Minca: el encanto de un pueblo increíble

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Es un verdadero paraíso enclavado en las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Subiendo unos 14 kilómetros, desde la capital del Magdalena, pueden verse increíbles panorámicas, poco a poco va cambiando el ambiente, el aire caluroso se vuelve más fresco y frío a la vez, los destellos del sol se cuelan entre los árboles para dejar llover espléndidas sombras sobre la carretera, mayormente arropada por el verdor de arbustos, a lado y lado. “Si subes más arriba, mucho más arriba, dicen que puedes ver hasta Barranquilla”, dice Juan, el mototaxista que, tras unos 20 minutos, me conduce a nuestro destino: Minca, corregimiento de Santa Marta.

Está a unos 600 metros sobre el nivel del mar, es un pequeño pueblo, sobre estas montañas, de unos 2 mil habitantes, donde pareciera haber más turistas que propios. No hay muchas casas, no a simple vista, pero sí nos hablan de hoteles, fincas de veraneo, lugares donde es imposible no estar conectado permanentemente con la pureza del poder natural que ofrecen estas tierras. Se escucha por doquier el cantar de las aves, muchos extranjeros van ‘armados’ con binoculares para ver la diversidad de especies, especialmente de pájaros, es un lugar predilecto para ello, y allá se encuentra la Reserva Natural de Aves El Dorado.

Por el sonido constante de los insectos, tengo la sensación de estar en la selva. Y así es. Apenas tienes que cerrar los ojos por un momento, e intentar primero disfrutar del silencio, de aquella ausencia de tantos ruidos citadinos. Luego, escápate con el sonido del agua del río golpeando incesante las piedras agrestes, y déjate llevar por los cantos del campo. Entonces, abre los ojos, siente que estás ahí: es real, pero también increíble.

Frío en el agua

Voy en moto, aunque también se puede llegar a Minca en buses o vehículos propios. El caso es que, estando ahí, es imposible no enamorarse de esta zona. El pueblo es el centro para partir a varios atractivos. El primero del que les hablaré se llama Pozo Azul.

Es un balneario, una serie de pequeños pozos, cuyas aguas bajan trayendo un frío ‘polar’ desde las montañas y formando pequeñas cascadas. “Es como si le echaran hielo al agua”, me había advertido Juan. El primer reto es entrar al agua gélida: congela hasta el cerebro. Lo mejor, creería, es zambullirse por completo, “de un solo golpe”, sin pensarlo dos veces. Lo siguiente es mantenerse dentro del agua. Me gusta el frío, así que lo disfruté.

Pozo Azul es un lugar muy visitado. En días como hoy, cuando es temporada, está repleto, aunque temprano en la mañana y al caer la tarde hay menos forasteros. Es fácil hallar en todo el recorrido grupos de turistas con acento paisa, bogotano, valluno; también hay portugueses, ingleses, españoles, argentinos, chilenos y muchos otros. La zona es visitada por personas de todo el mundo.

Llover en la montaña

Desde Minca se puede ir a Pozo Azul caminando, es un recorrido de una hora, lleno de pendientes destapadas, donde predomina el contacto con la naturaleza y vistas fabulosas. Puede que tardes más de una hora, si realmente disfrutas del sendero. Muchos prefieren ir a pie, pero también se puede llegar en moto (servicio de mototaxis o alquiler de motos) y vehículos particulares (que te acercan hasta cierto punto). Esas mismas opciones están disponibles para ir desde Minca a las Cascadas de Marinka, en otro lugar de la Sierra conocido como Arimaca.

Si Pozo Azul puede ser espléndido, las Cascadas de Marinka tienen otro nivel en la escala de lugares naturales que no puedes perderte si visitas el norte de Colombia. A medida que vamos entrando por un sendero boscoso, aquella promesa que nos hace a lo lejos el trepidante bullicio de la caída de agua, se va haciendo realidad a medida que nos acercamos. Ante nuestros ojos aparece una maravilla, el agua furiosa cae como un aguacero sin fin en un pequeño pozo, algunos disfrutan solo con ver ese movimiento, relajante en extremo, y dejándose bañar por un rocío liviano. Otros se sumergen y se dejan golpear por el agua helada.

En Marinka hay dos caídas de agua, igual de magistrales. Cerca de las mismas cascadas, y en varios de los hoteles y casafincas de Minca o sus alrededores, ofrecen la oportunidad de disfrutar de una especie de hamacas de mallas gigantes “sobre el aire”, que te regalan una vertiginosa sensación de estar ‘levitando’ entre las montañas.

Se dice que, en sus inicios, el pueblo era una hacienda cafetera. Sus montañas huelen aún a cacao, en la zona sigue produciéndose café de excelente calidad, y productos derivados del cacao que son distribuidos en tiendas lugareñas y fuera de Minca. Quienes deseen hacerlo, pueden visitar los cafetales de la hacienda-museo La Victoria y vivir de cerca todo el proceso de producir el café. También está en estas montañas la cervecería Nevada, que produce la “única cerveza local de la región”. Hay opciones para practicar senderismo, rappel, torrentismo y saltos a pozo. Restaurantes de comida exquisita se encuentran en toda la zona.

Las nubes de hoy están fracturadas, como pequeños copos de algodón por todo el cielo. Pronto, al caer la tarde, arrecia la bruma, la neblina baja como arropando a las montañas con un manto blanco, el sol se esconde en un horizonte que en cierto punto se torna entre naranja y carmesí, llega la noche y con ella el frío de la Sierra.

Si se quiere este es un lugar para vivir el amor, la amistad, disfrutar de la familia. Un lugar para sentirte más vivo entre la naturaleza.

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