Martín y Juan Cebolla, de frente al legado Gasca

15 de junio de 2014 12:02 AM

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Un limpísimo Mountanier llegó a Cartagena hace pocas semanas y ya Martin y Juan Cebolla han hecho de él su lugar de descanso personalizado Es un espacio que consta de sala, comedor, cocina, dos cuartos y un baño. Todo en diminutivo.

A Juan Cebolla, de facciones alegres, bajito y en muy buena forma a sus 17 años, lo noto tostado por el sol. Se quita los zapatos y se queda en medias blancas. Sube los tres escaloncitos que conectan el suelo con su trailer y dice “pero yo no veo que me estén haciendo ninguna entrevista ni ninguna pregunta” y me contraigo un poco de la rabia.

“¿Te o agua? Pregunta cual atento anfitrión.

Su trailer es pequeño así que solo doy dos pasos y ya estoy en el cuarto de Juan Cebolla. La cama está revuelta  y Juan Cebolla hace una maroma y se tira de cabeza a la cama “¡no le tomes fotos!” me grita, metido ente el blando cubrelecho café y las sábanas blancas. Es difícil aguantar la risa así que busco rápidamente en mi celular donde he anotado las preguntas y empiezo a preguntarle cosas que ya le han preguntado, cosas que creo que sus admiradoras quieren conocer, y cosas que por supuesto me llenan de curiosidad al ver a un chico de 17 años que ya con esfuerzo y trabajo ha conseguido mucho.

¿Qué se siente volar allá arriba? Pregunta antes con interés Marilyn quien nos acompaña en el recorrido.

“Es increíble estar allá trepado y ver a la gente chiquitica.  Aparte de producir adrenalina da nervios, y gracias a Dios no nos ha pasado nada malo”.

Salimos del trailer y nos vamos para el escenario donde cada noche surgen las risas y la magia. Miro el lugar que se ve enorme y a la vez pequeño porque parece que desde cada lugar se puede admirar con total claridad el espectáculo. “Hay dos mil quinientas silla” dice Juan Cebolla.

¿Te frustras cuando no puedes hacer un acto?

- “Es frustrante cada vez que no hago el acto bien. Termina el show y me voy a practicar hasta que me sale y cuando lo consigo pienso. ¿Qué me está pasando?”

¿ Sientes presión por tener que mantener el legado de los Gasca?

“Si y no”, afirma. “Sí,  por llevar  todo lo que el circo representa y no, porque yo creo que nuestra profesión la tenemos en las venas. Con la sabiduría que nos inculcó mi papá se nos hace más fácil la vaina” y cuando dice vaina se me olvida que este chico nació en Ciudad de México.

Juan Cebolla, (quien se llama así en honor a su abuelo que en tarima era llamado igual) aprovecha para hablar de uno de sus sueños, el Festival Internacional del Circo de Montecarlo, presidido por Estefanía de Mónaco, “la princesa rebelde”. “Una vez fue un primo con el acto del trapecio, éste primo hizo cuatro saltos mortales. Literalmente voló y es el único en el mundo que por segunda vez lo ha realizado en ese festival. Ya te imaginas la euforia es como si James pateara el último penalti en la Copa del Mundo” . Juan Cebolla, que realizó su primer triple salto mortal a los 12 años, ya ha estado debajo de la Gran Carpa en Fontvieille como espectador, pero tiene ansias de participar y coronarse ganador.

 ¿Se puede hacer un show de circo de calidad sin animales?
- “Claro que se puede, pero por ejemplo a los niños les gusta un circo con animales y el circo hermanos Gasca siempre ha tenido animales. Creo que el que habla mal del Circo Gasca es porque no ha venido.. Hay personas que al final del show nos dicen que se quieren disculpar porque lo que han visto es realmente maravillo”.

¿Qué hubiera pasado si no te gustara el circo?

- “Es complicado" dice Juan Cebolla y se ríe. "Fijate", me dice después de varios segundos de silencio ( con ese tono en la jota que solo los mexicanos saben producir con la garganta) que me llama la atención el derecho. O ser doctor”, suelta. “Pero me encantaría ser futbolista”. Río para mis adentros pues lo único claro con la pregunta es que le encanta el circo y que no ha pensado nunca en otra opción. Martin le va al Barcelona y Juan Cebolla y Raúl al Real Madrid.

Juan Cebolla tiene 17 años y nació el 30 de abril de 1997. Martín nació el 15 de agosto de 1997. Biológicamente los hermanos Gasca serían Raúl y Juan Cebolla. Martín es sobrino de Juan, pero se criaron juntos y al tener casi la misma edad, son hermanos sin lugar a dudas.

Un callado Martín

Martin es alto de cara fileña, blanco como la leche, de cabello largo y buena contextura física. Llegó mostrando una media sonrisa tímida y algo desinteresado. “Vaya” pienso. “Creo que le voy a tener que sacar con pinzas las palabras”.

¿Algún día has tenido algún percance con un animal? 
- “Gracias a Dios nunca ha pasado nada con los animales” me cuenta, y caigo de espaldas al notar que la respuesta fue más corta que la pregunta. “Lo sospeché” pensé.
Mientras caminábamos noté que Martín miraba más su celular que el suelo por donde pisaba.


¿Qué hubiera pasado ni no te gustara el circo? Espeté.
Se quedó callado, pero lanzó una carcajada. Luego de muchos mmm y algunos no sé,  me explicó  que estar en el circo es una tradición. “Creo que si no me hubiera gustado el circo me hubiera gustado ser futbolista”.

¿Sientes a cuestas el legado de los Gasca?
- “No, me dice tranquilo, Juan sí es más concentrado en esto”.

Ahora que los dos están juntos aprovecho para preguntarles qué ha sido lo más genial y lo más harto que han atravesado con una admiradora.

“El dia de mi cumpleaños hace dos años muchas fans vinieron y llenaron el circo. Me trajeron regalos, fue súper. Es una de las cosas que más recuerdo”, me dice Juan Cebolla quien no tiene nada negativo que agregar.

Martin por otro lado parece que se ha relajado un poco a juzgar por los hey y los espérate que ahora van acompañados de una risita. “Mi cumpleaños el año pasado fue en Cali entonces ese día fueron muchas admiradoras y me regalaron chocolates y unas cartas. Tengo todas las cartas en un sobre guardadas”. En cuanto a un encuentro negativo con una fan en particular comentó  “Una vez en twitter colocaron @martin_gasca va a ser papá, imagínate esa vaina” y suelta la risa.

A pasitos cortos hablé con Martín, conocí que le gusta mucho el  reggaetón y que tiene siete champetas en su reproductor de música. ¡Bacano! me dice Martin cuando le pregunto si quisiera ir a un picó.

Le comento a Juan Cebolla que Martin es muy diferente a él. “Cuando entra en confianza nadie lo calla” me comenta Juan Cebolla. Martin nunca entró en confianza porque nadie lo calló.

Hay un lugar donde descansan y ven los partidos. Nos sentamos allí, acompañados de una brisa que de vez en cuando desplaza el fogaje que se siente debajo de la carpas rosa y azul. La mayoría del tiempo aquí almuerzan y permanecen juntos los Gasca.

“Hola bebé, se que contigo no sirve la labia” Raúl Gasca se acercó cantando con gafas oscuras y una sonrisa amplia. “¿Quieres que te diga la verdad? se portan bien” dice,  “lo malo es que éste es muy mujeriego” y señala a Juan Cebolla”.

Luego de unas risas, hablo con Raúl sobre los problemas que ha tenido con varios animalistas. “Todo el que habla mal del circo es porque no lo conoce, estoy cien por ciento seguro. El diez por ciento de quienes nos atacan sí aman y cuidan a los animales. Los demás no hace nada. Pocos son los que de verdad investigan”.

Raúl dice tener amigos animalistas a quienes no les gusta el circo. “Ellos vienen a revisar a los animales” me cuenta. Raúl no pierde el norte ni desacata las normas.
Por unanimidad se aprobó el proyecto de ley 244 de 2012 Senado, 052 de 2011 Cámara, que prohíbe el uso de animales silvestres ya sean nativos o exóticos en circos fijos e itinerantes de Colombia. Al igual que los circos que laboran en toda Colombia, a partir de la expedición de la ley, el Circo Hermanos Gasca tendrá 2 años para regresar a los animales a un hábitat adecuado.

Raúl tiene amigos y enemigos que ni siquiera lo conocen, pero eso no le molesta porque como dice Silvestre Dangond (a quien admira y aprecia) “hay quienes nos quieren, hay quienes nos odian y hay quienes no les importamos ni para bien ni para mal”.

El recorrido termina en el trailer de los chicos, con el aroma a naranja y melón que nunca supe de dónde salía. Martin entra a su cuarto y sale cargando un muñeco de pelo naranja y del tamaño de un niño de tres años: un duende consentido que se llama Puck.

Juan Cebolla y Martín Gasca son dos chicos diferentes que comparten un mismo propósito: ser dos de los mejores exponentes del arte circense del mundo. Con el trabajo que ya llevan a cuestas, cada día se acercan más a su objetivo.
 

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