Minas antipersonas: un asesino sin sueldo ni pensión

04 de agosto de 2019 12:00 AM
Minas antipersonas: un asesino sin sueldo ni pensión
Nada más en Bolívar, entre 1985 y junio de 2019, la Oficina del Alto Comisionado para la Paz había enlistado a 622 víctimas: 404 de la fuerza pública y 218 civiles.

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*Juan no está muerto, está muriéndose del dolor, del miedo y de la sangre que brota de su pie izquierdo. O de lo que queda del pie. “No me dejen morir”, repite. Llora. Intenta levantarse, las fuerzas apenas le alcanzan para intentarlo. Lunes 29 de julio de 2019. San Lucas, corregimiento de Santa Rosa del Sur. Siete de la mañana.

Nadie se ha podido inventar una palabra capaz de describir ese dolor, por lo menos no en el español. Si alguien se atreviera a crearla, tendría que empezar a pensar en una que signifique profundo y desgarrador, pero que al mismo tiempo incluya el dolor absurdo que empieza justo después de escuchar un estruendo y experimentar cómo tu pierna se despedaza, cómo se hace trizas y caes al suelo, miras hacia abajo y asumes que pisaste la trampa: una mina antipersonal.

Lo más cruel de estos artefactos es que no han sido concebidos para matar instantáneamente, sino para herir de forma grave y feroz, para que mutilen e infrinjan un dolor inenarrable al “enemigo”, pero no para que lo maten enseguida, ¿por qué? Un herido representa un problema mayor que un cadáver en la guerra, de manera que nuestro Juan, aunque no fuese enemigo de nadie sino un simple adolescente campesino que ni siquiera alcanzó a terminar el bachillerato (el colegio quedaba muy lejos y él prefería trabajar), es la más reciente víctima absoluta de este tipo de arma en Bolívar. Un arma que, además, fue prohibida en 1997 por la comunidad internacional en una convención a la que Colombia se acogió.

Él, que apenas tiene 17 años, había salido de la casa para buscar la yuca y los plátanos con los que él y sus padres desayunarían. Iba en una moto con otro muchacho y en la mitad de una trocha simplemente Juan sintió ganas de orinar, se detuvo y bajó. Un paso afuera de la carretera y ¡boom! La explosión lo sacudió tan fuerte que él cayó en la mitad de la carretera y solo tenía fuerzas para suplicar ayuda.

“Mi piernita, mi piernita, por Dios, no me dejen morir”, dice y los campesinos que escucharon el estruendo, y lo suficientemente valientes para reaccionar, llaman a Santa Rosa a pedir una ambulancia. Él se desangra. Antes que la ambulancia llega un automóvil a socorrerlo y lo embarcan. Ese dolor inmundo que le sube por la pierna y le cala hasta el alma no se va. En la misma trocha el carro se encuentra con la ambulancia, cambian de vehículo; lo vendan y lo conducen al pueblo. De ahí, un helicóptero del Ejército lo traslada a Bucaramanga. Le amputan parte de la pierna y ahora él, un adolescente, un campesino, un civil, un inocente, espera que pasen los días para que los médicos decidan si tienen que amputarle o no unos centímetros más, porque la mina también ha afectado parte de su muslo.

¿Cómo va a quedar su pierna? ¿Cómo va a quedar él mismo? ¿Cómo aprender a vivir y a ser feliz mutilado? ¿Cómo superar todo esto? La cabeza de Juan es como un saco lleno de una incertidumbre que se ha enredado con el miedo y el dolor.

El consuelo de Juan y de su familia es que está vivo. Pudo haber muerto instantáneamente con la explosión o por culpa de la hemorragia, pero resistió y a ello se aferran. Ya no piensan en las minas antipersonal como algo lejano que se ve en televisión, sino como una tragedia casi tangible y saben que, desafortunadamente, Juan no es la primera ni será la ultima víctima de esta trampa.

Nada más en Bolívar, entre 1985 y junio de 2019, la Oficina del Alto Comisionado para la Paz había enlistado a 622 víctimas: 404 de la fuerza pública y 218 civiles. (Ver aquí: Víctimas de Minas Antipersonal y Municiones sin Explosionar)

Minas antipersonas: un asesino sin sueldo ni pensión
¿Desde cuándo?

Las minas antipersonal, tal y como las conocemos hoy, se remontan a la Primera Guerra Mundial: “Soldados alemanes enterraban casquetes de artillería rellenos de pólvora o dinamita con un detonador a ras de tierra para detener el avance de tanques franceses y británicos. Debido al tamaño de las primeras minas, resultaba relativamente fácil y seguro para las fuerzas enemigas entrar en los campos minados y recuperar las armas para uso propio. Lo anterior condujo desarrollar las minas antipersonal, artefactos más pequeños y difíciles de manipular cuyo fin era proteger las minas antitanque”, explica Unicef en un documento llamado ‘Colombia y las minas antipersonal, sembrando minas, cosechando muerte’.

“Desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, las minas han cumplido con la tarea de desmoralizar a las tropas enemigas y aterrorizar a los civiles”, dice la Unicef. “Son centinelas insomnes que no pueden ser heridos ni detectados por el enemigo y que, tarde o temprano, cobrarán una víctima. Por su bajo costo, las minas parecen ser la mejor alternativa para algunos ejércitos: armas cuya fabricación no requiere una gran infraestructura, elaboradas con materiales baratos y asequibles; soldados sin sueldo, ni pensión”.

En 1993, la organización Human Rights Watch reportó una cantidad aproximada de 190 millones de minas antipersonales producidas entre 1968 y 1993. Aunque es imposible determinar la cantidad exacta de minas antipersonal manufacturadas en el mundo, la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas estima que cada año disminuye el número de minas fabricadas. Hoy existen 16 estados fabricantes de minas: ocho en Asia (Birmania, China, India, Corea del Norte, Corea del Sur, Pakistán, Singapur y Vietnam), tres en Europa (Rusia, Turquía y la antigua Yugoslavia), tres en Oriente Medio (Egipto, Irán e Iraq) y dos en América (Cuba y Estados Unidos).

¿Hasta cuándo?

“Mientras el mundo intentaba deshacerse de la amenaza que constituían las armas nucleares, las minas antipersonal provocaban una masacre a cuentagotas”, leí en alguna parte del informe de la Unicef. Ojalá ese párrafo fuese historia patria y nuestro Juan no fuese la primera pero sí la última víctima de esta masacre a cuentagotas.

*Nombre cambiado.

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