Mausoleos o el reposo de nuestros antepasados

12 de mayo de 2019 12:00 AM

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Por: María Victoria García Azuero - Especial para El Universal

Uno oye hablar de sus abuelos, bisabuelos y de pronto hasta de sus tatarabuelos y cuartos abuelos. ¿Pero y quiénes fueron ellos? ¿Qué fue de sus vidas? ¿Será que vinieron en la Colonia? ¿Será que participaron en la Independencia? ¿O con el despertar de Cartagena para el Centenario?

A raíz de estas preguntas tuve mi despertar en la genealogía. Un tío abuelo había recopilado una gran cantidad de información en un pergamino de 25 metros de largo, hecho en papel mantequilla y unido metro a metro por quien fuese la persona que me introdujo en este camino: Ramón Méndez Cabrales.

Roberto Carlos Martínez Méndez, su nieto, me prestó el pergamino y empecé a reunir estos apuntes de nuestros antepasados. Pasé al computador toda la información que el tío abuelo había escrito a mano pacientemente y en el proceso me tropecé con la vida de estos personajes, sus matrimonios, sus hijos, sus pérdidas, sus oficios y quehaceres.

Uno llegó a mediados del siglo XVIII como militar. Me enteré que su hijo, también militar, se volvió patriota y falleció en la batalla de Mompox en 1812, junto a dos de sus pequeños hijos, soldaditos de 10 y 12 años. El mayor se llamaba Diego, tenía 14 años, se salvó y le contó la historia a su madre.

Al llegar a esta parte, hice un alto y me dije: “Tengo que estudiar la historia de Cartagena para poner en contexto a todos estos personajes. Sin esto, es imposible hacer la genealogía de las familias cartageneras”.

Me di a la tarea de conseguir la mayor cantidad de libros de historia de Cartagena, comenzando desde el descubrimiento de América, pasando por los conquistadores y sus cronistas, quienes relataban todo lo sorprendente de este Nuevo Mundo. A medida que me adentraba en los relatos sobre la fundación de Cartagena, asentamiento y traslados de familias, reseñaba nombres y apellidos. Un buen día llegó a mis manos un libro que resaltó entre todos: ‘Genealogías de Cartagena de Indias’, de Pastor Restrepo Lince. ¿Por qué? Pues tuvo la gran idea de dejar en claro quién era quién y su procedencia.

Después de haber leído suficiente y terminar de recoger todas las notas del pergamino, regresé a la fuente de Don Pastor, pudiendo entroncar y emparentar a una gran cantidad de familias cartageneras.

Como todo en la vida, llega el punto donde las fuentes se agotan. Y me acordé de algo que mencionaba mucho el tío abuelo: el cementerio.

Me fui a visitar el Cementerio de Manga a principios del 2015, después de haber publicado el primer tomo del libro de ‘Biografías de Personajes Cartageneros’.

Tan pronto entré comenzaron a aparecer las bellezas y hermosuras de obras de arte funerario: mausoleos, panteones y nichos. ¿Y cuál fue mi sorpresa? Llevaban los nombres de familias que había investigado. Pero si este es Fulano de Tal, este otro es Sutano y por acá están Mengano y Perencejo, ¡no lo podía creer! Para más asombro, las lápidas contenían fechas de nacimientos y fallecimientos, datos difíciles de conseguir en ese entonces. El Cementerio de Manga es una fuente valiosísima para continuar con la saga.

Ustedes se preguntarán: ¿Qué son los mausoleos? Son construcciones que se realizan para mantener y honrar los restos de grupos familiares relacionados entre sí.

Esta necrópolis nació en la mañana del 6 de diciembre de 1815, el día que el pacificador Morillo entró a nuestra ciudad. Este es el cementerio más antiguo de Colombia. Al principio era “una playa” cercada por palos de Matarratón, así lo describe Manuel Marcelino Núñez, quien, como Alcalde de Cartagena, consiguió auxilios en 1822 para cerrarlo con una pared de cal y canto.

Se puso la primera piedra del edificio el 23 de junio de 1823, con la asistencia de todo el clero y las autoridades principales. Para ese acto, exhumaron los restos de los nueve mártires inhumados el 24 de febrero de 1816 por el Coronel Joaquín María Tatis y el señor Andrés Estarita, ambos prisioneros, obligados a sepultar tanto a los mártires, como al considerable número de cadáveres encontrados en las casas en los primeros días de la ocupación de Morillo.

Llegamos a finales del siglo XIX. Los jóvenes nietos de la Independencia salen a estudiar a Europa. Regresan cargados de nuevas ideas. ¡Cómo modernizar a Cartagena! ¡Sacarla del letargo y la ruina! Conocen el arte funerario visitando necrópolis.

Estos jóvenes descubren los sarcófagos esculpidos, las tumbas monumentales de griegos y romanos; el mausoleo y el panteón. Los encuentran en estilo neoclásico, neogótico, Art Deco, esculturas de ángeles, vírgenes, de Jesús; elementos ornamentales: león durmiente que simboliza la vida eterna; obeliscos, copones, candeleros, cruces. Y deciden hacer su propio cementerio a imagen y semejanza de lo que habían visto.

Encargaron a Luis Felipe Jaspe para que proyectara la puerta de entrada principal, el camellón y el ordenamiento reticular. Jaspe diseñó varios panteones y el de su propia familia, donde ahora él reposa.

El viejo Mainero, en su flota de barcos La Veloce, trajo en lastre, mármol en grandes cantidades desde Italia. El mármol se aprovechó para cubrir hermosos mausoleos con placas, y toda clase de esculturas, ornamentos primorosos del arte funerario.

Muchos monumentos fueron obra de arquitectos republicanos venidos de Europa para construir las grandes mansiones de Torices, Manga y Pie de La Popa, que en ese momento eran los nuevos barrios extramuros. Otros fueron diseñados por nuestros fabulosos maestros de obra, quienes tenían una tradición y conocimientos ancestrales de sus abuelos, así como albañiles, canteros, talladores de piedra, acostumbrados a trabajar en las casas coloniales.

Hay mausoleos y nichos ostentosos y sobrios, de cal y canto los antiguos, enchapados en azulejos y granito los más modernos. Este cementerio, en especial, refleja toda nuestra cultura cartagenera.

En mis continuos paseos buscando tesoros, me he tropezado con el Mausoleo de Rosa Zapata de Méndez, 1833. Después está el de José María Del Real Hidalgo, 1835; y el de la Hermandad de San Pedro Apóstol, 1836. Existen otros sobresalientes, pero por su antigüedad han perdido las lápidas que los identificarían.

Tenemos enterrados en Manga a tres presidentes: Juan José Nieto, primer y único presidente negro y de Colombia, 1805-1866; y dos presidentes del Estado Soberano de Bolívar: Bartolomé Calvo (1815-1889) y Vicente A. García del Fierro (1815-1893).

Con la llegada de los jardines, el Cementerio de Manga dejó de usarse y fue abandonado por sus dolientes, ya todos conocemos la historia y por ella me di a la tarea de armar un grupo cívico de amantes de este valioso patrimonio.

VIsitamos el camposanto y tomamos fotos, de manera que esos registros muestran del estado de conservación de los mausoleos y nichos. He compartido estas fotos en mis redes sociales y he tocado el corazón de algunos cartageneros: se han despertado las ganas de recuperar el sitio de reposo que nos dejaron nuestros abuelos para que los honráramos y no olvidáramos jamás.

Gracias a esta obra cívica, algunos deudos están restaurando sus monumentos, entre ellos los de las familias: Núñez, Consuegra, Rosa Zapata de Méndez, Barboza, Calvo, Porto González, Baldiris, Baena, Marraui Farah, Prada Caballero, Pareja, Amor, Díaz Alzamora, Marrugo, Pereira, Franco, Araújo, Mora, McKenzie, Ramos Acosta, Sierra Sabalza, Martínez Aparicio, Lequerica Porto, Rodríguez y Patrón.

Para los curiosos o apasionados de la historia, tengo una invitación: cada sábado, a las 10 a. m., hacemos tours gratis con dos objetivos: admirar la belleza de la necrópolis de Manga y reencontrarnos con nuestros antepasados.

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