Michael, el otro campeón de los Pastrana

13 de enero de 2019 12:00 AM

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Ese domingo transcurría de manera normal, hasta que llegó la tarde con un fatídico instante que arrasó los sueños de Michael Pastrana de ser futbolista profesional. También se llevó su oportunidad de disfrutar de su papá, que regresaba de coronarse cuatro veces campeón mundial de boxeo.

Cada título lo alejaba más del hogar, aunque Michael lo esperaba y, para no sentir su ausencia, se concentraba en el fútbol y se hacía goleador de torneos departamentales y nacionales.

Pero esa tarde, la del 3 de mayo de 2016, todo cambió y ahora un instante vivo es una verdadera victoria para él.

Hacía cuatro años se había mudado a Santa Rosa, sur de Bolívar, con la ilusión de lucir su zurda en Europa. Ese día estuvo donde su tío Reynaldo y de postre, después del almuerzo, vieron en la televisión al Bayern Munich ganarle al Atlético de Madrid, 2-1. Fue a la casa a descansar para atender el lunes siguiente su tienda de uniformes y volvió su soledad, había terminado con su pareja.

En el camino se encontró con un amigo que iba a llevar a su hermana al puerto ‘Cerro Burgos’ en moto, y le dijo: “Bájate, tú no sabes manejar bien, yo la llevo”.

Regresando por la vía Santa Rosa-Simití, otro motociclista, que bajaba a alta velocidad, sobrepasó a un camión en una curva y chocó contra Michael. Un señor lo socorrió, paró un taxi y lo subió. En el hospital dio su nombre y cédula, y quien lo auxilió, con cara de asombro le dijo: “Eres muy valiente”.

Poco tiempo después, le avisaron a su tío y Michael escuchaba a las enfermeras comentar que estaban sorprendidas, no entendían cómo seguía vivo. Pasaron las horas y con ellas, Michael dejó de moverse, el golpe había dañado la corteza motora de su cerebro y estaba inconsciente.

Por la noche, el alcalde de Santa Rosa, Delmar Burgos, fue a verlo. Habían recomendado trasladarlo a un hospital de cuarto nivel.

Burgos llamó al gobernador de Bolívar para pedir ayuda para trasladarlo en avioneta a Bucaramanga, pero el aeropuerto del pueblo no tenía luces y en él solo aterrizaban hasta pasado el mediodía.

Enseguida, el alcalde llamó a un coronel del Ejército amigo suyo y este le dijo que podía enviar un helicóptero. A las 10 de la noche lo llevaron al aeropuerto en ambulancia, y tras él iban en caravana cientos de santarroseños. Algunos lloraban y otros, esperanzados en volver a ver a Michael anotando goles, intentaban animarlo como en los partidos. Jamás pensó haber generado tanto cariño en esa tierra, a donde se fue a los 16 años, casi persiguiendo a su tío, que también es su padrino, padre de crianza y entrenador.

El Blackhawk fue enviado al Batallón de Selva 48 de Santa Rosa a recogerlo en camilla, y cuatro soldados lo subieron a la nave. Su tío se sentó a su lado y empezó a orar y reprender a la muerte, para que llegara vivo a Bucaramanga. También recordaba el día en que lo llevó por primera vez a Góez Sport, escuela de fútbol de Sincelejo, donde trabajaba como instructor.

Con 5 años pateó el balón y se convirtió en goleador. Pasó por todas las categorías y anotó 57 goles en los torneos departamentales, además fue Selección Sucre varias veces.

A los 28 minutos llegaron. Michael estaba bajo pronóstico reservado. Había sufrido trauma craneoencefálico severo. En el Hospital Universitario de Santander el neurólogo ordenó que lo trasladaran a la UCI de la Clínica La Merced, pero creía que moriría en la madrugada. Allá, lo sometieron a coma inducido y le dieron pocas esperanzas a su madre, Maludis. Ella había viajado desde Sincelejo para cuidarlo.

La mamá tenía dos años de no verlo, pues en las dos últimas Semanas Santas, época en la que él acostumbraba ir a Sincelejo a visitarla, no viajó.

Ella rechazaba todos los informes médicos negativos y a los veinte días, los médicos probaron si Michael podía sobrevivir sin respiración asistida. Le quitaron la ventilación durante veinte minutos y respiró sin ayuda. Luego lo hicieron por 30, una hora y así, hasta un día completo, hasta que decidieron desconectarlo. Días después lo llevaron a la sala de cirugía. Reubicaron en la órbita su ojo izquierdo y reconstruyeron ese lado de su rostro, deshecho por aquel tremendo impacto.

Su papá, que había regresado tras ausentarse primero diez años y luego tres más, alistaba y enviaba a los hermanitos de Michael al colegio, luego cabizbajo lamentaba haberse alejado tanto. Quería reparar en un minuto su abandono y trataba de calcular el dinero perdido en peleas de gallos, parrandas y mujeres, pero su analfabetismo se lo impedía. Al mes fue a apoyar a la mamá y juntos, estuvieron acompañándolo siete meses en la clínica y seis meses más en el albergue al que lo remitieron.

El señor Pastrana comparaba sus épicas peleas con la lucha de Michael, pero siempre quedaban pequeñas, incluso el combate en el que se estrenó como campeón mundial. Él sabía que había tocado el cielo, pero que el dinero ganado se esfumó de sus manos, quedando únicamente con su gran nombre: Mauricio Pastrana. A veces, él lloraba pensando que si hubiese estado con Michael, su destino habría sido otro y ahora su vida quizá no colgaría de un hilo.

Mauricio descubrió que quienes traían cazatalentos a Sincelejo para mostrar a los jóvenes promesas, cobraban a los padres de familia y ni Michael ni su mamá tuvieron nunca ese dinero.

Michael era considerado mejor que Guillermo Celis, Ray Vanegas y César Carrillo, muchachos que se formaron con él y ahora están en la cúspide.

Michael fue la motivación de su papá para ganar sus títulos y es ahora quien mantiene unida a la familia con cariño, esperanza, paciencia, perseverancia y fe.

Hace un año y medio está en casa de su mamá, rodeado de su amor incondicional, los mimos de sus hermanitos y el ánimo de su padre para que siga luchando. Ellos desean comunicarse con Michael, pero él no habla. Dudan que escuche, sienta y vea, aunque a veces parpadea.

Sus familiares, intentan vincular a Michael, que ahora tiene 24 años, a Teletón, pero deben evaluarlo en Cartagena y no tienen dinero para trasladarlo. El dinero que recogen los domingos, después de vender pasteles de arroz, no les deja tanto.

El caso de Michael es igual al de su tocayo, Michael Schumacher, pero él tiene terapia especializada y el sincelejano aún no, por eso su evolución ha sido lenta.

Algunas personas han realizado “obras sociales” para recoger dinero y suplir las necesidades del muchacho, pero al final se quedan con la plata, aprovechándose de la vulnerabilidad de los Pastrana.

Michael está aprendiendo otra vez a tragar y su familia espera que lo logre, para que no siga con una sonda de alimentación. Si ves su foto de graduación, observarás que es buen mozo. Si lo visitas, no te asustes: tiene los brazos en posición de combate, en permanente batalla. Está peleando por ser el campeón de la vida.

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