Marly Altamar García: una heroína a la que todos llaman 'profe'

02 de septiembre de 2018 12:30 AM

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Una clase para soñar y abrir los ojos al mundo a 27 vidas. Soy la asistente de Marly Altamar García, pero solo para escribir esta Faceta. Y desde ya debo ser franca, aunque me encanta enseñar, me resulta imposible mantener en orden a veintisiete niños de cuatro años por más de una hora, como lo hace ella. Es un récord que no puedo igualar. Se nota que se reinventa a diario en su tarea y llega a este salón del Jardín infantil Los Caracoles (sede del INEM), segura de que ayudará a sus 27 pequeños a entender el mundo pero con una condición: hacerlo jugando. Treinta años en este trabajo le han enseñado que lo más importante es el amor por cada persona.

Pero ella sabe que el amor se demuestra con acciones en esta clase en la que empezamos con una oración y luego pregunta con un tono suave: “¿Cuál es la sorpresa hoy?” Las caras de ellos hablan. Están expectantes. En realidad esperan una gran sorpresa: tomando tres hula hula, les pregunta: ¿qué tengo en la mano? Ellos gritan el nombre como si quisieran que los escucharan en toda Cartagena. Poniéndolas en el piso, le pide que digan los colores de las hula hula y vuelven a gritar: amarilla, azul y roja. Dentro de ellas, tres niñas deben poner dos figuras y al ponerlas, deben contarlas en inglés. Ahí es cuando les da la segunda sorpresa de esta mañana: “Oh, lalá, qué veo… siete lápices”, dice. Ese es el número de hoy. La tercera sorpresa es el mismo siete hecho en madera. Lo trae envuelto en una toalla, es rojo y mide el doble de sus manos, para los niños debe verse muy grande. Los pone a escribir el número en el tablero. Luego dan siete palmadas, siete besitos y siete aplausos.

Marly llama sorpresas a las tareas o competencias que deben desarrollar sus pequeñitos, por ejemplo, para la cognitiva les pinta un conjunto con siete barquitos y después de contarlos pregunta: ¿Para qué sirve un barquito?, a lo que un niño que se llama Javier responde: para navegar en el agua. La cuarta sorpresa es unir puntos en una hoja para formar el número siete y por último armarlo con plastilina.
Hacemos un break. Nadie se hace ‘popó’ pero todos van a orinar en fila india. Aunque por restricciones del Ministerio de Educación evitan limpiar a sus estudiantes, si alguno tiene una urgencia, y sus padres autorizan, ella los limpia. 

Todos los pequeños escriben su nombre claramente. En esta clase integrada, los niños demuestran que se saben los colores, los números, cantan, bailan, modelan, aprenden matemáticas, motricidad y desarrollan competencias como la cognitiva. Algunos ya leen con solo cuatro años.

Pero el secreto está en la maestra, sus padres lo admiten. Cada día va un papá o mamá diferente a la clase. Los invita para que aprendan la metodología y la practiquen en casa. Es que algunos padres no saben educar a sus hijos, pierden la paciencia, levantan la voz sin necesidad. En su clase aprenden a ser creativos para enseñar.

La paciencia, esa virtud nació con ella. Dos madres, Adalgiza Castro y Vanesa Amarís, admiran la tranquilidad y el cariño con que trata a sus hijos. “Les exige pero también les da amor. Me gusta porque lleva a mi niña, a sus cuatro años, a un nivel más alto del que debe estar. Sus cuadernos parecen de una niña de primero de primaria”, describe Adalgiza.

Sus primeros estudiantes, los árboles…
Año 1964. Marly tiene cinco añitos, está en el patio de su casa en Getsemaní, donde vive de lunes a viernes; y los sábados y domingos, en Blas de Lezo.

En Getsemaní, donde su abuelita María del Carmen Urueta, en ese patio donde abundan árboles, Marly decide ser maestra y sus estudiantes, esos árboles a los que llama por nombre propio, Pedro, Juan, Pablo, Carmen, Mayito y Sofía. Ese día decide enseñarles los animales y las figuras geométricas con un libro en la mano, y es su madre quien la descubre en el oficio. Digna Rosa García la ve hablándole a los árboles, escucha nombres y escucha un tono enérgico con el que envía al tablero a sus pupilos. Sabe que su hija será maestra y por eso la manda a Getsemaní, ahí cerquita está la Normal Superior, y como enseñar está en su sangre, cada mañana su papá, Pablo Emilio Altamar, la recoge para llevarla al colegio. Esa niña crece y en el camino hay maestras que marcan su estilo. La primera es su tía Carmen Castro, de ella aprende a enamorarse de la educación. Luego Rocío Morales, su profesora de metodología, le enseña dos cosas: creatividad y pasión por lo que hace. Aunque han pasado más de 30 años, todavía se comunican. De Edith Mendivil, una de las coordinadoras que tuvo el colegio donde trabaja hoy, aprendió a manejar las tonalidades altas y bajas.

“La seño Marly tiene viva la niña que lleva dentro. Tiene la alegría que se necesita para guiar niños y, aunque tiene 30 años como maestra, es una persona que llega con más alegría que la del primer día. Es una líder, motiva a sus compañeras a que se involucren con pasión en las actividades de sus niños y niñas”, expresa María de los Ángeles Marrugo, su coordinadora.

Son las once de la mañana y Marly recibe a los padres de sus hijos en el salón y los despide, mientras Adalgiza, la mamá que acompañó toda esta clase, me dice que hace el esfuerzo de caminar con su niña todas las mañanas más de una hora desde el barrio El Milagro hasta Los Caracoles, para que la niña estudie en una buena institución.

Ya los niños de Marly están en Jardín y el año que viene no será ella su profesora pero sabe que jamás olvidarán a la maestra que los educó con firmeza y cariño.

“De ellos me llevo la más grande lección: nunca guardan rencor. Pelean y a los segundos están reconciliados. Ojalá el mundo aprendiera un poco de los niños, tendríamos paz”, concluye la ‘seño’ Marly.

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