Facetas


Medardo Hernández: salsa contra la pandemia

Este abogado, pedagogo y gestor cultural es también un artista que hace suya la rítmica cadencia de la salsa.

GUSTAVO TATIS GUERRA

22 de noviembre de 2020 12:00 AM

Medardo Hernández Baldiris está convencido de que bailar salsa, o dejarse poseer por las descargas salseras, es el mejor antídoto contra las amenazas al sistema inmunológico y todos los virus. Este abogado, pedagogo y gestor cultural de procesos comunitarios en Cartagena es un artista que hace suya la rítmica cadencia de la salsa, arte puro en el que los pies y el cuerpo tocan la tierra y el cielo.

Lo he visto bailar poseído por las congas frenéticas de Ray Barretto en ese himno salsero suyo, El negro y Ray, que sigue sonando cada día y cada noche en el Caribe para recordarnos que aún estamos vivos.

Lo he visto seguir el sendero embrujado de la música, tal vez los minutos más intensos de la descarga salsera que siguen sonando aún más allá, cuando la última vibración se ha convertido en silencio eterno y cuando la descarga sigue viviendo más allá de haber culminado, he ahí su embrujadora presencia que sedujo a los bailadores y bailadoras de todo el Caribe en escenarios de Cartagena y Barranquilla, como Donde Fidel, La Troja, El Coreano, Donde Pico, El Platanal de Bartolo, Vueltabajero, El Safari, Quiebracanto, para citar algunos, donde la nostalgia latina encontró fragmentos de luz y sombra para reivindicar la integración social y cultural de la diáspora latina en Estados Unidos, Londres o cualquier rincón del planeta. Una vocación de encuentro e integración que jamás lograron las políticas y los jefes de Estado, pero sí lo logró la salsa, pretendiendo tan solo darle melodía y ritmo a las nostalgias más profundas y los desarraigos más desgarradores bajo la nieve.

No es raro descifrar hoy que toda esa musicalidad de América Latina y el Caribe se juntara en un solo nombre, como si nos refiriéramos a un manjar de nuestras gastronomías: salsa, un nombre de emergencia para las múltiples nostalgias del son montuno, el cha cha chá, el mambo, la charanga, la música guajira, el cancionero jíbaro, los boleros, la vieja trova cubana, la bomba y la plena, entre otros. La conjunción del sabor, que le dio y le sigue dando condimento al manjar sonoro, es una salsa diversa con colores nativos y solares; irrumpió en el mundo desde la década del sesenta y se convirtió en un fenómeno global... Se baila y se interpreta en Japón, China, en los países de Oriente y Occidente y ya no solo por la diáspora latina, sino por europeos que ni siquiera han vivido o conocido nuestras tierras, pero la han reconocido a través de la música.

Todo lo anterior para aterrizar en la sala de baile de la casa de Medardo Hernández, en donde ahora está siguiendo los senderos rítmicos de las descargas en los pianos vertiginosos de Papo Lucca, Richie Ray, Eddy Palmieri, solo para nombrar tres que revolucionaron la salsa en el mundo. Fue Enrique Muñoz, el entrañable Kike Muñoz, el que me envió el video de Medardo bailando solo en su casa, desafiando desde marzo hasta hoy los vaivenes dramáticos de la pandemia. Kike reconoció la influencia africana de sus abuelos y bisabuelos en aquellos movimientos de la danza de su amigo. De inmediato empecé a conversar con Medardo sobre el impacto de la música en su vida y en su manera de asumir esta encrucijada planetaria para que nos contagiemos, por fin, de algo distinto a los virus mortales, para que nos contagiemos del virus saludable y formidable de la música, de la salsa, en este caso.

Los pasos del danzante

Nací en la Calle Lomba, en Getsemaní, el 21 de septiembre de 1954. Mi padre era Medardo Hernández Herrera, cartagenero, mecánico tornero de profesión; mi madre, Roquelina Baldiris Alzamora, de Calamar, ama de casa, quien después se dedicaría a oficios varios, incluyendo el de vivandera o contrabandista de artículos varios que traía de Panamá, San Andrés, Maicao, Barranquilla. Ella traía electrodomésticos, perfumes, licores, cigarrillos, pelucas, etc. A mis sesenta y seis años, tengo el honor de haber desarrollado por cuatro décadas la profesión de docente, por más de tres décadas la profesión de abogado, he sido dirigente social, miembro de la Federación Colombiana de Educadores (Fecode), miembro de la Junta Directiva del Sindicato Único de Educadores de Bolívar (Sudeb), que presidí recientemente. Además de eso me dedico un poco al empresariado, contamos con una empresa familiar que es propietaria del Centro de Eventos Caribe Tropical, con sede en el corregimiento de La Boquilla.

El salsero recomienda

Es difícil escoger, en medio de un bosque sonoro de toda la salsa, qué canciones son las que me han hecho feliz, pero empiezo por recomendar lo mejor entre lo mejor, lo que más me gusta a mí y lo que más escucho y disfruto por estos días por distintas razones, entre ellas, las de bailar y porque además me remueve gratísimos recuerdos... Escogería El negro y Ray, que se convirtió en un icono musical en Cartagena de los años setenta y en todo el Caribe, con la trompeta inolvidable de Alejandro “El Negro” Vivar, la percusión de Ray Barretto, Pupi Legarreta. Todos los programas radiales de salsa abrían con esa canción. Recuerdo que había un chiflido que nos identificaba a todos los amigos de más de cincuenta años, era esa canción. Y al escucharla, recuerdo a Alejandro Caballero Portacio, al difunto Roque, a Antonio Pombo, Jorge Gaviria, Efraim Gutiérrez, Wilson Borja y al difunto José Guillermo “Cheo” Romero.

Epílogo

Medardo se detiene a recordar después de escuchar la salsa, el aroma de su barrio Getsemaní y su Calle Lomba, el fragor humano de las esquinas, el sentido de su casa y el espíritu de solar que suena en el silencio. La salsa lo lleva a la fiesta y a los duelos, al abrazo con Gabriel Pico, con Fidel Leottau, Tomy, con amigos presentes y ya ausentes como El Terry en el Parque de las Flores, Rafael Bassi, entre otros. La salsa lo lleva a lugares ya inexistentes como El Abacoa y El continuo Bar, Las Piedras, Tres Esquinas, Trompetas y Tambores, etc. Siente que ha valido la pena vivir y seguir viviendo. Y seguir escuchando la salsa como antídoto y remedio emocional en la pandemia. Y al regresar a su calle natal, las mujeres getsemanicenses con sus caderas cadenciosas quiebran la luz del día con su música y, entre ellas, danza también su madre en el recuerdo. Medardo descalzo sigue bailando en el centro de su sala, tocado por el embrujo de Ray Barretto que suena cada vez mejor, como si acabara de inventar El negro y Ray, más allá de la muerte.