Martín Echegaray, el caminante que vino del fin del mundo

14 de abril de 2019 12:00 AM

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Martín Echegaray Davies salió del fin del mundo sin plata. A lo mejor traía algo que comer, agua, una frazadas y unas ganas inmensas de caminar 28 mil kilómetros desde Ushiuaia, en la lejana y fría Patagonia argentina, hasta el extremo opuesto del continente: la blanquísima Alaska, pero plata no traía.

Lo veo: ojos verdes, piel a veces blanca y a veces rojiza, flaco y alto, camisa manga larga roja, corbata y boina, cuarenta grados centígrados en la sombra del Parque de Bolívar, se nota a kilómetros que no es de aquí. “Soy oriundo de la ciudad del Trelew, provincia del Chubut, en la República Argentina, Patagonia argentina, nací en el año 1957”, dice y le pregunto por la fecha, por el día exacto, pero nada. “No me dijiste qué día naciste”...

-En 1957.

¿Pero qué día?

-No.

¿No te gusta decir las fechas?

-No, ninguna fecha -sentencia-.

“Soy descendiente de los primeros colonos galeses que poblaron la provincia del Chubut y de ahí es que hacemos caminatas, en representación a lo que se hacía antiguamente, cuando recién se colonizó. Bueno, y de ahí surge la idea de hacer esta caminata como una caminata trascendental y que sea hacia el extranjero”, me explica y yo no puedo dejar de pensar: ¿por qué no le gustan las fechas?

Desde el día que su mamá, Raquel, lo parió sola en una casa de chacra, lejos de todos y de todos, hasta de los médicos y de su propia madre, que irónicamente era partera, Martín no había salido nunca de su Argentina. Sí había caminado kilómetros y kilómetros, porque Trelew apenas era un pueblecito desolado sin muchos carros cuando Martín era chico, y porque apenas él pudo se convirtió en...

-Jagüelero, soy jagüelero de profesión.

¿Qué significa?

-Hacer pozos, arreglar molinos, hacer alambrados, todo trabajo de campo.

Ah, ok, como jornalero, más o menos.

-Por supuesto, después, cuando fui bien grande, comencé a estudiar algunas cosas, llegué a tener la secundaria completa, soy dibujante técnico, mandatario nacional (no es que haya sido presidente, allá le dicen así a los que tramitan los papeles para los vehículos), tengo varios pequeños cursos.

Las caminatas más grandes comenzaron después de la muerte de Raquel, la mamá de Martín. “Ella era una mujer que recordaba mucho todas las cosas, este, y cómo es, recordaba cada pariente, cada nacimiento, cada fallecimiento, entonces, cuando ella falleció, yo me quedé solo, digamos, porque no sabía ni de dónde venía -se pone casi tan rojo como su camisa y se le aguan los ojos-, así que me puse a investigar de dónde vengo, cómo vinimos, y de ahí nació la idea esta de caminar como los galeses.

“Más tarde mi nieta Bianca me pidió que ella quería tener amigos, pero que fueran parientes. Una tía me dijo que había un árbol genealógico que se podía ir llenando en internet, y le hice ocho generaciones a mi nieta, hasta 1730, o algo así. Hice miles de kilómetros a Tucumán, Chile, Ushuaia, Tierra del Fuego, para buscar a los parientes de este árbol genealógico, que hoy tiene 2.640 personas, más o menos”.

Pero en julio de 2017, a Martín se le metió entre ceja y ceja la idea de caminar fuera de su país, buscó en internet y se decidió por Alaska. Agarró su “catricarro plichero”, que no es más que un catre fortificado y adaptado, y empacó los elementos necesarios para ausentarse de casa unos dos meses: bolsa de dormir, colchoneta, frazada, ropa, comida, ollas, platos, jarros, anafre, herramientas y alguna otra cosa, pesa 180 kilos.

Y como ya alguien más había caminado de Ushuaia a Alaska, nuestro amigo le agregó caminar por las 23 capitales de provincias argentinas, haciendo así unos 5.000 kilómetros más, así que en total ‘zapatearía’ 28.000 kilómetros. Salió el 31 de octubre de 2017, así que ya lleva un año, cinco meses, quince días. “Llegué a 14.052 kilómetros, y me quedan para recorrer a partir de ahí 14.027 kilómetros más. A Alaska pienso llegar en un año y medio más, mi intento es hacer todo en tres años desde que salí, así que por el momento va todo bien”, me cuenta.

¿Cuál ha sido la parte más difícil? ¡Colombia con sus tres cordilleras! Mientras en la Patagonia podía caminar unos cuarenta kilómetros por día, aquí apenas se hace diecisiete en una buena jornada y a mí me parece una hazaña, ¿usted sabe lo que es subir y bajar una montaña, subir otra montaña y bajarla, y así, todo el día, todos los días? “Osea, en la Patagonia tenemos mucho viento, pero acá tienen muchas subidas. Es muy duro”, agrega. Y aún así... “Lo que más me ha gustado son los paisajes, los terribles cerros y cañadones, lástima que hay que caminarlos -ríe-”.

¿Y qué ha sido lo más interesante que ha visto en todo este tiempo?

-Haber visto un meteorito caer cerca, calcularon los que saben que tiene que haber caído a unos 10 kilómetros de distancia mío, fue un día en que me levanté y se iluminó todo y no había vehículos de dónde iluminarme y miré hacia el cielo y encontré que venía hacia mí un meteorito, muy, muy grande, eso ocurrió en Perú, en el desierto. Por lo que no tengo ni fotos, ni nada, pero fue espectacular. Eso fue hace, digamos, tres meses o un poco más. Es espectacular no solo ver el ruido, sino escuchar el ruido que hace, como cuando se incendia un campo y luego, 30 segundos, oí. Eso fue espectacular.

¿Cómo es un día tuyo?

-Me levanto siempre una hora antes que salga el sol, y en cuanto comienza la claridad ya salgo a caminar. Descanso a eso de las diez de la mañana para tomar algo, luego a mediodía para comer, a veces me acuesto media hora, duermo, después sigo y a mitad de tarde descanso otros 15 o 20 minutos, tomo algo, como algo, y cuando oscurece, ahí me quedo.

¿Dónde duermes?

-Tirado en la ruta.

¿Nunca te has sentido tan cansado como para pensar en rendirte?

-Siempre estoy cansado.

¿Y entonces?

-Camino -ríe-.

¿Cuánto cuesta este viaje?

-Este viaje cuesta la ayuda de la gente. No tengo plata. Yo, cuando quise hacer este viaje, vendí una casilla gigante y una máquina de trabajo de madera. Fue en 2017. No me acuerdo cuánto reuní, pero creo que hubiera llevado a mi provincia nada más. Yo no tengo nada, ni trabajo para pagar. Nunca me ha faltado nada, ninguna de las tres comidas.

Algún mensaje...

-¿Mensaje? Cada cual lo agarra como mejor lo puede. Yo te diría que lo importante no es la plata, siempre falta, no interesa cuánto ganes, siempre faltará. Lo que puedo decir es que hagan lo que les gusta, no más.

Tengo que hacer una pregunta más.

-Sí...

¿Por qué no te gustan las fechas?

-Porque las creó alguien para celebrar y entonces sacar provecho económico. No me gustan, si quiero celebrar algo, me compro un asado y ya está, celebro, pero no me gustan las fechas.

***

Martín dice que no sabe inglés, pero se las arreglará de alguna manera cuando pise suelo norteamericano. No tiene horarios, está acostumbrado a ausentarse días o meses de casa por su trabajo como jagüelero, y su esposa, tres hijas y seis nietos lo entienden perfectamente. Y a él le gusta vivir así, cansado por tanto caminar, pero sin cansarse de caminar.

¿Y cómo regresarás a casa esta vez?

-No, yo voy para allá. No sé lo que pase después. Que pase lo que tenga que pasar.

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