Notre Dame, secretos que arden

21 de abril de 2019 12:00 AM

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Viendo el pájaro del atardecer parisino que cruzaba el cielo incendiado del lunes de abril, mientras se desplomaba la aguja de la catedral de Notre Dame, y se asomaban las gárgolas vigilantes y monstruosas al vacío, pensaba que aquello podía ser una escena del Apocalipsis o un instante de la pintura de Gustave Fraipont, ‘Incendio de la catedral de Remis’, de 1924.

Todos los poderes sociales, políticos, religiosos y artísticos de Francia y de la humanidad se han entrecruzado allí, desde el remoto amanecer en que los celtas en el mismo ámbito de la catedral hacían sus ceremonias y, más tarde, los romanos rendían culto en su templo a Júpiter. Fue allí, cerca de las aguas imperturbables y eternas del río Sena, donde se fundó la primera iglesia cristiana de París. Siglos más tarde, en 1160, el obispo Maurice de Sully propuso erigir una catedral monumental, cuya primera piedra se puso en 1163 en honor de la Virgen María. El rey Luis VII conmovió a todas las clases sociales tras ese propósito de erigir algo colosal. Los primeros diseños tuvieron como referencia la abadía de Saint Denis. Tanto el rey como el obispo y el papa Alejandro III vieron resplandecer aquella piedra solitaria bajo la luz de los sueños. En menos de veinte años, en 1182, ya estaba construido el coro de la catedral. En el siglo XIII ya estaba lista la fachada y las dos torres.

El 18 de marzo de 1314, en la isla del Sena, frente a la catedral en construcción, fue quemado vivo en la hoguera Jacques de Molay, el último Gran Maestre de la Orden del Temple. Frente al fuego de marzo, Jacques y una legión de caballeros templarios, fueron torturados antes de ir a la hoguera. Con el fuego devorando su piel, el caballero templario heredero de la orden militar fundada por Hugo Payens, quien participó en la Primera Cruzada, entró sereno a la condena impuesta y mirando a sus verdugos maldijo al rey Felipe IV de Francia, al papa Clemente V y a toda su descendencia. El 20 de abril de ese año, el papa murió de una terrible enfermedad, y el rey Felipe V murió poco después en cacería.

Los templarios, conocedores de secretos sagrados y de sabidurías herméticas, caballeros de capa blanca, guerreros y financistas, constructores de fortalezas en Europa, fueron perseguidos por igual al incomodar el doble poder de la iglesia y de los reyes. Pero eran perseguidos por sus ideales y por su inmensa riqueza. Ellos estaban allí antes de que se erigiera la catedral de Notre Dame. En 1129 eran una organización poderosa en París.

No hay una sola piedra de Notre Dame que no nos lleve al poder misterioso, sutil, terrible y frágil de la humanidad. Allí reposan, como un tesoro de la humanidad, la corona de espinas de Cristo, uno de los clavos de aquel atardecer de su crucifixión, y un fragmento de la Veracruz. El rey Luis IV compró estos tesoros al emperador de Constantinopla. El rey en persona los entregó a Notre Dame el 19 de agosto del año 1239.

La corona aún con la sangre seca en el tiempo. Los clavos manchados de sangre. El recuerdo imborrable del sacrificio del muchacho judío que cambió el rumbo de la humanidad en más de dos milenios.

Allí coronaron a Enrique VI de Inglaterra. Allí coronaron a Napoleón Bonaparte como emperador de Francia, en 1804. Allí Josefina de Beauharnais, fue emperatriz ante el papa Pío VII, quien la elevó a la categoría de Basílica. Allí sonó la música de Louis Vierne de 1900 a 1937, hasta que en pleno concierto de órgano, el número 1750, la muerte le truncó el recital. Allí beatificaron a Juana de Arco en 1909. Allí el papa Juan Pablo II celebró una misa en 1980.

Una catedral eterna

La catedral de Notre Dame, de 69 metros de altura, tiene tres puertas sagradas que nos llevan al paraíso o tal vez al infierno: la Puerta de la Virgen, la Puerta del Juicio Final, la Puerta de Santa Ana. Es, más que una catedral, un símbolo de Francia, un patrimonio de la historia del mundo y un tesoro infinito de cerca de nueve siglos. Las piedras de la catedral fueron testigos de las noches tormentosas y los desastres vividos durante la Revolución Francesa en 1793, en donde saquearon sus tesoros. Y durante los conflictos sociales de 1871 con la Comuna de París, en donde la catedral fue escenario protagónico.

La catedral ha sido más que un patrimonio, una presencia vigilante como las górgolas que se asoman al infinito. En 1831, el novelista Víctor Hugo conmovió a sus contemporáneos con su obra Nuestra señora de París. En uno de sus párrafos, el escritor la eleva a paisaje interior de los parisinos: “Y la catedral no era solo su compañía, era el universo; mejor dicho, era la naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración. Otra sombra que el follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies”.

Víctor Hugo defendía el diseño gótico de la catedral y rechazaba las restauraciones neoclásicas, dirigidas por el arquitecto Etienne-Hippolyte Godde. Proponía que todo diseño mantuviera el espíritu gótico de Eugene Viollet-le- Duc. Fue el escritor francés el que escribió el terrible vaticinio: “Quizás la iglesia misma desaparezca pronto de la faz de la tierra”. Su alarma fue un campanazo de alerta desde el siglo XIX.

El influjo artístico

La catedral de Notre Dame es paisaje ineludible de artistas, novelistas, músicos, fotógrafos, actores, actrices, cineastas, historiadores, diseñadores, etc.

Además de los tesoros milenarios, guarda medio centenar de pinturas en gran formato, muchas de ellas fueron saqueadas después de la Revolución Francesa. Eran 76 y quedan 50. Jacques-Louis David la pintó en La coronación de Napoleón. Delacroix creó La libertad guiando al pueblo (1830). La pintó Henry Matisse en 1895 y 1914. Henri Rousseau, Marc Chagall. Picasso la pintó en 1945 y en 1954. El actor Anthony Quin hizo el papel de Quasimodo en Notre Dame, en el filme de Jean Delannoy en 1956.

El incendio

No tardaron los buscadores de coincidencias en apresurarse a decir que el incendio del lunes 15 de abril de 2019 había sido anunciado por Nostradamus en sus Profecías de 1555. No. Le atribuyen al clarividente muchas profecías, pero no.

La catedral ha sido el retrato de las grandes paradojas espirituales y contradicciones de la humanidad en los últimos 850 años. El incendio devoró el techo de la nave central, dos tercios de la techumbre se destruyeron, dieciséis esculturas se desplomaron junto a la aguja vigilante. Hacía cuatro días habían retirado doce apóstoles, que se salvaron junto al gallo de cobre que estaba en la punta de la aguja. Qué curioso.

Epílogo

El mundo entero pasa por Notre Dame o, mejor, es la catedral que ya ha pasado por la historia de la humanidad en cerca de nueve siglos. Se conserva dentro de la catedral una monumental Piedad, de Nicolás Coustou, del siglo XVII. Y efigies de los reyes Luis XIII y Luis XIV que están arrodillados, como hoy los fieles parisinos, que ante las llamas cantaban el Ave María para preservarla del apocalipsis.

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