra.

Lo que me ha ayudado a explorar su mundo es la investigación y la oportunidad de haber compartido algunos momentos con ellos. Y hablando de rituales, tienen la de famosa danza “Yonna” conocida como Chicha Maya. Cuando alguien de su comunidad fallece, tienen uno para el primer y segundo velorio, porque se concluye que vivir y morir forman una continuidad que no acaba con la muerte física, se entra en un ciclo que no termina y se va de lo individual a lo colectivo.

Me llena de admiración su gran valor por conservar sus raíces y cómo han mantenido su cultura a través de los siglos.

Epílogo

Marlene Pombo dice que “el confinamiento no ha sido fácil para nadie, en todo el mundo. Esto parece más una película de ciencia ficción... Se han disparado los casos de violencia intrafamiliar, muchas personas están con tratamientos psiquiátricos, otros con diferentes enfermedades ocasionadas por la incertidumbre y el estrés”.

La pintura ha sido una de las ventanas que ha encontrado para asomarse al reino de las comunidades indígenas, pero también para encontrarse consigo misma. El mar buscando el desierto de La Guajira, pero más que eso: tal vez el diálogo con un universo singular, con el espíritu de la tierra, más allá del mar, en los confines del Cabo de la Vela, donde los nativos conversan con el alma de sus ausentes.