Miro Pablo, la historia del guitarrista que vivió en la casa del pirata Francis Drake

08 de septiembre de 2019 12:00 AM

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La guitarra suena al fondo como una cuerda que se quiebra en un cuarto antiguo. Él tiene más de medio siglo de estar acariciando y descifrando como un virtuoso el alma de la guitarra. La sombra redonda de la guitarra parece una muchacha que viaja del Mediterráneo al Caribe, con ese diapasón de álamo que resuena sus recuerdos en el agua.

Con esa guitarra, que ha resistido las tormentas, ha cruzado los mares y ha conocido las más bellas melodías de la ciudades y del mundo. Ha entrado a la Alhambra y se ha metido en los patios andaluces, griegos y romanos, y se ha sentado como un emperador solitario a juntar los sonidos en el patio antillano de Cartagena de Indias.

Nadie lo conoce en Cartagena como Miroslav Swoboda, sino como Miro Pablo, el hijo de un croata que llegó a la ciudad huyendo de la Segunda Guerra Mundial, y quien se quedó para siempre entre nosotros, luego de encontrar el amor de la cereteana Clara García Padrón. También Miroslav Swoboda, su padre, un hombre insaciable mordido por la curiosidad de saberlo todo, aprendió a cantar, a rasgar la guitarra y a integrar con zu voz de barítono el coro de Zino Yonusas. Hablaba siete idiomas, era técnico de montaje de calderas ferroviarias, buzo, conversador y soñador de tesoros.

Fue él quien trajo la primera guitarra para Miro Pablo. Luego, hubo una segunda guitarra que tanto el padre como la madre encomendaron a España. Entre el ímpetu imaginativo y aventurero del padre y el sentido de la realidad de la madre, Miro Pablo heredó algo de los dos. Mientras el padre volaba en sus aventuras, la madre era quien llevaba la brújula de la casa.

“A veces, se me sale el ímpetu de mi padre, pero prevalece el sentido de mi madre. Soy una mezcla de los dos”, dice Miro Pablo, quien nació con su mellizo Tony el 29 de junio de 1959, el día de San Pedro y San Pablo. Y por eso él se llama Miro Pablo y su hermano Tony Pedro. Luego nacería Alex, el tercero. Los tres nacieron en la calle Santos de Piedra, en el corazón amurallado de la ciudad, en el antiguo caserón colonial donde vivió el pirata inglés Francis Drake, una de las primeras casas que se erigieron en la ciudad.

“Mi hermano Tony nació a minutos de diferencia de mí, pero somos tan diferentes. Él es más tímido. Es un ingeniero exitoso. Soy el único músico de la familia.

“Desde niño supe que en esa enorme casa donde nací había vivido el pirata Francis Drake. Era una casa fantasmal llena de gatos, con catorce habitaciones que mi padre fue dividiendo cuando la convirtió en un hostal de viajeros. Allí conocí a tantos personajes singulares. En una de las habitaciones vivía el ajedrecista Antonio Restom Bitar, que fue gran amigo de mi padre y muy cercano a todos nosotros. Un hombre solitario y de una inteligencia maravillosa, cuya obsesión era el cine, las películas mexicanas y el ajedrez.

“Siendo muy niño, escuché el llanto de una niña detrás de uno de los muros altos de la casa, pero nadie me paraba bolas en la casa. Creían que era producto de mi imaginación, pero un día mis padres buscaron unos albañiles que rompieron el muro, y encontramos un cuarto de muñecas de porcelana. Los vestidos estaban carcomidos y se deshacían al tocarlos. Algunas muñecas estaban descabezadas. La casa había sido el lugar donde Francis Drake guardaba sus baúles de oro y el tesoro que había arrebatado a cañonazos a Cartagena de Indias. Hoy la casa lleva el apellido del pirata. Allí transcurrió parte de nuestra infancia y años de juventud. Nos criamos muy cerca del Parque de Bolívar, jugando a la libertad, al fútbol y a elevar cometas. Yo me sentía dueño de ese parque. Y los fines de semana, íbamos a La Tenaza a bañarnos en el mar y a pescar. Un día, con dos hijos de pescadores, y mis hermanos Tony y Alex, pescamos un tiburón”. Miro Pablo me muestra la imagen de los cinco niños muertos de la risa sosteniendo el tiburón. La madre, al saber que sus hijos habían atrapado un tiburón, les prohibió que se asomaran a la playa frente a La Tenaza. De aquella aventura quedó la foto.

La música

Miro Pablo aprendió a tocar la guitarra por su propia cuenta. Su tío paterno integraba la Sinfónica de Viena. Alicia García, su tía, tocaba el piano en la iglesia de Cereté. En 1984 ganó el Festival Nacional de Intérprete de la Canción, el Festival de la Canción del Liceo Celedón, en Santa Marta”.

Hoy es el maestro de guitarra del programa de música de la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar, en donde ha formado a más de tres generaciones. Y donde ha recibido la máxima condecoración de esa universidad: la Medalla Epifanio Garay.

Ha grabado ocho álbumes musicales que han oscilado en la pasión por la música flamencia, la música latina y el jazz. Los fines de semana toca con su grupo en el Club de Pesca. Sus maestros han sido el cubano Aldo Rodríguez, el checo Ptr Vit, Rafi Gómez, pero, sobre todo, su ídolo siempre ha sido Paco de Lucía. En este instante evoca a su amigo ausente, el trompetisma Mauro Ferri. Consagra cuatro horas a la guitarra. Ha compuesto canciones que sintetizan historias entre dos orillas del mundo: el Mediterráneo y el Caribe. Es Magíster en Historia del Arte, de la Universidad de Antioquia. Sus tres hijos tocan la guitarra y cantan, pero ninguno siguió el sendero de la música. Carolin vive en Nueva York. Denko es abogado. Ian es médico. Nélida Peñaranda, su esposa, es quien lleva la brújula de sus quimeras.

Epílogo

El niño Miro sacó la guitarra para consolar el llanto de la niña. El llanto atravesaba el muro de la casa antigua y cruzaba el pasillo con sus baldosas ajedrezadas con la extraña frescura de más de tres siglos. Nadie escuchaba ese llanto en la casa. Solo el niño Miro. Hasta que un día los padres decidieron derribar el muro para que el niño pudiera estar tranquilo. “Allí no hay nada”, le decían sus padres. Pero cuando derribaron el muro, no solo encontraron el cuarto de muñecas de la niña que lloraba, sino la antigua habitación donde Francis Drake guardaba los baúles cargados del oro saqueado. Miro consolaba a la niña con su guitarra. El llanto se fue silenciando como una brisa delgada que venía del mar. Y dejó de escucharse desde el día en que derribaron el muro. Miroslav Swoboda, el padre, jamás creyó en fantasmas, pese a que pasó sus últimos días en la casa donde vivió el más temible de los piratas ingleses. No necesitó soñar tesoros invisibles porque siempre habían estado allí, al otro lado del muro.

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